Daniel Morcate

DANIEL MORCATE: Fascismo a la cubana

La Cuba que se forja a la sombra de la componenda entre La Habana y Washington pretende ser un emporio en el que confluyan capitalistas de estado del castrismo con piratas y corsarios extranjeros. La isla se halla a la venta para beneficio de sus explotadores sin escrúpulos, los mismos que vienen usufructuándola desde hace décadas y sus descendientes. Para los mandamases de La Habana es cuestión de supervivencia en el poder. Para el presidente Obama y sus asesores, una apuesta al cambio por el cambio mismo, sin ponerle muchas condiciones ni hacerse demasiadas ilusiones. Mientras tanto, no hay prisa para exigir derechos humanos o democracia, sofisticados valores que en definitiva no han sabido cultivar esos indios con levita que son los cubanos, piensan los obamistas, y que más bien serían un obstáculo para la agenda en curso.

Un indicio claro de lo que viene es el frenesí de cabildeo que se ha desatado en Washington tras la reciente decisión del Departamento de Tesoro de aliviar aún más las restricciones en los viajes y el comercio con Cuba. Obama le ordenó facilitar la exportación de productos y eliminar trabas a la forma en que La Habana pudiera pagarlos. En cuestión de días, 115 entidades, en su mayoría corporaciones, bombardearon al Congreso y a las agencias federales con solicitudes formales para obtener un pedazo del pastel. Los obamistas dicen que se trata de promover comercio “para el bien del pueblo cubano”. Algunos funcionarios mencionan como ejemplo que, entre los que buscan negociar con Cuba, se hallan entidades especializadas en educación, como la Asociación Internacional de Educadores. Los piratas y corsarios le siguen la corriente a esta versión oficial. Pero la verdad es que el cabildeo intenso proviene de tradicionales empresas depredadoras, como la petrolera Chevron o la tabacalera Swedish Match; y de otras que tienen la esperanza de recobrar algo de lo que les robaran los Castro en los sesenta, como la Nestle, la Colgate-Palmolive y la Bacardí, a la que el gobierno de Obama le acaba de dar una puñalada trapera en la batalla por la marca Havana Club. El presidente autorizó una fábrica de tractores norteamericanos para “pequeños agricultores” en Mariel, donde en realidad todo pertenece al estado cubano.

En Cuba, mientras tanto, los capitalistas de estado mueven sus propias fichas a todo tren. Su prioridad es ampliar los negocios con los piratas y corsarios extranjeros pero reteniendo el control en manos de los Castro. El tipo clave en esta movida es Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el yerno de Raúl Castro, uno de los principales candidatos a heredar el imperio familiar. Rodríguez preside el Grupo de Administración Empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que incluye al Grupo de Turismo Gaviota y el conglomerado CIMEX, es decir, el dueño material de toda la isla. Ni un solo empresario extranjero mueve un dedo en Cuba sin su consentimiento. Su GAESA es propietaria de más de la mitad de las acciones de todas las empresas extranjeras que operan en territorio cubano. Como este tinglado ya no engatusa suficiente capital foráneo para compensar por la drástica reducción en las dádivas petroleras venezolanas, los castristas aceptarían empresas que tengan mayoría de acciones en la isla. Pero el yernísimo se mueve raudo y veloz para crear otras trampas que le permitan controlarlas.

Al margen de estas maniobras queda la inmensa mayoría de cubanos, cuyo salario promedio sigue equivaliendo a 24 dólares mensuales. Los cambios hacia el capitalismo de estado no llevan consigo protecciones laborales ni programa concreto de mejoría material para ellos. El gobierno continúa negándoles los más mínimos derechos, ahora con el beneplácito de su tradicional velador, Estados Unidos. Para atajar el creciente descontento, la policía política detiene a mil opositores mensualmente desde que comenzó la componenda con Washington, según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos; y procesa a los más rebeldes, acosa a periodistas independientes y restringe el acceso a internet, según Human Rights Watch. También propicia un éxodo gradual por el que cobra una tajada, como han comprobado los gobiernos de México y Centroamérica. Mediante la componenda Washington-La Habana, el horror en Cuba se transforma, adquiere características típicas del fascismo tradicional. Pero sigue siendo el horror.

Periodista cubano.

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