Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: ¡Que viva la chamocracia!

Opositores venezolanos celebran en Caracas la derrota de los candidatos chavistas en las elecciones legislativas del domingo pasado.
Opositores venezolanos celebran en Caracas la derrota de los candidatos chavistas en las elecciones legislativas del domingo pasado. AFP/Getty Images

Es algo tan sencillo como abrumador a la vez. El pueblo de Venezuela se ha devuelto a sí mismo y a todos los latinoamericanos la esperanza democrática. ¡Que viva la chamocracia! Con la histórica votación del pasado domingo, los venezolanos no solo han dado un paso extraordinario hacia la posible recuperación de su democracia. También han restaurado la fe maltrecha en ella y en la posibilidad de que las libertades individuales, a pesar de todo, terminen abriéndose camino y afianzándose en una región infestada de populismo y caudillismo, donde los providenciales hombres fuertes –y una mujer, la argentina Cristina Kirchner– se habían creído en el derecho a gobernar indefinidamente, apabullando a cualquier oposición política, suprimiendo o recortando las libertades de los ciudadanos y adueñándose de todos los mecanismos del gobierno mientras nadaban en la corrupción. Los venezolanos, por fin, mayoritariamente, le han dicho no a todo eso. Pero no les ha resultado nada fácil. Ni tampoco lo será el camino a recorrer para consolidar el cambio democrático por el que están apostando.

No fue fácil el 12/6 porque, como ha sucedido en todas las elecciones que convocó, el régimen chavista marcó todo lo que pudo las cartas del juego electoral. Usó, ilegalmente, los recursos del estado para promover a sus candidatos. Impidió el acceso adecuado de los opositores a los medios a los que controla o amordaza. Recurrió a la intimidación verbal y física, sugiriendo por boca de sus principales voceros, presidente Nicolás Maduro incluido, que no aceptaría una victoria de la “contrarrevolución” y encarcelando o asesinando a prominentes líderes de la oposición. Prohibió el trabajo de decenas de periodistas extranjeros durante las elecciones. Y el ingreso de muchos observadores internacionales independientes.

Todos los demócratas latinoamericanos, seamos de izquierdas o de derechas, liberales o conservadores, tenemos hoy sobrados motivos para celebrar en grande la esperanza democrática en Venezuela. Pero solo la esperanza. Por ahora. Al fin y al cabo, el chavismo no ha mostrado la más mínima vocación democrática y mantiene un control férreo sobre la presidencia y todos los poderes del estado venezolano. Aunque su derrota electoral es síntoma evidente de su bancarrota política y moral, hará todo lo posible por boicotear el triunfo de la oposición. Para ello se servirá de sus vastos tentáculos, sus aliados antidemocráticos, como Cuba, y la fragilidad de la sociedad civil venezolana, a la que año tras año debilitó a propósito. Una táctica probable será la de estimular la división entre los opositores, quienes inusitadamente lograron una unión estratégica que resultó fundamental para conseguir el triunfo en los comicios del 12/6.

Con su cívica demostración del pasado domingo, el pueblo venezolano y los emergentes líderes de oposición se merecen todo el mérito de la victoria. Pero es importante destacar los oportunos gestos de apoyo que recibieron de organizaciones internacionales de derechos humanos, ex presidentes latinoamericanos e intelectuales de América y Europa que alzaron sus voces para exigir respeto a la voluntad popular en Venezuela y el cese de la intimidación por parte del aparato estatal chavista. Esos reclamos probablemente disuadieron a Maduro y sus secuaces de perpetrar un fraude todavía mayor. Y son un ejemplo de la extraordinaria importancia que tiene la solidaridad democrática en nuestro continente, donde la mayoría de los pueblos aún luchan por consolidar la democracia y donde los enemigos de la libertad se apañan y conspiran juntos en su contra.

Una vez que se atempere la natural euforia por el triunfo legislativo, los líderes opositores venezolanos enfrentarán otra tarea difícil: la de prepararse para una nueva lucha por el poder que pudiera resultar desgastadora. Maduro, después de todo, será el presidente constitucional de Venezuela hasta 2019. La derrota legislativa lo desmoralizará y socavará su poder. Pero es improbable que renuncie a él o que lo entregue mediante un referendo, como plantea la oposición. En el medio de esa lucha continuará balanceándose precariamente el pueblo venezolano, chavistas y antichavistas, quienes han votado por un cambio porque anhelan vivir en un país al que regresen la seguridad y la prosperidad económica, dos condiciones que aún pudieran eludir a Venezuela por mucho tiempo.

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