Daniel Morcate

Cuba: los tropiezos del engagement

Miles de personas desfilan el pasado 1 de mayo cerca de la Plaza de la Revolución, en La Habana. En el reciente Congreso del Partido Comunista, el gobernante Raúl Castro fue ratificado en su cargo.
Miles de personas desfilan el pasado 1 de mayo cerca de la Plaza de la Revolución, en La Habana. En el reciente Congreso del Partido Comunista, el gobernante Raúl Castro fue ratificado en su cargo. AP

“Una mentira no puede protegernos de otra mentira”.

Vaclav Havel

Como ha ocurrido desde los inicios de la dictadura de los Castro, su carácter reaccionario está dejando en ridículo a quienes promueven su legitimación con la esperanza de que algún día renuncie a ser dictadura. Pero ni ahora ni nunca lo reconocerán. Al contrario, así como la tiranía castrista se atrinchera en su bunker totalitario, los partidarios del engagement con ella se atrincheraran en sus falacias a expensas de quienes la padecen. Son true believers, fanáticos de una ideología de la contemporización que ni en Cuba ni en ningún país sometido a dictadura comunista ha funcionado. Por enésima vez se comprueba cómo estos regímenes viven de la mentira. No solo la mentira de las vacuas expresiones de apoyo popular masivo –como el que vimos en Cuba el pasado primero de mayo– sino la mentira de quienes desde el confort de la democracia le atribuyen voluntad de cambio y enmienda.

Pero la realidad es obstinada. Es la realidad del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, patético ejercicio que se supone ocurra cada cinco años pero que el régimen convoca solo cuando necesita leerle la cartilla totalitaria al pueblo, a “cuadros” vacilantes del partido y a extranjeros ilusos. En esta ocasión, la cartilla puso en evidencia que Raúl Castro y la vieja camada del régimen no tienen planes de abandonar el poder. Su mensaje contrasta con el bulo que propagaba el propio Castro, con la ayuda de compañeros de viaje en el exterior, de que delegaría el mando en 2018. “Es asombroso”, afirma Robert Muse, abogado de Washington especializado en asuntos cubanos, “cómo la gente no escucha (lo que realmente están diciendo) los dirigentes castristas”.

La realidad de Cuba es también que, en ese congreso, de los Castro para abajo atacaron sin medias tintas al gobierno del presidente Obama y al enemigo de siempre, Estados Unidos; que el régimen rechazó la normalización del trato a centenares de peloteros que han escapado de la isla cárcel porque, al decir de Antonio Becali, máximo burócrata del deporte castrista, “nuestros atletas son los del sistema deportivo cubano” cuya guía siempre serán “los principios de la revolución”; y que la inmensa mayoría de las iniciativas norteamericanas de negocios con la isla están fracasando porque no se basan en hechos concretos sino en una ofensiva propagandística de La Habana y Washington que los grandes medios se tragaron sin masticar.

En el área de la agricultura, cierta prensa exaltaba los planes de intercambio basándose en filtraciones del gobierno de Obama. Pero la realidad es que se han estancado porque, en palabras de Tom Vilsack, secretario de Agricultura de EEUU, “la agricultura cubana es muy básica y rudimentaria y para los agricultores norteamericanos sería como regresar en el tiempo a los años 1930 y 1940”. Y la realidad es que también naufragó el viaje del gobernador Cuomo a la isla con “20 hombres de negocios” de Nueva York hace un año. Hoy sabemos que la mitad de su comitiva en realidad la integraban asistentes personales y que la otra mitad no ha hecho un solo negocio en Cuba. Su aventura neoyorquina, teledirigida por el gobierno de Obama y pagada por los contribuyentes, se halla ahora bajo escrutinio.

Los partidarios del engagement solían decirnos que los Castro usaban como pretexto las malas relaciones con Estados Unidos para mantener esclavizados a los cubanos. Ahora nos dicen que siguen esclavizándolos y atacando a Washington porque temen a las buenas relaciones. El suyo no es exactamente un ejemplo de lógica cartesiana, sino de una exaltación ideológica que ve como los verdaderos enemigos del cambio a exiliados de “línea dura”. Frente a esta mentira que encubre la enorme mentira del castrismo, conviene evocar la doctrina de la intervención humanitaria del checo Vlacav Havel, uno de los más inspirados y exitosos luchadores antitotalitarios, quien advirtió: “No debemos nunca hacerle concesiones al mal, incluso cuando éste no se comete directamente contra nosotros. Nuestra indiferencia hacia los otros solo puede resultar en una cosa: la indiferencia de ellos hacia nosotros”.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios