Daniel Morcate

Los ‘crazies’

Es una suprema ironía que los legisladores republicanos hayan descendido al caos precisamente cuando disfrutan de la mayoría más contundente en el Congreso desde los años 1930. Esa clara mayoría ha sido en parte el resultado de maniobras electorales que su partido ha realizado a través de legislaturas estatales. Pero también, preciso es reconocerlo, la consecuencia del deseo de muchos votantes de mover al país hacia el centro político en diversos aspectos. El caos en el Congreso compromete seriamente ese mandato popular, amenaza con frenar los avances electorales del GOP y pone en entredicho la capacidad de los republicanos de reconquistar la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de 2016. Salir del caos o por lo menos controlarlo un poco será la condición necesaria para revertir la fortuna del partido y hacer que el Congreso vuelva a cumplir su función de intermediario más o menos eficaz del pueblo norteamericano.

La democracia norteamericana, como toda democracia genuina, siempre ha sido agitada y conflictiva. Y el Congreso ha sido acaso el reflejo más vivo de su pugnaz condición. Pero el liderazgo republicano de esta sesión 87 del Congreso se ha sumido en un profundo desorden que se deriva de las grandes desavenencias partidistas. Los signos visibles del desorden son la sorpresiva renuncia de John Boehner a la presidencia de la Cámara de Representantes; la efímera y desastrosa candidatura de Kevin McCarthy a reemplazarle; la postulación al cargo de más de una docena de legisladores que no cuentan con suficiente apoyo entre sus colegas; y la renuencia a aspirar al puesto de Paul Ryan, el único que, al parecer, podría convertirse en candidato de consenso. “Es por eso que el Congreso tiene un seis o un ocho por ciento de aprobación popular”, dice con amargura Mike Simpson, representante republicano de Idaho. “El público ve un Congreso disfuncional”.

Esa disfuncionalidad es el producto natural del extremismo con que se comporta un creciente número de legisladores de ambos partidos pero, sobre todo, republicanos. Los extremistas primero confundieron la política de oposición con la obstrucción sistemática y radical de todas las propuestas del ejecutivo –la padecieron Ronald Reagan, Bill Clinton, los dos Bush y ahora Obama– haciendo prácticamente imposible el gobierno por consenso. En el caso republicano, también están haciendo imposible el consenso dentro de la propia bancada. Se trata de una escalada que amenaza con crear dos partidos republicanos dentro de uno, lo que llenaría de incoherencia cualquier plan conservador de gobierno, cualquier agenda republicana para guiar a la nación.

Los republicanos veteranos culpan del desastre a jóvenes que han llegado al Congreso con un prontuario jacobino y que no entienden lo que es gobernar mediante compromisos. Los “crazies” les llama el representante Peter King, republicano de Nueva York. A su vez los fogosos jóvenes lo achacan al establishment del partido que mediante antiguas reglas del Congreso obstaculiza sus propuestas conservadoras. Mientras tanto, ambos comprometen el bienestar del país. Su confrontación amenaza con dejar sin fondos al gobierno en tres semanas para pagar la astronómica deuda de más de $18 millones de millones; y con cerrarlo por falta de dinero dentro de dos meses. Cualquiera de estos efectos sería catastrófico para la economía nacional en momentos en que ésta se halla en franca recuperación.

Pero el caos republicano no es meramente el resultado de diferencias tácticas, como sugieren con optimismo algunos líderes del partido. Detrás de ese caos hay una tensión mucho más compleja entre aquellos que desean actualizar el programa de gobierno del partido, para que refleje nuevos valores de la sociedad norteamericana –sobre inmigración, protección del medio ambiente, religión, homosexualismo, aborto, droga, el rol apropiado del gobierno– y aquellos que rechazan esos valores nuevos y se aferran a los viejos. Ambas facciones representan a importantes sectores de votantes conservadores. Ninguna de los dos podrá imponerse a la otra por mucho tiempo. De ahí que alguna forma de compromiso sea la única salida viable a la vorágine que provoca su enfrentamiento.

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