Daniel Morcate

El socialismo de Bernie Sanders

El candidato presidencial demócrata Bernie Sanders, senador por Vermont, firma autógrafos tras una reunión en la Universidad William Penn, en Oskaloosa, Iowa, el lunes pasado.
El candidato presidencial demócrata Bernie Sanders, senador por Vermont, firma autógrafos tras una reunión en la Universidad William Penn, en Oskaloosa, Iowa, el lunes pasado. AP

Bernie Sanders le está explicando al país en estos días en qué consiste la etiqueta de “socialista” que con orgullo exhibe desde el día en que ingresó a la contienda presidencial. Al veterano senador de Vermont lo están mareando con preguntas desconfiadas, comentarios suspicaces y sátiras despiadadas en los programas humorísticos de la tele por cuenta del adjetivo. Su decisión de explicarse más, mediante un “gran discurso” y ruedas de prensa, es indicio de que tanto él como su campaña intuyen ya que no habrá victoria electoral en el horizonte a menos que disipen los temores de muchos norteamericanos. Y es que Sanders está tratando de hacer lo que en Estados Unidos resulta políticamente imposible: llevar directamente a la Casa Blanca el socialismo democrático, el izquierdismo liberal, pasando por encima de los dos grandes partidos. Eso nunca ha sucedido. Y difícilmente sucederá.

Con su acostumbrado tono provocador Gore Vidal afirmaba que en Estados Unidos hay dos grandes partidos de derecha: el republicano y el demócrata. Y tenía razón. Si entendemos la izquierda democrática como el movimiento político que promueve la igualdad de derechos ante la ley, la compasión social y las libertades individuales, entonces la definición no concuerda con muchos de los preceptos y prácticas de los dos partidos predominantes. Hoy en día, por ejemplo, ambos dependen económicamente de los grandes capitales del país; coinciden en respaldar los tratados de libre comercio independientemente de lo que éstos puedan significar para los trabajadores nacionales o extranjeros; suelen ver con desconfianza los nuevos movimientos sociales, como los de Black Lives Matter y LGBT y giran a la derecha cuando ven en peligro sus posibilidades de triunfo electoral.

Eso no significa, desde luego, que las causas tradicionales del socialismo democrático no hayan tenido éxito en Estados Unidos. Todo lo contrario. Este país es uno de los que más han avanzado en ese campo, habiendo consolidado una vasta expansión de los derechos individuales, una amplia red de protección social y un sistema distributivo de riquezas que muchos norteamericanos resienten pero que la mayoría acata. ¿Cómo se explica la paradoja? Sanders conoce la respuesta. Los movimientos de izquierda históricamente han influido, mediante la persuasión, las presiones y la fuerza, sobre los dos partidos conservadores para que se adopten medidas inspiradas en valores socialistas y liberales. Con la ayuda del Partido Republicano de Abraham Lincoln lograron abolir la esclavitud y conferirles la ciudadanía estadounidense a los negros y otras minorías étnicas. Con la ayuda de los demócratas de Franklin D. Roosevelt crearon avanzadas leyes laborales y sindicatos; con la de los también demócratas Kennedy y Johnson hicieron aprobar las leyes de los derechos civiles y desegregación en las viviendas y la educación; y con la del republicano Ronald Reagan impulsaron una reforma migratoria que allanó el camino a la ciudadanía a millones de indocumentados.

Con su precandidatura presidencial, bastante exitosa hasta el momento, Sanders está tratando de cambiar el molde e insertar el socialismo democrático en la cabeza misma del Partido Demócrata. Pero buena parte del país reacciona con un escepticismo que probablemente aumentará a medida que avance la contienda. Los propios socialistas se han dividido entre aquellos que creen en la viabilidad de su candidatura y los que piensan que al socialismo le seguirá yendo mejor operando con sutileza, mediante intrincados compromisos y maniobras, a través de los dos partidos imperantes. En la actualidad, esa estrategia, que los teóricos llaman “amateur politics”, se ha concentrado casi exclusivamente en el Partido Demócrata, con el cual trabajan los movimientos izquierdistas en la promoción de derechos para los inmigrantes, minorías, mujeres y la población LGBT, las reformas carcelarias y la defensa del medio ambiente.

“Estados Unidos será el primer país en crear una república socialista”, vaticinó August Bebel, el fundador de la social democracia. Y su vaticinio no ha estado lejos de la realidad, aunque el país haya combinado valores socialistas con valores capitalistas. El secreto ha sido no proclamar a los cuatro vientos su sesgo socialista, como hasta ahora ha hecho con ostentación Bernie Sanders.

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