Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: El enemigo equivocado

Ya solo nos faltaba eso. Que nuestros dos grandes partidos políticos controlen también los debates presidenciales, como pretende la mayoría de los precandidatos republicanos. Que sean ellos los que determinen el formato, el dónde, el cuándo, los moderadores y hasta las preguntas que se les van a hacer en cada uno de esos programas. ¿Cuál sería el próximo paso en el probable descenso al abismo de nuestra democracia? Tal vez lograr que 99.9 % de los electores voten por ellos, como consiguen los Castro cuando se les antoja organizar una pantomima de elecciones en la Atenas del Caribe, esa que hoy celebran desde papas hasta presidentes americanos. Y no es que hayamos avanzado poco en la mediatización de nuestro sistema político. Ahí está, para comprobarlo, lo que confesó Donald Trump precisamente en el primer debate republicano, cuando un periodista de la cadena Fox le preguntó si había donado a demócratas: “Le doy a todo el mundo, cuando me llaman les doy”, respondió. “¿Y saben qué? Cuando necesito algo de ellos, les llamo y ellos están ahí para mí”. En efecto, los super ricos como Trump hace tiempo que eligen con su guita a los candidatos por los que podemos votar los demás. Luego los políticos que ganan están ahí para ellos, que es mucho más de lo que podemos esperar el resto de los votantes.

Permitir que los candidatos y sus campañas controlen completamente los debates sería otra peligrosa vuelta de tuerca en el adocenamiento de nuestra democracia. Y todo porque algunos señoritos se disgustaron con el tono de las preguntas de los tres primeros debates republicanos, especialmente el auspiciado por la cadena CNBC. A mí, que me gano la vida en los trajines del periodismo, tampoco me gustaron ni el formato ni ciertas preguntas que se hicieron en ese tercer debate. Al igual que muchos otros televidentes, esperaba más sustancia, mayor participación de candidatos, menos protagonismo de moderadores. Pero incluso en ese encuentro se formularon preguntas importantes sobre economía, empleos, el seguro social, el Medicare y el Medicaid, temas todos fundamentales para el bienestar presente y futuro del país.

Por mediocres que sean, los debates presidenciales son perfectibles. Siempre pueden mejorarse. Los profesionales que los organizan aprenden de los errores y omisiones, lo que en parte explica por qué suelen ser mejores los que realizan medios que han pasado antes por la experiencia. La CNBC llevaba a cabo su primer debate y pagó un alto precio por la novatada. Lo que no tendría remedio sería convertir los debates en meras oportunidades para las fotografías de los candidatos, como al parecer desean algunos. Los debates políticos, agitados y pugnaces, han caracterizado a la democracia norteamericana desde hace más de 150 años. Su objetivo siempre ha sido presentar los candidatos a los votantes, dejar que estos racionalmente evalúen sus palabras, ideas, promesas. Y el talante con que las exponen.

La ironía es que los dos grandes partidos han aumentado sistemáticamente su control sobre los debates. Hace un cuarto de siglo excluyeron de su preparación a organizaciones no partidistas, como la Liga de Mujeres Votantes. Han suprimido a candidatos independientes. Líderes republicanos y demócratas negocian ya con los medios, punto por punto, cada formato. Y algunas campañas llegan al extremo de filtrar espías en las salas de redacción y de transmisión donde se preparan las preguntas o se ultiman detalles. Son tretas que revelan una desmesurada ambición por el poder y una desconfianza antidemocrática hacia la prensa.

Al enfilar los cañones a los periodistas, los precandidatos republicanos se están enfrentando al enemigo equivocado. Solo los tiranos, y quienes aspiran a serlo, tratan a los periodistas como enemigos. Esto no quiere decir que quienes informan sobre las contiendas presidenciales acierten siempre o no deban ser criticados. Por supuesto que se equivocan y cuando lo hacen se ganan rapapolvos verbales, que a menudo comienzan con una autocrítica. Pero tratar de suprimirlos o de evitar que sirvan de intermediarios entre los votantes y los candidatos en los debates, actos o conferencias de prensa de los políticos, es atentar contra la esencia misma de nuestra democracia.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

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