Daniel Morcate

Sanders y el comunismo

El candidato demócrata Bernie Sanders, senador por Vermont, saluda a sus partidarios en una concentración realizada en Miami el 8 de marzo.
El candidato demócrata Bernie Sanders, senador por Vermont, saluda a sus partidarios en una concentración realizada en Miami el 8 de marzo. AP

El tema cobraría mayor relevancia en la elección general si Bernie Sanders llegara a convertirse en el nominado presidencial demócrata, lo que es improbable. Pero salió a relucir durante el debate realizado por Univisión y el Washington Post en Miami el pasado nueve de marzo. Me refiero a las viejas simpatías del senador de Vermont por regímenes totalitarios de “izquierda” como el cubano, el felizmente desaparecido sandinista de Nicaragua y el moribundo chavista de Venezuela. A preguntas de Jorge Ramos y María Elena Salinas, tanto Sanders como su rival Hillary Clinton tuvieron que exponer por primera vez sus criterios sobre esas dictaduras, a las cuales en otra época apoyó con fervor y nunca ha rechazado del todo un sector de la izquierda norteamericana. Es un sector que ambos precandidatos ahora cortejan con pasión porque su enfrentamiento ha girado en esa dirección del espectro político.

Sanders es hoy por hoy un político democrático que hace el diagnóstico más honesto de algunos de los males que aquejan a la sociedad norteamericana (su prognosis es harina de otro costal), especialmente la desigualdad económica entre un pequeño grupo de millonarios y ricos y la inmensa mayoría de ciudadanos; y también de la persistente desigualdad ante las leyes entre las minorías étnicas y los blancos no hispanos. Pero sus respuestas sobre las dictaduras comunistas ponen de relieve la gran impostura de la izquierda norteamericana a la que representa, su incapacidad crónica de reconocer el trágico error que cometió al avalarlas durante décadas hasta el extremo de haberlas presentado como modelos de lo que debía ser la sociedad estadounidense; y la arrogancia con que aún hoy rehúsa condenarlas sin ambages mientras continúa denigrando como “reaccionarios” a sus críticos e ignorando a sus víctimas.

Sanders nunca le contestó a Ramos la pregunta de si Raúl Castro es un dictador. Y Salinas tuvo que preguntarle tres veces si lamentaba el haber elogiado a Daniel Ortega y a Fidel Castro en los ochenta antes de que el senador de Vermont se dignara a admitir que “Cuba, desde luego, es un país no democrático” y expresara su deseo de que “se vuelva democrático”. Pero antes de reconocerlo se explayó en una intempestiva justificación de por qué siempre se opuso a que Estados Unidos interviniese para ayudar a las fuerzas democráticas que en la isla y Nicaragua combatían el totalitarismo. Esto a pesar de la evidente intervención allí del bloque soviético para apuntalar a las respectivas dictaduras de los hermanos Castro y Ortega y para propagar a través de ellas el totalitarismo prosoviético en América Latina. De haber prevalecido el criterio del senador y otros radicales norteamericanos, Nicaragua probablemente no se habría sacudido el comunismo y tampoco países de Europa del Este sobre los que influyeron democracias como la nuestra.

En Miami Sanders se reveló, además, como uno de esos personajes inconsecuentes que juzgan a los dictadores por su habilidad de construir carreteras, “educar” y “dar atención médica” a los ciudadanos. Los cavernícolas de derecha siempre les han atribuido esas supuestas virtudes a gorilas criminales como Batista, Pinochet, Franco e incluso Mussolini y Hitler. Los cavernícolas de izquierda a matarifes como Stalin, Mao y Castro. Las tapaderas ideológicas les han impedido a ambas facciones distinguir entre la propaganda que diseminan sus tiranos predilectos y la cruel realidad que viven los pueblos a los que éstos esclavizan. “En Cuba han hecho avances en la atención médica”, declaró Sanders, quien evidentemente nunca se ha enfermado en la isla del espanto. Para colmo elogió el programa castrista que explota a médicos cubanos en diversos países a cambio de jugosas divisas para el estado represor.

Como tantos otros izquierdistas norteamericanos, Sanders fue un creyente fanático en la utopía comunista. Y desde que lo advirtiera con lucidez Jean-Francois Revel hace décadas, sabemos que la única función de esa utopía ha sido permitir a sus adeptos “condenar lo que existe en nombre de lo que no existe”. Para quienes simpatizamos con el actual mensaje crítico de Sanders, ha resultado particularmente decepcionante el haber comprobado que su izquierdismo no ha rebasado del todo las incongruencias e imposturas del pasado.

Periodista cubano.

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