Daniel Morcate

El terror llega a casa

Varias personas visitan el memorial improvisado en los terrenos del Centro de Artes Escénicas Dr. Phillips, en Orlando, en recuerdo de las víctimas de la matanza cometida en el club Pulse.
Varias personas visitan el memorial improvisado en los terrenos del Centro de Artes Escénicas Dr. Phillips, en Orlando, en recuerdo de las víctimas de la matanza cometida en el club Pulse. AFP/Getty Images

Era cuestión de tiempo el que llegara a nuestro estado de la Florida una masacre de inocentes de las que estremecen al país desde que comenzó el nuevo milenio. Es parte de lo que podemos considerar nuestra nueva normalidad. Consiste en la certeza de que en cualquier lugar y ocasión el peligro de una muerte violenta nos acecha a todos por culpa de factores para los que no hemos encontrado remedios efectivos, remedios que –es preciso reconocerlo– ni siquiera buscamos ya. Los sucesos en el club nocturno Pulse, de Orlando, confirman que vivimos en una de las regiones más peligrosas del mundo, en algunos sentidos comparable en peligrosidad a ciertas zonas del Oriente Medio. Y ponen de manifiesto nuestra impotencia para prevenir actos criminales en los que fanáticos delirantes escogen a sus víctimas al azar para satisfacer su voracidad homicida.

Mientras escribo esta columna, con una mezcla de consternación, rabia e impotencia, es bastante lo que aún se ignora sobre los hechos de Orlando. Pero sabemos lo suficiente como para inferir de manera razonable que el terrible atentado fue una especie de tormenta perfecta en la que se combinaron el fanatismo inspirado por islamistas radicales, el odio a los homosexuales, el desequilibrio mental y el fácil acceso a armas especialmente hechas para matar a grandes cantidades de personas. El pistolero Omar Mateen, de 29 años, expresó su compromiso con los terroristas del Estado Islámico en una llamada telefónica que hizo al 911 mientras perpetraba su crimen atroz. Escogió como blanco un club frecuentado por homosexuales durante el Mes del Orgullo Gay. Era un hombre desequilibrado y propenso a la violencia según atestigua su ex esposa, quien incluso lo tilda de “bipolar”. Y a pesar de que el FBI lo investigó durante años, tuvo fácil acceso a armas de fuego, incluyendo un rifle de asalto AR-15, arma favorita de los energúmenos que protagonizan masacres en Estados Unidos.

Una de las afirmaciones que más se han escuchado desde que se conoció la tragedia es que nadie pudo haberla previsto. Pero a mí me parece que es todo lo contrario. Si de algo podemos estar seguros los residentes de este país es que, en cualquier momento, en cualquier parte y por cualquier razón o sinrazón, algún salvaje o caterva de salvajes estarán al acecho y listos para acometer atentados similares contra cualesquiera de nosotros, nuestros familiares, amigos o vecinos. Es, como dije antes, la nueva normalidad. Pero aceptarla, como la aceptan nuestros representantes políticos, aunque todos presuman de lo contrario, es abdicar de nuestra responsabilidad como ciudadanos de una democracia, padres de familias y miembros de una comunidad civilizada.

Hechos bestiales como el ataque terrorista al club Pulse son posibles porque, fuera y dentro de Estados Unidos, muchas personas predican el odio y muchas más se dejan soliviantar por esa prédica. Odio a lo diferente, ya sea al extranjero, al inmigrante, al homosexual o a quien profesa ideas políticas o religiosas distintas. Son posibles también porque en nuestro país demasiadas personas que padecen graves trastornos emocionales o sicológicos pasan inadvertidas y no reciben tratamiento médico. Y son posibles, además, porque hemos creado una brutal cultura de las armas que valora más el derecho casi absoluto a venderlas, comprarlas y poseerlas que el derecho de los ciudadanos a protegerse de ellas y de quienes las usan con intenciones criminales.

En una escena a la que también nos hemos habituado, nuestros dirigentes políticos han desfilado por las cámaras de la televisión para repudiar la masacre de Orlando, en la que 49 inocentes perdieron la vida. El presidente Obama certeramente describió el ataque como “un acto de terror y de odio”. Tal vez este no sea el momento adecuado para poner en duda la sinceridad de nuestros políticos. Pero sus mensajes de condolencia, solidaridad y determinación suenan cada vez más huecos ante su evidente incapacidad para frenar la ola de violencia con armas de fuego. La tragedia de Orlando es un doloroso recordatorio de que necesitamos líderes no solo capaces de condolerse por el sufrimiento que causa la violencia, sino también de protegernos de ella con efectividad.

Periodista cubano.

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