Daniel Morcate

Praga y el reino de la memoria

Estatua del escritor Franz Kafka en el antiguo barrio judío de Praga.
Estatua del escritor Franz Kafka en el antiguo barrio judío de Praga. Cortesía del autor

Praga – Las señales del paso arrollador del comunismo han ido desapareciendo de Praga. Las estatuas de la era estalinista cayeron hace tiempo. Los nombres propagandísticos de calles y plazas cambiaron por otros con un significado histórico y cultural edificante. Una economía y un comercio prósperos han borrado la miseria y las privaciones del pasado. Pero muchos checos no han olvidado la tragedia de haber padecido los totalitarismos nazi y comunista. Sus huellas devastadoras permanecen en la conciencia de generaciones decididas a no repetir la experiencia.

Desde su exilio francés Milán Kundera denunció con elocuencia la “presidencia del olvido” que imperaba en su país. Con esa expresión aludía a la sistemática erradicación del pasado cultural checo que emprendieron los comunistas. Durante los 40 años en que aquí reinaron, vetaron a músicos, pintores, cineastas y escritores que se habían convertido en monstruos de la creación universal, como el propio Kundera y Franz Kafka, el genio que en sus imaginativas obras predijo, sin proponérselo, el surgimiento de regímenes burocráticos que aplastarían sin compasión al individuo. Hoy Kafka se ha vengado de los nazis que exterminaron a su familia y de los comunistas que pretendieron borrarlo de la memoria checa. Su presencia es una constante en el antiguo barrio judío de Praga en el que creciera, estudiara y experimentara sus tormentosas relaciones con su padre y las mujeres. En la capital checa proliferan los congresos sobre su obra, hay un museo a él consagrado, una bella estatua, cafeterías que ostentan su nombre y toda suerte de baratijas turísticas que llevan su sello inconfundible. La resurrección plena del insigne escritor tipifica el triunfo de la memoria sobre el olvido en la República Checa.

El gran abanderado de esa resurrección fue Vlacav Havel, el dramaturgo que guió al Foro Cívico, el cual a su vez hizo posible la Revolución de Terciopelo. Como el primer gobernante de la joven democracia checa, Havel hizo todo lo que estuvo a su alcance por convertirse en un presidente de la memoria. Usó su enorme prestigio para promover la recuperación del rico pasado cultural de su tierra. Los checos se lo agradecen hoy votándole en sondeo tras sondeo como el mejor gobernante de su historia moderna. Solo Carlos Cuarto, el urbanizador de Praga en el siglo XIV, goza de una estatura similar a los ojos de sus compatriotas.

En la nueva República Checa de la memoria se destacan dos lugares que todo extranjero debería visitar. Uno es el antiguo campo de concentración nazi en Teresina, situado al norte de Praga, muy cerca de la frontera con Alemania. Por él desfilaron cientos de miles de checos, alemanes, austriacos, polacos y daneses, en su mayoría judíos. Decenas de miles perecieron allí a consecuencia de las epidemias, torturas y ejecuciones que a diario realizaban los nazis. En Teresina se aprecian los barracones en los que dormían hacinados los presos, el baño colectivo donde se les obligaba a “desintoxicarse” con agua helada, las celdas de aislamiento para los más rebeldes y el cementerio de víctimas judías y cristianas. Y al lado del campamento se halla la hoy casi desierta localidad del mismo nombre que los nazis convirtieron en gueto judío. Allí malvivió con su familia Ivan Klima, otro gigante de la literatura checa contemporánea, cuya obra también florece luego de los años negros del comunismo.

Un segundo depositario de la memoria checa es el Museo del Comunismo. Está situado en un antiguo edificio a un costado de la histórica Plaza de Wenceslas, donde se inmolara el joven Jan Palach para protestar por la invasión soviética en 1969 y escenario de la Revolución de Terciopelo veinte años después. Durante una visita de tres horas, tuve la incómoda sensación de haber regresado a Cuba: la patética aula de pioneros, la bodega desabastecida, las consignas embrutecedoras que exaltaban al partido, las fotos omnipresentes de los santos patrones del comunismo, los viejos aparatos de espionaje con los que unos checos vigilaban a otros, evidencias del uso del deporte como propaganda, en fin, un amplio muestrario del horror totalitario que aún padecen millones de personas y que otros millones más aceptan como normal.

Kundera advirtió que cualquier nación encabezada por un Presidente del Olvido inexorablemente se encamina hacia la muerte. Su advertencia vale también para los individuos. Si perdemos nuestra memoria de lo bueno y de lo malo que hemos experimentado como comunidades o como personas, nos condenamos a una muerte lenta. Una muerte más moral que física. Pese a los inevitables tropiezos en la construcción de su joven democracia, los checos han asimilado bien esta lección.

Periodista cubano.

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