Daniel Morcate

El modelo chino

Manifestantes a favor de la democracia muestran fotos del disidente chino Liu Xiaobo en una protesta realizada en Hong Kong en el 2010. El gobierno chino mantiene una política de represión contra sus opositores.
Manifestantes a favor de la democracia muestran fotos del disidente chino Liu Xiaobo en una protesta realizada en Hong Kong en el 2010. El gobierno chino mantiene una política de represión contra sus opositores. AP

Ahora que queda claro que la familia Castro planea hacer chinos a los cubanos –darles una pizca de capitalismo con la acostumbrada dosis de represión comunista– conviene echar un vistazo a cómo marchan las cosas por China. No vaya a ser que los festinados muchachos que teledirigen la legitimación del castrismo desde el gobierno del presidente Obama nos quieran vender ese gato como liebre, como es su inclinación. Medios y académicos norteamericanos, para no hablar del Departamento de Estado, llevan décadas viendo aperturas y progresos en China, lo que les viene de perilla a nuestros empresarios que hacen negocios allí, con trabajo semiesclavo, como ahora quieren hacer en Cuba. Pero la verdad es que lo que está sucediendo en el gigante asiático no pasa la prueba del tufo.

A todos los niveles de la sociedad el régimen comunista chino, satisfecho con la complicidad occidental, lleva a cabo una despiadada campaña de “recomunización” totalitaria, si me excusan el neologismo. Con el partido único a la cabeza, la dictadura que preside Xi Jinping ha movilizado su tentacular aparato de vigilancia y represión, el más grande del mundo, para reprimir a periodistas que ponen a prueba las aperturas que cacarea Occidente. “Todos los medios noticiosos controlados por el Partido”, advirtió Xi recientemente, “deben trabajar para hablar por la voluntad del Partido y sus propuestas”. Complementa su advertencia una batida implacable, al peor estilo maoísta, que ha conducido a las cárceles a decenas de periodistas y provocado bochornosas confesiones televisadas de supuestos errores ideológicos y conspiraciones anticomunistas.

En el campo de la religión, hordas neomaoístas están destruyendo iglesias cristianas, derribando cruces y arrestando sacerdotes católicos y pastores evangélicos, en una reedición de la infame revolución cultural de Mao. Las organizaciones no gubernamentales son ahora cualquier cosa menos eso, pues el régimen les exige cuadrar caja con él so pena de ser acusadas de “colaborar con agentes y gobiernos extranjeros”. En el más reciente número del New York Review of Books, el sinólogo Orville Schell denuncia que la policía política china “ha arrestado a activistas feministas por protestar contra el acoso sexual y las ha acusado de ‘provocar peleas y problemas’”. Y hasta el impotente gobierno de Obama ha lamentado el arresto colectivo de abogados de derechos humanos, a quienes Pekín procesa por “crear desorden público y subvertir el poder del estado”.

Al igual que los castristas, los maoístas de nuevo cuño están contagiando sus métodos totalitarios a sus aliados democráticos (lo que pasó con Carnival, hasta que dio marcha atrás, es la punta del iceberg). Pekín controla estrictamente qué periodistas extranjeros visitan o trabajan en el país; solo les exige que se autocensuren o mientan. También tuerce brazos para que en Washington y las capitales europeas y latinoamericanas no se reciba al Dalai Lama, los activistas demócratas de Hong Kong y los opositores chinos. En EEUU, América Latina y Europa está estableciendo centenares de periódicos, revistas, canales de televisión e “institutos de Confucio”, manejados a través de su Departamento de Propaganda Central, para manipular el debate en nuestras democracias.

Cuando los papeles de Panamá comprometieron a las dinastías comunistas chinas, Pekín reaccionó con una vasta operación de censura a internet, habilidad en la que adiestra a censores castristas. La policía política arrestó a Ge Yongxi, abogado de derechos humanos que en WeChat satirizó a Xe por esconder miles de millones en Panamá a través de familiares y testaferros. Para procesar a rebeldes como Ge, el régimen ya ni siquiera usa su propio sistema oficial de justicia. En lugar de ello recurre a un aparato extrajudicial con el nombre orwelliano de Comisión Central para la Inspección de la Disciplina, el cual tiene excepcionales poderes de juez y de verdugo. Comparado con sus agentes, los torturadores de la CIA son monjes tibetanos.

Pekín difícilmente cometería excesos tan brutales si no contara con el visto bueno que Occidente le dio con las mismas dudosas expectativas con que hoy se lo da a la impresentable dictadura de los Castro. Es triste, aunque comprensible, que pueblos desmoralizados por décadas de represión y miseria se acostumbren al totalitarismo. Pero es trágico e inexcusable que a él se acostumbren las democracias.

Periodista cubano.

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