Daniel Morcate

El rechazo conservador a Donald Trump

Nate Brantingham, disfrazado de Jesucristo, participa en una protesta contra el candidato republicano Donald Trump en Spokane, estado de Washington, el 7 de mayo.
Nate Brantingham, disfrazado de Jesucristo, participa en una protesta contra el candidato republicano Donald Trump en Spokane, estado de Washington, el 7 de mayo. AP

Ahora que se ha consumado el mal, es decir, la virtual nominación de Donald Trump como candidato republicano a la presidencia, es hora de definición para los dirigentes del partido. Y no es fácil. Con su militancia los líderes del GOP se han comprometido a defender y promover principios básicos del conservadurismo norteamericano: la reducción del gobierno a un mínimo deseable, la libertad de empresa y de mercado, el fortalecimiento de la familia, la preservación de ciertos valores sociales, una política exterior que activamente fomente la democracia y el libre comercio, en fin, una serie de ideas con las que se puede o no estar de acuerdo pero que conforman una de las importantes opciones de gobierno con que hemos contado los votantes norteamericanos desde tiempos inmemoriales. El problema estriba en que Trump es, en el mejor de los casos, un conservador de conveniencia solo para atraer votos republicanos. Y con sus comentarios y acciones xenófobos, racistas, machistas e ignorantes durante la actual contienda ha demostrado ser además el clásico elefante en una cristalería.

Trump ha dedicado buena parte de su fanfarronería a denigrar y burlarse de los hispanos, especialmente de los inmigrantes de origen mexicano, a quienes metió en un mismo saco de violadores y asesinos el mismo día en que hizo pública su candidatura. También ha desplegado una marcada hostilidad hacia medios hispanohablantes, como Univisión, llegando incluso al extremo de haber expulsado de una conferencia de prensa a su periodista estrella Jorge Ramos y de negarse a concederles entrevistas. Su animadversión hacia México, el país que más migrantes ha enviado a Estados Unidos, raya en lo patológico. Su declaración de que Washington “no debería rescatar” a Puerto Rico denota un alarmante desconocimiento de los retos de ese territorio norteamericano que, para empezar, no está reclamando el rescate sino la reestructuración de su deuda. Y su disposición a hacer negocios personales en Cuba revela una complacencia frívola con la dictadura castrista que es difícil de compaginar con un conservadurismo genuino.

Por todo ello y mucho más es digno de encomio que algunos líderes republicanos de origen hispano se hallen entre los primeros en haber dado un paso al frente para rechazar la candidatura presidencial de Trump. Destaco entre ellos a los representantes de la Florida Ileana Ros-Lehtinen y Carlos Curbelo. “No planeo votar por Donald Trump”, declaró Ros-Lehtinen con firmeza al programa Al Punto Florida del Canal 23 la semana pasada. “En mi corazón no siento que pueda apoyarle. Aunque tampoco puedo apoyar a Hillary Clinton”. Y su correligionario Curbelo le manifestó un sentimiento parecido al Miami Herald. “Mi posición no ha cambiado”, subrayó el legislador. “No tengo planes de apoyar a ninguno de los presuntos nominados (presidenciales)”.

Al asumir esta postura de principios, Ros-Lehtinen y Curbelo han tenido la visión de colocar los intereses de este país y del partido al que representan por encima de los intereses frívolos y mezquinos que encarna Trump, incluyendo la posibilidad a mi juicio remota aún de que pueda ganar la presidencia basándose en un discurso excluyente y divisivo. Su actitud debería inspirar a otros dirigentes republicanos de origen hispano que comprensiblemente vacilan ante la ardua disyuntiva entre aceptar con disciplina partidista al virtual nominado del GOP o repudiarlo como un falso representante de sus creencias y valores conservadores.

Algunos notables republicanos conservan la esperanza de que Trump mejore su actitud y empiece a expresarse y comportarse como una figura presidenciable. Se han llevado a cabo decenas de reuniones y conferencias telefónicas para buscar ese objetivo. Pero el propio magnate ha aclarado que no tiene intención de variar la fórmula que le permitió dejar fácilmente en el camino a 16 rivales en las primarias republicanas, una decena de los cuales le superaban en preparación política y civilidad. Por proponerle un cambio de conducta Trump incluso estuvo a punto de despedir a Paul Manafort, su “gerente de convención” al que contrató hace pocos meses. Y es que la arrogancia y el matonismo son rasgos inherentes a su personalidad. No podría ni sabría renunciar a ellos. Si su candidatura prosperase, no me cabe la menor duda de que los llevaría fatalmente a la Casa Blanca.

Periodista cubano.

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