Daniel Morcate

Libros sí, armas no

Si a alguien aún le quedan dudas sobre la influencia descomunal que tiene la Asociación Nacional del Rifle, la NRA por sus siglas en inglés, que pondere este dato: siete estados de la Unión han adoptado ya leyes que autorizan portar armas escondidas en los planteles universitarios; 23 permiten que los funcionarios universitarios las autoricen; y solo 20 todavía lo prohíben. Uno de ellos es la Florida. Pero eso podría cambiar pronto si prospera un proyecto de ley que recién aprobó la Subcomisión de Justicia Criminal de la Cámara de Representantes estatal. Lo auspicia el representante republicano Greg Steube, uno de esos John Waynes legislativos que proliferan por el país, especialmente por los estados del sur como el nuestro.

La propuesta original, desde luego, provino de la NRA, la cual hace un par de años anunció sin inmutarse que promovería la idea de armar a estudiantes y maestros como respuesta a la racha de atentados que han sufrido universidades norteamericanas. Con campañas como ésta, los líderes del poderoso cabildo armamentista estimulan el billonario comercio de las armas, del cual ellos son beneficiarios de alguna forma o de otra. Pero eso es lo de menos. Lo más grave es que muchos de ellos sinceramente creen que la solución a la violencia armamentista en los planteles de enseñanza superior es inundarlos de armas. Se trata, por supuesto, de un clásico non sequitur, la común falacia de extraer conclusiones que no se derivan lógicamente de las premisas que las preceden. Pero, en fin, póngase usted a argumentar mediante la lógica con quienes viven de las armas y para las armas.

Sondeos recientes sugieren que 7 de cada 10 universitarios rechazan la propuesta de autorizarles a portar armas en sus planteles. Y por buenas razones. Estudiantes y profesores expresan preocupación de que algunas de sus tradicionales discrepancias –por las notas recibidas, por ejemplo, o por la cantidad de trabajo asignado– terminen dirimiéndose a balazos si se instituye la delirante práctica. Expertos en la conducta de los universitarios advierten asimismo que algunos, demasiados, son proclives a las drogas y el alcohol y pudieran representar un peligro para sí mismos y para otros si se les autoriza a portar armas en sus centros de estudios. Y sicólogos declararon ante los legisladores floridanos que a menudo las armas de fuego “exacerban las interacciones emocionalmente cargadas”, en otras palabras, convierten a personas por lo general ecuánimes en guapetones peligrosos y potencialmente letales.

La superstición de que las armas nos curan de las armas es tan arraigada que sus creyentes no se inmutan ante las evidencias que indican lo contrario. Durante los debates en Tallahassee, se presentó un resumen de buena parte de la literatura vigente sobre las armas de fuego. Lo hicieron académicos de la Universidad de Harvard. Y concluyó que la tasa de homicidios es mayor allí donde las hay. La revista especializada Journal of American College Health determinó en otro estudio que se registran más amenazas de ataques en centros estudiantiles donde se han autorizado las armas que en aquellos donde aún están prohibidas. Y también abundan los informes especializados que recomiendan vedar las armas de ambientes en los que suelen producirse altercados debido a la aglomeración de personas.

Al parecer, el incidente en que un hombre armado hirió y paralizó a un estudiante de la Universidad Estatal de la Florida hace dos meses estimuló la ofensiva de la NRA y los legisladores pro armamentistas en nuestro estado. La votación en el panel de justicia criminal pudiera ser un indicio de que la autorización de las armas en las universidades avanzaría en el pleno de la cámara baja. Sin embargo, fuentes en Tallahassee me aseguran que enfrenta bastante oposición en el Senado, que de hecho ha rechazado antes propuestas similares. Los senadores deberían mantenerse firmes ante los cantos de sirena y típicas torceduras de brazo que se le atribuyen a la NRA y otros intereses creados. De su firmeza podría depender el que nuestras universidades continúen siendo centros para los estudios y la reflexión y no campos de batalla; emporios de libros, no imperios de las armas.

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