Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: La isla en fuga

Rincón – La migración es el termómetro ideal para medir la temperatura ambiental de cualquier país. Y en Puerto Rico marca una fiebre delirante. Lamentablemente, los síntomas sugieren que la fiebre llegará al paroxismo y que el éxodo continuará no solo en 2016 sino también en años venideros. Los males económicos de la isla, y sus secuelas sociales, no se curarán ni aliviarán a corto plazo. Y a estas alturas de la bancarrota del estado puertorriqueño, prácticamente cualquier remedio que se aplique resultará casi tan grave como la enfermedad. Puede que mis palabras suenen pesimistas. Pero se basan en una dolorosa constatación de lo que las crudas estadísticas significan para familiares, amigos y vecinos de esta tierra hermosa.

Puerto Rico da hoy día la impresión de que se cae en pedazos. Y el éxodo de su gente es el indicio más claro de su desmembramiento. Más de cien mil se marcharon el año pasado, principalmente a Estados Unidos, pero también a cualquier otra tierra donde se pueda sobrevivir. Incluso la depauperada Haití acogió a más de 4,400 puertorriqueños, según leo con estupor en El Nuevo Día, cronista puntual de la debacle que sufre la isla. A su vez República Dominicana reporta que los puertorriqueños son el segundo grupo más grande de inmigrantes que recibe en momentos en que ese país vive una relativa prosperidad. ¿Se revertirá el tradicional éxodo de Quisqueya hacia Borinquen? No es descartable. En 2014 huyeron del desempleo, el alto costo de la vida y la desesperanza más de 83,000 puertorriqueños. Paralelamente, la repatriación anual desde Estados Unidos, que siempre había sido una fuente de orgullo e ingresos valiosos, se ha reducido casi a la mitad. La crisis en la isla se ha cargado también el sueño del regreso. Siempre es más prudente ver de lejos los naufragios.

Bajo la tutela de Estados Unidos, y a pesar de la traumática relación colonial, los puertorriqueños han construido una sociedad libre, en la que se debaten con candor y vehemencia las diferencias políticas. Una sociedad democrática en la que los enemigos son solo rivales –a diferencia de lo que ocurre en gran parte de América Latina– con los que se compite por el poder. De una sociedad así solo se huye por circunstancias excepcionales, como un terremoto, un ciclón devastador o una epidemia al estilo de las que desolaban a las naciones europeas en siglos pasados. La circunstancia excepcional que ahuyenta a los puertorriqueños es la catástrofe económica que ha provocado un decenio de recesión. Y que convierte la supervivencia en un arduo desafío cotidiano.

El desafío de no encontrar trabajo; de depender de la economía informal; de no poder ejercer el oficio que se domina o la carrera que se estudió; de pagar 89 impuestos nuevos; de recibir servicios cada vez más deficientes del gobierno, cuyo líder recientemente admitió que había sustraído $163 millones de los presupuestos de agencias estatales solo para pagar intereses sobre la astronómica deuda de $72 mil millones; entre las agencias saqueadas están las responsables de carreteras y calles, autobuses públicos, centros de convenciones. El desafío de ver como se extiende hasta lo absurdo el plazo para jubilarse, aunque se ejerza un oficio de alto riesgo, como el de policía o bombero; y como circula una ola de rumores sobre los planes del gobierno de usar los fondos de pensiones y los ahorros individuales depositados en las cooperativas para enfrentar la deuda en realidad impagable.

“En Puerto Rico nos quedamos los viejos”, me dice un veterano residente de Rincón, mientras lamenta el éxodo de jóvenes de su familia. Es otro efecto del desastre. La edad promedio en la isla sobrepasa ya los 40. Para muchos jóvenes, la magia de Puerto Rico ha consistido en ser casi el perfecto punto de encuentro entre dos culturas ricas y poderosas: la española y la norteamericana. Esa magia no ha desaparecido ni perdido su encanto. Al contrario, se mantiene como una promesa de lo que puede y debe seguir siendo Puerto Rico. Pero se ha hecho intangible para muchos que han perdido la fe o la esperanza en la recuperación.

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