Daniel Morcate

El GOP se cura desde adentro

El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan (centro), calificó de racista el comentario del aspirante republicano Donald Trump sobre el juez Gonzalo Curiel, de ascendencia mexicana. No obstante, Ryan dio su respaldo a Trump.
El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan (centro), calificó de racista el comentario del aspirante republicano Donald Trump sobre el juez Gonzalo Curiel, de ascendencia mexicana. No obstante, Ryan dio su respaldo a Trump. AP

Donald Trump se jacta de que podría salir a las calles de Manhattan a dispararles a personas inocentes y aún lo apoyarían sus seguidores. No lo descarto. Se llama la condición humana, la cual es, sin lugar a duda, de lo peor que existe. ¿Quién no ha padecido su crueldad, indiferencia, insolidaridad e ignorancia? Pero a veces surge un rayo de esperanza sobre lo humano que vale la pena destacar. Como la más reciente encuesta del Washington Post y ABC News que le confiere al empresario neoyorquino el 39% de la intención de voto frente al 51% de su rival demócrata Hillary Clinton. Al parecer, su popularidad se ha desplomado a consecuencia del cúmulo de expresiones zafias, xenófobas y narcisistas que ha proferido. Dos de cada tres entrevistados en el sondeo opinan que el personaje carece de las calificaciones necesarias para ser presidente, creen que sus ideas sobre las mujeres, las minorías y los musulmanes son injustas y que sus comentarios sobre el juez mexicoamericano Gonzalo Curiel son racistas.

Un creciente número de electores republicanos expresaron dudas sobre Trump. Y este acaso sea el mensaje más alentador de la encuesta. Cuando se halla en juego el destino del país, lo decente y sensato es poner momentáneamente a un lado las inclinaciones ideológicas. Lo que ya me va pareciendo menos sensato es abandonar una militancia política conservadora de toda la vida por culpa de Trump y sus sicofantes, como acaba de hacer el comentarista George Will. “Ya este no es mi partido”, proclamó Will el pasado fin de semana, luego de explicar cómo se había asqueado al ver que el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, anunciaba su respaldo a la candidatura presidencial de Trump. Al igual que muchos otros republicanos, Will había colocado a Ryan en un pedestal, lo consideraba el conservador de principios firmes e ideas claras que eventualmente podía sacar al republicanismo de la turbulencia que lo estremece.

Los líderes republicanos que apoyan a Trump lo hacen por oportunismo, miopía política o las dos cosas a la vez. Algunos no se resignan a la idea de que gane la presidencia una figura con tanta trastienda como Hillary Clinton. Por eso merecen crédito especial aquellos dirigentes republicanos que han hecho de tripas corazón y rechazado al magnate de bienes raíces como el candidato presidencial de su partido. Pero una cosa es que los republicanos tradicionales rechacen a Trump y otra muy distinta que le den la espalda a su partido por cuenta de ese personaje impresentable. Esa torpe finta reduce casi 150 años de republicanismo, algunos de ellos de enorme trascendencia histórica para el país y el mundo, al fenómeno populista, accidentado y efímero, que Trump representa.

En lugar de desertar al partido en estos momentos difíciles, los republicanos de convicciones deberían permanecer en él y luchar por limpiarlo de los excesos y excrecencias que han hecho posible el surgimiento de un tipo advenedizo y neofascista como Trump. Los líderes del GOP necesitan hacer una profunda reflexión y una puntual revisión de ideas y estrategias que los reconecten con la mayoría de los norteamericanos, incluyendo a las minorías étnicas cada vez más influyentes en el quehacer político nacional. Pero los principios básicos que encarna su partido –gobierno mínimo, mercado libre y enérgica política exterior al servicio de la democracia– son un referente importante del bipartidismo norteamericano y sirven de contrapeso a la filosofía de gobierno del centroizquierdista Partido Demócrata.

Con el tiempo el bipartidismo ha frenado el progreso de la democracia norteamericana. Pero el monopartidismo –o la preponderancia de un solo partido– le daría un golpe mortal. Si todos los republicanos de principio siguieran el ejemplo de Will, el republicanismo se condenaría a la irrelevancia sin que se vislumbrase el surgimiento de otra fuerza política que lo reemplace. Y en lugar de elegir entre visiones competitivas de la geopolítica y el ordenamiento social, los norteamericanos tendríamos que elegir entre personalidades con ideas muy parecidas. El GOP, sin duda, se ha enfermado gravemente de populismo, xenofobia y racismo. Pero el remedio para sus males no debería ser peor que la enfermedad.

Periodista cubano.

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