Daniel Morcate

Ciberdemocracia

Todavía resuena el pronóstico de inspirados teóricos de que, gracias a la era digital e internet, nos moveríamos hacia una versión corregida y aumentada de la democracia que en ese entonces se bautizó como ciberdemocracia. Consistiría en expandir por la vía de la red el debate político hacia fronteras insospechadas, instruir a la gente mejor sobre sus derechos ciudadanos, consolidar el poder de los medios tradicionales y propiciar otros nuevos e innovadores, en fin, democratizar la propagación y el consumo de informaciones y datos. Y no cabe duda de que algo así ha sucedido desde que surgió el vaticinio. Incluso la Primavera Árabe, ese malogrado impulso democrático que sacudió a países del Oriente Medio y Lejano, en sus orígenes fue un ejemplo preclaro de la nueva era de democracia digital. La internet, se nos decía, nos haría más libres que nunca.

En la actualidad, sin embargo, las voces de los escépticos retumban casi con la misma estridencia que la de los entusiastas de la ciberdemocracia. Advierten que internet se ha convertido en un nido de terroristas, depredadores sexuales, estafadores y difamadores profesionales. Numerosos gobiernos, y no solo los dictatoriales, utilizan la red para espiar y controlar a sus ciudadanos. Como mínimo, dicen los críticos, internet ha devenido un arma de doble filo que lo mismo se utiliza para expandir los conocimientos de las personas que para atacar a inocentes.

Esta visión pesimista se ha hecho tan común que está inspirando nuevos retos a la libertad de expresión incluso aquí en Estados Unidos. He aquí ejemplos recientes. En el sector privado, el billonario Peter Thiel, fundador de PayPal, invirtió millones en una demanda que está a punto de quebrar a Gawker, medio digital especializado en noticias sensacionalistas. Un jurado concedió $140 millones al ex luchador profesional Hulk Hogan porque Gawker había publicado sin su permiso un fragmento de video sexual suyo. Thiel secretamente financió la demanda de Hogan para vengarse porque, años atrás, Gawker había revelado que él era gay. Un segundo ejemplo del sector público: el gobierno del presidente Obama usa tecnología digital para detectar a whistleblowers, es decir, a soplones que denuncian abusos de poder y transgresiones de las leyes. Y un tercer ejemplo: senadores republicanos amenazan con celebrar audiencias para determinar si Facebook “censura” criterios conservadores, como denunciara de manera anónima un empleado de la más popular de todas las redes sociales. Mark Zuckerberg, fundador y dueño principal de Facebook, está tan preocupado por la amenaza que la semana pasada se reunió con legisladores republicanos para aplacarlos.

Una gran paradoja es que las mismas tecnologías que estimulan el progreso de la humanidad suelen convertirse en un peligro para ella. Internet no es una excepción. Pero responder al peligro que puede generar con censura ilimitada y medidas de fuerza y coacción es un remedio peor que la enfermedad. En Estados Unidos, el mejor antídoto para este desafío es aplicar las protecciones de la Primera Enmienda a nuestras comunicaciones digitales. Como sabemos, esas protecciones son extensas y garantizan un margen amplio para la libertad de expresión y el libre intercambio de ideas. Pero no son absolutas. Ni siquiera la Primera Enmienda autoriza o condona la difamación mal intencionada, la promoción de artículos ilegales, la pornografía infantil o las exhortaciones a delinquir.

Lo que hace falta, inclusive en nuestra democracia avanzada, son criterios claros y bien sustentados para proteger la libertad de expresión en internet. En este sentido, es encomiable que la Fundación Knight de Miami y la Universidad de Columbia en Nueva York hayan unido esfuerzos para defender al periodismo digital de los nuevos retos que enfrenta. Con un presupuesto inicial de $60 millones, ambas instituciones acaban de crear un instituto que entre otras tendrá la misión de representar en las cortes a medios que sean demandados por expresar ideas o difundir información. “La Primera Enmienda no se ejecuta sola”, advierte con lucidez Lee C. Bollinger, presidente de la Universidad de Columbia. “Solo las personas pueden hacerla lo que es, mediante actitudes, acciones y, sobre todo, a través de las cortes”. Cabe esperar que, mediante esfuerzos como éste, surjan principios y valores que fortalezcan y expandan la promesa de la ciberdemocracia.

Periodista cubano.

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