Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Fanatismo antigay

Kim Davis, funcionaria del condado de Rowan, en Kentucky.
Kim Davis, funcionaria del condado de Rowan, en Kentucky. TNS

Era de esperarse que nuestros compatriotas conservadores continuaran librando escaramuzas en contra de la igualdad de derechos de los gays. En esta lucha cultural están perdiendo batalla tras batalla y no se resignan. Algunos quisieran convertir en heroína a Kim Davis, la pobre señora que prefirió ir a la cárcel en Kentucky antes que certificar de su puño y letra –es un decir– los matrimonios entre personas del mismo sexo, como ahora exige la ley. Pero otros pretenden hacer cosas aún más reprochables, como enmendar la Primera Enmienda a la Constitución, la cual garantiza los derechos a la libertad de culto y de expresión. El pretexto es “proteger de discriminación” por parte del gobierno federal a cualquier persona que crea, por el motivo que sea, que el matrimonio debería ser solo entre un hombre y una mujer y que únicamente las parejas heterosexuales casadas deberían sostener relaciones sexuales. El pretexto se llama First Amendment Defense Act, o FADA, un proyecto de ley que dormitaba en el Congreso hasta que surgió el caso Davis.

Tildo a FADA de pretexto porque su verdadera intención es enyerbar las decisiones judiciales que recientemente autorizaron los matrimonios gay. Los legisladores republicanos que la promueven dicen que su intención es evitar que el gobierno discrimine o castigue a personas y entidades lucrativas y no lucrativas, como colegios, clubes e iglesias, que se nieguen a hacer tratos con personas del mismo sexo que se hayan casado o que pretendan casarse. La medida incluso eximiría de tener que aplicar la ley a empleados federales cuya conciencia les dicte rechazar tales matrimonios, es decir, negarles algunos o todos de los 1100 beneficios a los que tienen derecho desde que la Corte Suprema legalizó sus uniones matrimoniales.

La verdad monda y lironda es que el proyecto de ley sancionaría la discriminación contra los gays que se casen e impediría que las autoridades federales tomen medidas punitivas contra los discriminadores. En otras palabras, FADA busca restablecer el status quo ante las condiciones discriminatorias de los homosexuales que existían antes de que el Supremo les autorizara a matrimoniarse. Si prosperase, esta legislación republicana volvería a permitir que se denieguen impunemente numerosos beneficios de impuestos, contratos y licencias a los gays. Y encima permitiría que se utilicen fondos de los contribuyentes para privarles de tales beneficios.

Valgan algunos ejemplos. Si FADA se convirtiese en ley, un colegio privado podría despedir a un maestro gay por casarse con otra persona del mismo sexo o simplemente por ser homosexual sin temor a sufrir represalias oficiales. O, como dijera recientemente el New York Times, empleados federales podrían negarse a tramitar las declaraciones de impuestos de parejas del mismo sexo simplemente porque tienen prejuicios sobre sus uniones. Para colmo, expertos legales advierten que el lenguaje de la medida es tan amplio y tan vago que en principio permitiría discriminar a todas las personas que sostienen relaciones sexuales sin estar casadas, incluyendo a madres solteras. Por fortuna, solo legisladores republicanos la apoyan, lo que la hace vulnerable a un certero veto del presidente Obama si el Congreso cometiese el desatino de aprobarla. Lo ideal sería, sin embargo, que se abstuviese de dar ese paso en falso que solo contribuiría a perpetuar prejuicios y abusos contra nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo homosexuales.

Ese es quizás el mayor peligro que entraña la propuesta. Su mera existencia y su popularidad entre nuestros legisladores conservadores –la coauspician 148 republicanos en la Cámara baja y 36 en el Senado– envía el preocupante mensaje de que a estas alturas de nuestra convivencia todavía es posible buscar justificaciones legales para discriminar y humillar a un sector importante de nuestra población. Puede que una medida así dé cierta satisfacción emocional y sicológica a personas que resienten los cambios en las reglas de nuestro pacto social. Pero está claro que la conquistarían a un precio demasiado alto, el precio de la discriminación injustificada, contraproducente y gratuita de millones de sus compatriotas. Freud planteaba que la fijación con lo que hacen en la cama los demás es un rasgo distintivo de conservadores fanáticos. FADA busca darle el prestigio de la ley a esa fijación tan absurda como anacrónica.

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