Daniel Morcate

Unidos contra el terror y la censura

Largas filas se formaron este miércoles en quioscos de periódicos en Francia, entre ellos este en Niza, para comprar la última edición de la revista satírica Charlie Hebdo.
Largas filas se formaron este miércoles en quioscos de periódicos en Francia, entre ellos este en Niza, para comprar la última edición de la revista satírica Charlie Hebdo. TNS

La brutal política del pánico ha vuelto a ser noticia en Occidente, donde, a diferencia de otras latitudes, sus protagonistas salvajes a veces nos dan una tregua. Primero fue el descarado ataque cibernético del detestable régimen de Corea del Norte contra la Sony para boicotear la presentación de su película The Interview. Luego fueron los bestiales ataques de terroristas islámicos a la revista satírica Charlie Hebdo y a un supermercado de alimentos kosher en París. En estos tres casos, agentes del totalitarismo procuraban censurar de manera violenta y monstruosa distintas manifestaciones de la libertad de expresión que tantos esfuerzos y sacrificios nos ha costado conquistar y que aún hoy nos cuesta mantener, como precisamente demuestran estos actos criminales. La única respuesta posible a semejantes desmanes es defender nuestro derecho a la libre expresión hasta con los dientes si fuere necesario.

En mi ya larga vida, durante la cual he padecido dos dictaduras, no he conocido a un censor que no tenga alma de terrorista. Sucede incluso en la democracia, donde personas con vocación de censores e inquisidores procuran acallar las opiniones divergentes y el derecho sagrado a opinar lo que sea con las típicas armas del terror: las amenazas veladas o explícitas, las protestas y gritos histéricos, las denuncias anónimas, los golpes bajos, en fin, la cobardía y el matonismo disfrazados de buenas intenciones o sencillamente al desnudo. Episodios sangrientos como los que acaba de padecer Francia deberían unir a los demócratas genuinos en el repudio no solo de los terroristas sino también del objetivo que éstos persiguen: la aniquilación de nuestras libertades, incluyendo la más fundamental de todas que es la libertad de expresión.

¿Será necesario seguir justificando con argumentos esta libertad esencial? Todo indica que sí, pues sus enemigos evidentemente la acechan incluso en nuestras sociedades. En estos días, por ejemplo, no han faltado los comentaristas que han denunciado a la revista Charlie Hebdo con mayor virulencia que a sus verdugos. Y también otros que han dirigido sus dardos críticos al “mal gusto” de Hollywood por hacer películas en las que se representa el magnicidio de un dictador vivo. Frente a estos inconsecuentes enarbolemos la inmejorable defensa de la libre expresión que hiciera el pensador británico John Stuart Mill al enfatizar que una opinión no debería ser “compelida al silencio” porque puede resultar cierta; porque, aunque sea errada, puede contener una pizca de verdad; porque como mínimo puede servir de contraste a otra opinión comúnmente aceptada; y porque también puede servir para evitar que la opinión aceptada se convierta en un dogma estéril o contraproducente.

En este momento crucial en que una cuerda de energúmenos ha atentado contra Charlie Hebdo y Sony, lo que deberíamos preguntarnos no es si la revista y la empresa productora expresaron algo indebido u ofensivo para algunos, sino cómo y cuándo vamos a defender juntos, como miembros de comunidades civilizadas, su derecho a hacerlo. En esa acción concertada, tan difícil y a la vez tan necesaria de lograr en la democracia, nos jugamos nuestro propio derecho a la libre expresión. O lo salvaguardamos para todos o corremos el riesgo de perderlo. Un primer paso sería condenar sin ambages esa contemporánea modalidad de fascismo en que se ha convertido el islamismo radical.

Otro paso necesario debería ser el superar o dominar el temor que nos causan los terroristas para no caer en la autocensura, como la de ciertos canales de televisión en Gran Bretaña que, según se informa, decidieron no mostrar imágenes de Mahoma ni las caricaturas de Charlie Hebdo que provocaron la ira asesina de los terroristas. También podríamos alentar y ayudar a los escasos pero importantes elementos liberales y democráticos que combaten el islamismo radical en el seno mismo de las comunidades musulmanas. Y podríamos desarrollar estrategias concretas para asistir a algunos de los miles y miles de jóvenes musulmanes cuya pobreza y desesperanza los convierte en carne de cañón al servicio de manipuladores sin escrúpulos. Ante la tenacidad con que actúan los terroristas, la lucha de los demócratas para frenarlos requiere imaginación, creatividad y perseverancia. Se lo debemos a las víctimas, como las que acaban de perder la vida en París.

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