Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La barbarie en Francia

Una mujer rinde tributo a las víctimas de los ataques terroristas en París cerca de la sala de conciertos Bataclan, el martes pasado.
Una mujer rinde tributo a las víctimas de los ataques terroristas en París cerca de la sala de conciertos Bataclan, el martes pasado. AP

La barbarie que acaba de sufrir París merece una sola respuesta: derrotar por todos los medios legales y negociables posibles a los terroristas del autodenominado Estado Islámico. Es una tarea difícil que Francia solo debería emprender con la ayuda solidaria y coordinada de sus aliados árabes y occidentales, especialmente Estados Unidos. Sobre ese objetivo fundamental no deberían caber medias tintas. Pero tampoco bastaría acometerlo sin responder preguntas esenciales de lo que representa este enemigo a menudo invisible y la mejor forma de combatirlo. ¿Quiénes son en realidad los militantes del Estado Islámico? ¿En qué consiste su atractivo para jóvenes musulmanes? ¿Dónde mantienen sus bases de operaciones? Y, sobre todo, ¿cómo financian tales operaciones que, evidentemente, les están costando una fortuna que solo es posible asociar con estados ricos, para los cuales unos cuantos centenares de millones de dólares invertidos en terrorismo apenas hacen mella en su presupuesto y en cambio representan un rédito político importante?

Los atentados de Charlie Hebdo hace 10 meses y los nuevos ataques sangrientos han colocado a Francia en un dilema familiar para los norteamericanos: el de cómo equilibrar sus preciados derechos civiles –basados en el famoso lema de libertad, igualdad, fraternidad– con la necesidad de aumentar la seguridad de sus ciudadanos mediante el control de sus fronteras y la respuesta militar a los bárbaros. En los primeros días que han seguido a los atentados, en los que murieron 129 personas y centenares resultaron heridos, París comprensiblemente ha optado por inclinar la balanza hacia la seguridad, como hiciera el presidente Bush después del 9/11. No será la única capital europea que se retraerá en perjuicio de sus ciudadanos ante los hechos traumáticos del 13 de noviembre. Europa entera se replantea ahora la seguridad fronteriza, amenazando así con agravar la crisis de cientos de miles de refugiados sirios, iraquíes y libios que aguardan en campamentos de Turquía, Grecia y otros países la oportunidad de emigrar.

Además de relativamente invisible, la guerra contra los terroristas del Estado Islámico también es inevitable. Tal es el mensaje político que el gobierno francés y sus aliados deberían articular en respuesta a los escépticos que, como de costumbre en estos casos, invocan la consigna de que “una ideología no se puede derrotar militarmente”. Su escepticismo se basa en que incluso las ideologías más fanáticas sobreviven las acciones bélicas, como atestigua el hecho de que aún haya nazis, fascistas y comunistas entre nosotros. Pero también es constatable que a los estados nazi y fascista se les derrotó por la fuerza y que por la fuerza se contuvo el avance del comunismo, que a duras penas subsiste en países museo como Cuba, Corea del Norte, Vietnam y China, cuyas impresentables tiranías de comunistas solo conservan el nombre y el aparato represivo.

El Estado Islámico también tiene en su mira a Estados Unidos, el país que más ha bombardeado a Siria, que libró las guerras de Afganistán e Irak y que mantiene una presencia militar en el Medio Oriente. Los atentados de París han puesto de relieve el fracaso de la política del presidente Obama en la región. Sus vacilaciones parecen haber alentado a los terroristas. En 2014 Obama anunció que invertiría $500 millones en adiestrar rebeldes sirios para combatir al Estado Islámico con independencia del dictador Bashar al Asad. Pero ese plan falló. El mes pasado lo sustituyó por otro que crearía “una nueva fuerza” e invertiría fondos en rebeldes que ya están sobre las armas. Mientras tanto, el Presidente ha cedido buena parte de la iniciativa política y militar a un caudillo imprevisible como Vladimir Putin, impúdico aliado de Asad, el causante original del sangriento caos que reina en Siria.

París era un blanco natural para los bárbaros porque representa todo lo que odian: la libertad individual y de culto, la democracia, la igualdad de derechos para mujeres y minorías, la pluralidad cultural. Son valores que ha conquistado Occidente a costa de mucha sangre, sudor y lágrima. Pero también de astucia política y paciencia, virtudes que serán tan indispensables como la fuerza militar para neutralizar a los bárbaros a largo plazo.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios