Daniel Morcate

Fraudes criminales

Los terribles ejemplos que acaban de dar la General Motors y Volkswagen tienen al menos una virtud: nos demuestran de manera fehaciente e irrefutable que vivimos rodeados de fraude corporativo y que somos el blanco evidente y expreso de los grandes timadores de cuello y corbata. GM se calló durante 10 años que centenares de miles de sus vehículos tenían el sistema de ignición defectuoso, lo que podía apagar súbitamente los motores mientras se conducían e impedir que se activaran las bolsas de aire. Volkswagen instaló en el sistema electrónico de millones de sus vehículos de gasolina diésel un software que escamotea los niveles de contaminación cuando los choferes ejercen presión sobre los motores. La falla en los vehículos de GM mató por lo menos a 120 personas, lesionó a centenares y causó millones en pérdidas materiales. Pero nunca sabremos cuántas víctimas fatales ha causado y continúa causando la manipulación de software que hizo la Volkswagen. A lo sumo podemos presumir que son peatones y gente de escasos recursos que no tiene otro remedio que vivir en lugares por los que transitan muchos vehículos.

De este doble escándalo se desprende que el fraude corporativo ha alcanzado niveles tales que ni siquiera respeta la vida de personas inocentes. En este sentido hemos vuelto a los crudos inicios de la revolución industrial, cuando numerosos capitanes de industria eran asesinos en serie glorificados. Los autores contemporáneos de fraude corporativo ostensiblemente prefieren aprovechar las ganancias monetarias que éste les reporta a prevenir muertes perfectamente evitables. Como los vulgares delincuentes que son, actúan en forma temeraria, como si sus fraudes nunca fueran a descubrirse y como si sus acciones no tuvieran consecuencias nefastas para otras personas, para sus empresas y para ellos mismos.

Por encubrir durante una década el defecto en el mecanismo de arranque de sus vehículos, GM pagó una multa de $900 millones al gobierno federal y sus accionistas perdieron tres mil millones en un mes. A la Volkswagen le irá peor. Se espera que pague miles de millones en multas en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Sus acciones perdieron ya un tercio de su valor. Pero, por desgracia, ninguno de estos castigos bastará para desalentar el fraude corporativo potencialmente criminal. Para eso, haría falta que el gobierno procese a los ejecutivos responsables como los delincuentes comunes que parecen ser. Solo un oportuno desfile público de estos personajes rumbo a prisión enviaría el mensaje de que su conducta depredadora no será tolerada y tendrá consecuencias individuales, no meramente colectivas.

El doble escándalo nos enseña otra importante lección: en lo que respecta a seguridad ambiental, la industria automotriz ha perdido el derecho de autorregularse. Hasta ahora sus ejecutivos han usado su influencia y su dinero para evitar las inspecciones externas de los vehículos que producen. En Estados Unidos las realizan empleados de los propios fabricantes. En Europa, inspectores subcontratados por las compañías mismas. Los excesos de GM y Volkswagen exigen el cese inmediato de estas prácticas laxas que autorizaron políticos desaprensivos, algunos de los cuales no resistieron la tentación de las generosas donaciones que a sus campañas electorales hicieron las automotrices.

En respuesta a los escándalos, otros fabricantes de automóviles han aclarado que están limpios de pecados. “No hay pruebas de que este sea un problema de toda la industria”, afirmó la Asociación Europea de Manufactureros de Automóviles, aunque se negó a comentar sobre el caso de la Volkswagen. La Unión Europea se ha dado a la difícil tarea de buscar una respuesta común entre sus estados miembros, respuesta que deberán aprobar los distintos parlamentos. En Estados Unidos solo hace falta que el Congreso y la Casa Blanca dejen de confiar en la bondad de las automotrices y tomen cartas en el asunto, es decir, que las sometan al severo escrutinio que amerita un asunto de vida o muerte para todos los norteamericanos.

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