Daniel Morcate

Zonas de guerra

Un grupo de visitantes rinde tributo el 18 de junio a las víctimas de la matanza en el club gay Pulse, en Orlando, en un lugar improvisado para colocar ofrendas junto al Centro de Artes Escénicas Dr. Phillips.
Un grupo de visitantes rinde tributo el 18 de junio a las víctimas de la matanza en el club gay Pulse, en Orlando, en un lugar improvisado para colocar ofrendas junto al Centro de Artes Escénicas Dr. Phillips. TNS

Después de la masacre de Orlando, los funerales que le han seguido y el dramático testimonio de sobrevivientes, los momentos más penosos de la tragedia han sido aquellos en que públicamente han desfilado políticos para consolarnos. Me refiero a los mismos políticos que son responsables indirectos de matanzas como estas. Su fanatismo por las armas de fuego, su pánico a contradecir a la influyente Asociación Nacional del Rifle o las dos cosas son tan intensos que de veras creen tener la conciencia limpia. Pero no deberían tenerla. Entre los más inconsecuentes se hallan los que en la Florida controlan el gobierno estatal, desde el gobernador Rick Scott, hasta los dirigentes de la legislatura, pasando por el senador Marco Rubio, quien ha tenido la gandinga de invocar los sangrientos sucesos del club Pulse para reconsiderar su decisión de no aspirar a la reelección. Durante su malograda postulación presidencial, Rubio se dio golpes en el pecho de que es partidario del libertinaje pro armamentista, habiendo proclamado: “Todas estas órdenes ejecutivas (de Obama) que van a socavar los derechos de la Segunda Enmienda, desaparecerán en mi primer día en el cargo”.

Con esa mentalidad pro armamentista, basada en una interpretación anacrónica y oportunista de la Segunda Enmienda constitucional, políticos como estos, entre los que también figuran demócratas, han convertido nuestras ciudades en sangrientas zonas de guerra. En parte a ellos les debemos que, entre 2001 y 2010, 119,246 norteamericanos hayan sido asesinados con armas de fuego, 18 veces la cantidad de muertes de compatriotas ocurridas en Irak y Afganistán. Gracias parcialmente a ellos también murieron a balazos otros 33,599 norteamericanos en 2014. Y más de 200 desde que tuvo lugar la masacre de Orlando.

Estos políticos temerarios no les darían mayor importancia a las armas que a nuestras vidas si no contaran con suficiente apoyo popular. Les respaldan muchos votantes que comparten el culto a las armas. Y otros que ignoran hasta qué extremos ha llegado ese culto, por ejemplo, en la Florida. He aquí algunos de esos extremos: las leyes federales y estatales permiten que personas que se hallan en la lista de sospechosos de terrorismo del FBI, como alguna vez estuvo el asesino de Orlando, puedan comprar armas y municiones. En meses recientes, sospechosos de terrorismo han adquirido legalmente más de dos mil armas. Y eso no incluye a aquellos como Omar Mateen que ya han sido borrados de esa lista. Permitir que estos sospechosos compren armas es importante para mantener bien aceitada la turbia industria armamentista.

Otro ejemplo de extremismo. En 2011, la legislatura de la Florida aprobó y el gobernador Scott promulgó una ley que prohíbe a siquiatras y sicólogos preguntarles a sus pacientes si poseen armas de fuego. De modo que un floridano puede tener tendencias suicidas u homicidas, comprar armas y disponerse a utilizarlas sin que un profesional de la salud pueda hacer mucho para evitarlo. Es otro caso manifiesto en el que nuestros políticos han dado mayor valor a la compraventa de armas que a la seguridad de las personas con tal de satisfacer un prejuicio ideológico o el negocio criminal de las armas.

Y un caso más. El representante Greg Steube, republicano de Sarasota, ha visto cómo se estancaba su propuesta demencial de permitir que estudiantes y profesores porten armas ocultas en universidades de la Florida. ¿Su respuesta a la masacre de Orlando? Presentar la propuesta de nuevo. Este es el mismo personaje que promovió con éxito otra ley que autoriza a floridanos a exhibir sus armas en público. Algunos lectores habrán visto ya a guapetones de barrio paseándose muy orondos con sus lustrosas pistolas a la cintura, como en el viejo Oeste.

Los practicantes del culto a las armas creen limpiarse la conciencia afirmando que solo se protegen de criminales y de un hipotético gobierno dictatorial. Pero en realidad nos han declarado la guerra a todos. La inmensa mayoría de personas que mueren por su fanatismo armamentista son víctimas inocentes, como las del club Pulse. Nosotros no podemos responderles con armas. Pero sí podemos exponer sus falacias e hipocresía. Y podemos escoger líderes dispuestos a frenar la orgía de sangre que ellos propician.

Periodista cubano.

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