Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Europa a prueba

Cientos de inmigrantes caminan en territorio austríaco tras haber cruzado la frontera con Hungría. Miles de refugiados del Medio Oriente llegaron a Austria el pasado fin de semana.
Cientos de inmigrantes caminan en territorio austríaco tras haber cruzado la frontera con Hungría. Miles de refugiados del Medio Oriente llegaron a Austria el pasado fin de semana. Getty Images

El histórico éxodo de millones de sirios, afganos y libios hacia Europa y cualquier otro lugar medianamente civilizado que esté dispuesto a aceptarlos es un drama humanitario que a menudo desemboca en tragedia, como hemos visto en imágenes de la televisión. Pero también, y paradójicamente, es un testimonio extraordinario de lo mucho que los seres humanos valoran la libertad y su dignidad como personas. Yo no solo me siento profundamente orgulloso de esos fugitivos de la historia, de su empeño extraordinario de convertirse en hombres y mujeres libres, de darles a sus hijos y nietos –pues entre ellos abundan los abuelos– la oportunidad de vivir vidas decorosas; sé que en su momento también fui uno de ellos y que, de cierto modo fundamental, nunca he dejado ni dejaré de serlo. Por eso aplaudo con admiración y júbilo a los gobernantes europeos, como la primera ministro alemana Angela Merkel, que están abriendo los brazos generosos a los fugitivos y observo con preocupación y alarma a los que les rechazan amparándose en la retórica de la xenofobia y de la histeria como su homónimo húngaro, Víktor Orban.

El drama de estos refugiados, en su mayoría musulmanes, es acaso la mayor prueba humanitaria, social y política que ha enfrentado Occidente en general y Europa en particular en lo que va de siglo XXI. La forma en que lo manejen revelará hasta qué punto los occidentales hemos ingresado en la modernidad de la que tantos presumen; si de veras hemos logrado al fin una superioridad moral respecto a nuestros antepasados europeos que perpetraron o propiciaron, de una forma o de otra, esa insondable caída que fue el Holocausto.

Esto no significa, por supuesto, que manejar esta crisis vaya a resultar fácil o que pueda hacerse de la noche a la mañana. Más bien significa que la magnitud del problema exigirá respuestas sensibles, inteligentes y calibradas a mediano y largo plazo para aliviar el sufrimiento de los migrantes, buscarles una salida digna a sus reclamos humanitarios y combatir las causas de la estampida de sus países de origen. Cada uno de ellos encarna una denuncia contundente de la incapacidad de Occidente de extender sus libertades y su prosperidad a países esclavizados por dictaduras corruptas, asolados por terroristas despiadados y lastrados por religiosos fanáticos. Son un recordatorio de la cantidad de sufrimiento humano que puede generar el contubernio de nuestros líderes occidentales –políticos, empresariales y religiosos– con las tiranías de todo pelaje. O su indiferencia hacia esas dictaduras.

Los europeos darán en estos días un primer paso importante hacia la búsqueda de una respuesta razonable: la celebración de una cumbre de alto nivel. De ella debería emanar un consenso sobre cómo distribuir a los fugitivos, qué hacer para frenar el éxodo o encausarlo de manera que sea gradual y ordenado y qué presiones políticas, económicas e incluso militares se merecen los regímenes y terroristas que con sus maltratos y crímenes los privan de la posibilidad de llevar vidas dignas en sus respectivos países. Y, sobre todo, de ella deberían surgir acciones urgentes que por lo menos restauren la esperanza de los pueblos en fuga.

Es posible que los europeos logren que Estados Unidos se convierta en un socio debidamente dispuesto para la nueva misión humanitaria. Pero eso podría complicarse por la divisiva campaña presidencial y el desgano en que se ha sumido la política exterior norteamericana, cuya tendencia actual es a aceptar el status quo en el mundo. El pasado fin de semana Washington anunció que recibiría 100,000 refugiados –30,000 más de los que suele recibir cada año– luego que inicialmente el presidente Obama propusiera la modestísima adición de 10,000. La crisis de estos refugiados, sin embargo, afecta a Europa en forma directa e inmediata y requiere principalmente una coordinada respuesta europea. Los emigrantes huyen de la miseria y la tiranía, anhelan bienestar y libertad. Esta realidad evidente ha de servir de guía para buscarle paliativos a la odisea que protagonizan.

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