Daniel Morcate

Peor que la tormenta

La sede nacional de la Cruz Roja Americana en Washington, D.C.
La sede nacional de la Cruz Roja Americana en Washington, D.C. Getty Images

Como les sucede a muchos norteamericanos, la Cruz Roja Nacional es mi entidad caritativa favorita. Conozco su historia humanitaria desde que la fundara Clara Barton en el siglo XIX, luego de haberse inspirado en la Cruz Roja Internacional mientras en Europa asistía a víctimas de la sangrienta Guerra Franco-Prusiana. Entonces nuestra Cruz Roja dependía prácticamente de esa enfermera de recia voluntad a la que el país hoy rinde merecido tributo como heroina. Su historia se cuenta en museos nacionales y su rostro adorna sellos del Servicio Postal. Luego, a principios del siglo XX, sobrevino la gradual institucionalización que ha convertido a la Cruz Roja en la tercera entidad caritativa más importante de EEUU. Su prestigio se basa estrictamente en la confianza que tantos ciudadanos depositamos en ella. Por eso, cuando alguien cuestiona la labor de la Cruz Roja, su eficacia o sus motivaciones, es importante escuchar el cuestionamiento. Debería ser el trabajo del Congreso, que por ley la creó y le dio una carta constituyente.

Pero la más reciente pesquisa de la Cruz Roja Nacional no proviene de legisladores sino de periodistas investigativos de ProPublica y National Public Radio. Y lo que plantean en su investigación eriza la piel y sacude la fe que le tenemos a la entidad. Dicen que manejó mal “elementos claves de su misión” al responder a las catástrofes que provocaron los huracanes Sandy e Isaac. Como recordarán, Sandy causó graves daños en Nueva York y Nueva Jersey en 2012. Isaac se ensañó con Luisiana y Mississippi el mismo año. En ambas ocasiones, los medios informativos documentaron cómo muchas de sus víctimas se quejaban con amargura de la lentitud de la ayuda humanitaria que se recaudaba por todo el país. La investigación periodística revela qué la causó.

He aquí algunos ejemplos del desmadre. Tras el azote de Isaac, funcionarios de la Cruz Roja ordenaron movilizar por áreas damnificadas camiones vacíos solo para dar la impresión de que estaban canalizando la ayuda a las víctimas. “El propósito era simplemente que se vieran”, asegura Jim Dunham, ex miembro de la Cruz Roja. Y agrega: “nos enviaron al Golfo sin nada que dar. (El esfuerzo de asistencia) fue peor que la tormenta”. Tras el paso de Sandy, se ordenó retirar vehículos de los servicios de emergencia para usarlos como trasfondo en conferencias de prensa, lo que prácticamente provocó una rebelión entre voluntarios de la agencia. Su indignación dura hasta nuestros días. Y gracias a ella, los ciudadanos de a pie empezamos a asomarnos al humano desastre que siguió a los dos desastres naturales.

Pero lo más grave, siempre según la investigación periodística, es que mientras la Cruz Roja jugaba a la politiquería, miles de víctimas no recibían la asistencia que debía aliviarles el sufrimiento. No llegaban a tiempo los alimentos enlatados, ni las baterías para televisores y radios portátiles, ni tampoco las frazadas. En ciertos ocasiones, personas confinadas a sillas de ruedas tuvieron que dormir en ellas durante días. Y en un caso en particular, la Cruz Roja tuvo que desechar miles de comidas porque no pudo encontrar a las personas a quienes iban destinadas. Estos y otros problemas se enumeraron en documentos y correos electrónicos internos que la organización hubiera preferido que no conociéramos. De modo que a los costosos errores en la ejecución de su trabajo humanitario, hay que agregarle la falta de transparencia para enfrentarlos en el debate público que nos merecemos todos y cada uno de los norteamericanos que mantenemos a la legendaria organización caritativa.

Por naturaleza, la Cruz Roja es una organización gigantesca que apenas tiene tiempo de trazar planes estructurados para responder a los múltiples desastres que sufre el país cada año. La propia Barton lo advirtió después de fundarla: “La Cruz Roja”, dijo entonces, “no puede esperar por la típica deliberación de los cuerpos organizados si va a ser útil a la humanidad que sufre”. Pero lo que sí puede y debe hacer es actuar de manera diáfana, reconocer públicamente sus desaciertos y aprender de ellos. Como toda organización caritativa, en la transparencia la Cruz Roja Nacional se juega su prestigio y la confianza del público que generosamente la sostiene.

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