Daniel Morcate

El silencio cómplice sobre Venezuela

Varios manifestantes muestran cajas vacías como si fueran refrigeradores para indicar la escasez de productos, en una protesta de la oposición en Caracas realizada el 14 de mayo.
Varios manifestantes muestran cajas vacías como si fueran refrigeradores para indicar la escasez de productos, en una protesta de la oposición en Caracas realizada el 14 de mayo. AP

El gobierno del Presidente Obama ha tenido la deferencia de informarnos que no planea hacer nada ante la crisis que amenaza con desintegrar a Venezuela. Funcionarios del gobierno expresaron en forma anónima el temor de que, si meten las manos, los pies o las palabras en Venezuela, los latinoamericanos de “izquierdas” volverán a acusar a Estados Unidos de intervencionista. Nicolás Maduro, que es menos tonto de lo que parece –aunque lo parece mucho– escuchó eso y de todos modos acusó a Washington de injerencia imperialista el pasado fin de semana. Supongo que por si las moscas. Tal vez el gobierno de Obama nos dé la impresión de ser pusilánime respecto a lo que sucede en Venezuela. Pero por lo menos ha expresado una opinión. En cambio, los hermanos democráticos latinoamericanos, para variar, guardan un ominoso silencio que solo puede interpretarse de una manera: “allá los venezolanos con su crisis política, que se las arreglen solos”.

Mientras tanto, Maduro y sus secuaces han acelerado el autogolpe que planificaron incluso antes de que la oposición heroicamente reconquistara la mayoría parlamentaria. El autócrata chavista declaró el estado de emergencia apenas horas después de que los funcionarios de Obama advirtieran lo que ya todos sabíamos: que Venezuela se halla al borde del desmoronamiento. El estado de emergencia le permitirá a Maduro gobernar por decreto, ignorando olímpicamente lo que decidan los parlamentarios y dándoles a sus excesos de poder un barniz de legitimidad, incluyendo la confiscación de empresas de opositores. El pretexto es buscar la estabilidad del país al que el propio régimen ha desestabilizado mediante arbitrariedades, abusos, mala gestión y corruptela.

Con el autogolpe el chavismo se enroca para evitar desplomarse por la inflación galopante, el encogimiento dramático de la economía nacional, la crónica escasez de alimentos, medicinas y otros productos básicos, los apagones a la cubana y las protestas populares. La situación se ha agravado tanto que el régimen redujo la jornada laboral de sus empleados a dos días a la semana y llegó al extremo de pedirles a las mujeres que dejen de secarse el cabello con secadores eléctricos. Es una exhortación patética que se le habría ocurrido a Fidel Castro si en Cuba hubiera habido secadores de pelo.

Ante la dramática crisis nacional y la proverbial indiferencia de las democracias, algunos venezolanos comienzan a entusiasmarse otra vez con falsos ídolos. Son aquellos que de repente han desenterrado el viejo mito de las fuerzas armadas “profesionales” e integradas por “hijos del pueblo” supuestamente inclinados a salvar a la Patria. Pero la verdad es que los militares venezolanos, en conjunto, no han mostrado la más mínima de vocación de salvapatrias. Al contrario. La mayoría ha sido veladora y cómplice del despotismo chavista. Y como señalara recientemente el escritor venezolano Ibsen Martínez, “no ha hecho otra cosa que robar y oportunistamente inmiscuirse a la brava en política para robar mejor”. Un golpe de estado militar le restaría legitimidad a la tenaz lucha de muchos venezolanos por restaurar la democracia y no garantizaría resultados democráticos. Lo que sí es una aspiración legítima de los venezolanos demócratas es que los militares dejen de saquear al país, traficar con drogas, asesinar a inocentes y avalar la dictadura.

Precisamente porque es improbable que dejen de hacerlo, los demócratas venezolanos necesitan más que nunca el respaldo solidario de los demócratas latinoamericanos y, especialmente, de los gobiernos legítimos de la región. Por desgracia, todos se mantienen callados, demostrando una vez más la fragilidad de las convicciones democráticas de nuestras clases políticas. Su persistente silencio, que raya en la complicidad con el régimen de Caracas, contrasta con el apoyo vociferante que autócratas como Raúl Castro, Evo Morales y Daniel Ortega le están dando a Maduro. Y eso que la aguda crisis venezolana también ha mermado las subvenciones petroleras que el chavismo les otorga para mantenerles en el poder.

Venezuela se hunde. Pero su hundimiento será mucho peor para ella y para toda la región si los demócratas latinoamericanos se mantienen impasibles y permiten con su silencio y su inacción que los culpables del hundimiento lo usen como pretexto para darle otra vuelta de tuerca a la dictadura.

Periodista cubano.

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