Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Obama y el racismo del liberal

De un solo plumazo el presidente Obama y sus asesores han retrotraído la política de EEUU hacia Latinoamérica a la primera mitad del siglo XX, cuando Franklin Delano Roosevelt famosamente dijera del tirano nicaragüense Anastasio Somoza García: “Será un hp, pero es nuestro hp”. Esa podría ser la consecuencia más grave para nuestro hemisferio de la decisión de Obama de normalizar relaciones con el régimen de los hermanos Castro. Se veía venir con la invitación panameña a Cuba, evidentemente concertada con Washington, a la Cumbre de las Américas en el 2015. A principios de los 90, España hizo algo similar al incorporar al régimen castrista —en un alarde de magnanimidad antiyanqui— a la Cumbre de Iberoamérica. Una consecuencia previsible de ese desliz español fue el resurgimiento de los caudillos latinoamericanos que, como los Castro, se creían en su derecho de confiscar a sus países y pueblos sin temor a mayores consecuencias. Así surgieron los Jorge Serrano Elías en Guatemala —por fortuna frustrado en su intento de autogolpe— Alberto Fujimori en Perú; Hugo Chávez en Venezuela; Daniel Ortega en Nicaragua; Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Un serio riesgo del cambio de la política norteamericana hacia Cuba es que esa trágica cuenta continúe aumentando y que se fortalezca aún más el caudillismo en la región.

Pero el riesgo mayor del cambio de política, tal y como se ha planteado, recaerá, como de costumbre, sobre el archi golpeado y sufrido pueblo cubano. Rearmado con la falsa legitimidad que le daría el reconocimiento norteamericano, el régimen castrista recibiría carta blanca para continuar reprimiendo a la oposición y cualquier nuevo intento de disidencia. Ahora podría hacerlo sin el escrutinio de la única nación que había incorporado a su política exterior la vigilancia de los derechos humanos en Cuba. La Habana se regodea ante la probable apertura de generosos créditos norteamericanos, tanto públicos como privados. Los anhela por temor a que se seque la ubre petrolera venezolana. Y los necesita para alimentar su aparato represivo, espina dorsal y principal sostén del sistema político cubano. El cambio de política anunciado por Obama implica la trágica ironía de que los contribuyentes norteamericanos, incluyendo los que hemos sido víctimas del castrismo, podríamos terminar subvencionando la represión en Cuba.

¿Cómo llegaron Obama, sus asesores y otros líderes demócratas a estas peligrosas conclusiones sobre Cuba? Todos hemos escuchado ya las abundantes proclamas de sus buenas intenciones. Pero detrás de ellas late además lo que en su día llamé “el racismo del liberal”, la idea prevalente entre muchos liberales en Washington y la academia de que, en el fondo, los latinoamericanos no tenemos remedio, no acabamos de mostrar suficiente aptitud para la democracia y el autogobierno civilizado y, por consiguiente, tampoco debería esperarse de nosotros, a mediano plazo. Toda una clase política en Washington se ha hastiado de las estériles confrontaciones con Latinoamérica a nombre de principios e ideales que, según ella, los latinoamericanos no asimilamos bien ni practicamos con fidelidad ni constancia. Si a estas alturas del Siglo XXI continuamos fabricando caudillos en nuestros países, entonces el mal menor sería entenderse con ellos.

El cambio de política que propone Obama también tiene implicaciones importantísimas para quienes dentro y fuera de Cuba luchan por fomentar la democracia y el respeto a los derechos humanos. Significa que deberían buscar nuevas vías para esa lucha y nuevos aliados dentro y fuera de Estados Unidos (por ejemplo, entre los países que se libraron del totalitarismo). En Washington deberían buscarlos no solo en el Partido Republicano sino también y sobre todo en el demócrata, aunque en este momento esto último parezca ingenuo. El régimen castrista solo puede sostenerse a la fuerza. Su brutal comportamiento será, como siempre, el mejor argumento para demostrar la probable insolvencia de los planes que anuncia Obama. Los demócratas cubanos tienen una obligación especial de responsabilizar al presidente norteamericano, sus asesores y otros promotores del cambio de política por el previsible aumento de la represión en Cuba. Fue lo que hicieron otros demócratas cubanos cuando La Habana envió decenas de miles de soldados a Africa en respuesta al acercamiento que le propuso Jimmy Carter y cuando derribó las avionetas de Hermanos al Rescate en respuesta al que le ofreció Bill Clinton.

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