Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: El Donald Trump del Supremo

A la democracia norteamericana suele irle tan bien como lo permita la Corte Suprema, máximo árbitro de las leyes y costumbres de interés político, social y cultural en el país. Gracias a ella oficialmente sepultamos grandes males como la esclavitud, la exclusión de mujeres y minorías de las listas de votantes y la segregación racial en instituciones públicas, desde colegios hasta hospitales y vehículos de transporte. Por eso, cuando los jueces del Supremo hablan, conviene escuchar. Es el caso ahora de las controversiales declaraciones que hizo el veterano magistrado Antonin Scalia a propósito de la demanda que presentó una joven blanca no hispana contra la acción afirmativa de la Universidad de Texas. Abigail Fisher se graduó de otra institución. Pero le hubiera gustado estudiar en la tejana y alega que sus dirigentes se lo impidieron para favorecer a estudiantes afroamericanos e hispanos menos calificados que ella.

Scalia parece estar de acuerdo con Fisher. Y de qué manera. El otro día sostuvo que “algunos aseguran que no beneficia a los afroamericanos el admitirles en la Universidad de Texas donde no les va bien, en vez de hacer que vayan a escuelas menos avanzadas, alguna escuela de menor nivel, donde les va bien”. El magistrado de 79 años de edad y más de 30 en el Supremo se hacía eco de la “mismatch theory”, teoría desacreditada según la cual la acción afirmativa en realidad perjudica a las minorías. El pobre Scalia no se había enterado de que en la academia esa tesis había sido ampliamente refutada con contraejemplos y reemplazada por otras mejor sustentadas. La pregunta es si, al invocarla, Scalia denotaba prejuicios raciales impropios en un magistrado del máximo tribunal, el cual tiene la misión extraordinaria de desmantelar el complejo andamiaje de la discriminación y sus consecuencias en este país.

La respuesta está en el historial de votaciones y decisiones de Scalia. En las más de tres décadas en las que ha vestido la toga que le concedió el presidente Reagan, Scalia ha sido un confiable cavernícola que ha hecho lo que ha estado a su alcance para retrasar el progreso de nuestra democracia, es decir, las leyes y prácticas que han buscado hacerla más representativa, igualitaria y justa. Este hijo de inmigrantes italianos llevó la voz cantante en decisiones judiciales que recortaron la Ley de Derechos de los Votantes; en el contraataque a sus colegas partidarios de la igualdad de derechos de los gays, especialmente del matrimonio entre personas del mismo sexo; y en la preservación de la pena de muerte, de la cual es fervoroso partidario, a pesar de que se proclama católico. Y, por supuesto, nadie como él ha combatido en el Supremo la acción afirmativa, que apenas sobrevive en la idea de que, al seleccionar estudiantes, las universidades pueden considerar la raza y el género de los solicitantes como criterios de admisión. El objetivo es revertir los efectos de siglos de discriminación a mujeres y minorías étnicas.

Con su nuevo exabrupto, disfrazado de buenas intenciones hacia los estudiantes negros, Scalia ha desatado una ola de indignación. Harry Reid, líder de la minoría demócrata en el Senado, le calificó de Donald Trump de la Corte Suprema. “La única diferencia”, subrayó, “es que Scalia viste toga y tiene un puesto vitalicio”. Irónicamente el propio Trump rechazó como “muy malos” los comentarios del magistrado. Y algunos propusieron que el Congreso lo enjuicie para destituirlo. La historia sugiere, sin embargo, que eso sería inefectivo. Samuel Chase, el único magistrado impugnado por el Congreso en 1796, les ganó la pelea a los congresistas.

Pero Scalia debería excusarse de los procesos en los que se debatan asuntos de discriminación, como el que actualmente estudia la corte en el caso de la Universidad de Texas, aunque esto, lamentablemente, tampoco ofrezca garantías de éxito. En definitiva, en el Supremo predominan jueces conservadores. Y algunos comparten los prejuicios de Scalia. Solo nos queda la esperanza de que la biología haga su inexorable trabajo y que el Donald Trump de la corte se convenza de que le llegó la hora de jubilarse. Mientras tanto, Dios ampare a nuestra democracia.

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