Daniel Morcate

Un lenguaje para otra Cuba

Esta semana se reedita en Cuba lo que Raymond Aron llamaba “el milagro de las unanimidades aparentes”. Por unanimidad la Asamblea Nacional cubana, un parlamento en el que nadie parla, salvo la familia Castro y sus ventrílocuos, le pondrá el sello de aprobación a “reformas” preacordadas cuyo fin será, menuda sorpresa, la permanencia en el poder de la dinastía de Birán. Por inercia semántica más que por otra cosa el ejercicio se denominará VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. Pero en realidad ahondará en una mezcolanza caribeña de lo peor del comunismo con lo peor del capitalismo. A 57 años de revolución, el gran proyecto sociopolítico de la familia imperial cubana es hacernos chinos. A todos los cubanos. A los de adentro, exigiéndoles la misma esclavitud política de siempre a cambio de migajas de una economía seudocapitalista. Y a los de afuera, facilitándonos mecanismos para financiar el proyecto mediante remesas, visitas a familiares e inversiones.

¿Seremos chinos los cubanos como en su día soñara Ernesto Guevara, aunque en otro contexto más opresivo? En realidad, algunos ya lo son tanto en la isla como en la “comunidad del exterior”. Pero muchos evidentemente otros no se resignan a la nueva condena. Entre ellos se hallan los millares que están poniendo pies en polvorosa; y esos valientes hombres y mujeres que marchan sin permiso por La Habana, Santiago, Santa Clara y Holguín para reclamar los derechos políticos que les niegan. De ellos, sobre todo, depende el que el régimen no se salga con la suya otra vez. Pero para evitarlo necesitarán un plan alternativo para los cambios que puedan conducir a Cuba, con un mínimo de sobresaltos, hacia la democracia y la libertad.

Ese plan pasa por la intensificación de las manifestaciones públicas que ya realizan, con enorme riesgo para los participantes, organizaciones como las Damas de Blanco y UNPACU. Las protestas pacíficas ponen sobre aviso al régimen de que muchos cubanos están dispuestos a ejercer sus derechos políticos a pesar de las prohibiciones oficiales y la represión. Con cada una de ellas, los protagonistas van transfiriendo sus temores naturales a los golpes y humillaciones hacia sus represores, quienes eventualmente comprobarán cuál es el límite de su monopolio del poder y la fuerza. A la larga, los represores enfrentarán el dilema de extremar la violencia o dejar de utilizarla, dilema que en todos los países descomunizados, salvo en Rumania, se resolvió a favor de la renuncia a la violencia.

Los opositores también deberán continuar circulando peticiones formales al régimen para que libere a los presos políticos, incluyendo aquellos a los que ha dejado de reconocer como tales; ponga fin a la censura, otorgue acceso a internet, libertad de culto y asociación; abra espacios a iniciativas privadas; y permita una evaluación independiente de la contaminación ambiental, mal que escamotean las autoridades en perjuicio de millones de cubanos. Como parte de un plan alternativo, podrían asimismo organizar eventos políticos y culturales que ayuden a desentumecer los músculos atrofiados de la sociedad civil cubana. Un ejemplo inspirador es el plan de la artista Tania Bruguera de inaugurar en La Habana en los próximos días un Instituto de Activismo Artístico al que describe como “un refugio de la libertad de expresión” en Cuba. Para ese proyecto recaudó $100 mil. “Como activistas y artistas”, subraya Bruguera, “tenemos un momento para desafiar lo que se está proponiendo para nuestro país”.

La oposición también debería insistir en el reconocimiento internacional, apelando a los buenos oficios de diplomáticos y otros extranjeros afincados en Cuba, organizaciones humanitarias y gobiernos democráticos. Esta gestión debería basarse en la urgente necesidad de diversificar los contactos con el exterior ahora que el entendimiento entre el régimen castrista y el gobierno del presidente Obama anuló la posibilidad de que surjan un Ronald Reagan o una Margaret Thatcher dispuestos a presionar a Cuba para que realice cambios democráticos.

Para aquellos de sus compatriotas que hoy les vigilan, denuncian y reprimen, contribuyendo a retrasar los cambios, los opositores deberían reiterar la consigna de los demócratas checos y polacos: “pueden estar tranquilos. No somos como ustedes”. Un nuevo lenguaje, pacífico y conciliador, para una Cuba mejor.

Periodista cubano.

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