Daniel Morcate

Danza de millones

La candidata presidencial Hillary Clinton, y su compañero de fórmula, Tim Kaine, al final de la convención.
La candidata presidencial Hillary Clinton, y su compañero de fórmula, Tim Kaine, al final de la convención. AP

Paralelamente a los jolgorios políticos de Cleveland y Filadelfia, el republicano y el demócrata, el dinero corrió a chorros y dejó una huella indeleble, como bien descubrirá el ganador de estas elecciones en noviembre. Los republicanos invirtieron una cantidad no anunciada todavía en la organización de su encuentro, aunque planeaban gastar decenas de millones. Los demócratas invirtieron $127 millones, según cálculos preliminares y probablemente inferiores al gasto real. Estas cifras no incluyen lo que invirtieron los gobiernos federal, estatales y locales, dinero que ascendió a casi cien millones más por evento. Pero la verdad monda y lironda es que buena parte de este billetaje provino de corporaciones y empresarios que buscaban comprar influencia o acceso, que para el caso es lo mismo, al caballo por el que han apostado.

Donald Trump ha presumido de que autofinancia su campaña presidencial. Pero eso era antes de que dejara de hacerlo. Es cierto que el magnate neoyorquino ha invertido por lo menos $43 millones de su bolsillo en promoverse. Pero desde que se inició la campaña también ha aceptado más de $15 millones de “partidarios”. En mayo comenzó a pedirle dinero al mismo “establishment” del Partido Republicano al que había desdeñado en sus presentaciones públicas. Ese mes realizó una recaudación de fondos en la mansión del inversionista Tom Barrack en el sur de California, donde amasó $6 millones. Barrack se vio debidamente recompensado con un discurso en horario estelar durante la convención republicana. Por Cleveland, el billonario devenido en candidato paseó, cepillo en mano, a su Trump Victory, un comité de recaudación que acepta generosas contribuciones de compradores de influencia.

En vísperas de la convención, Trump les dio un sablazo en Nueva York a varios de los recaudadores y potentados más grandes del GOP. Entre otros, se comprometieron a donarle la empresaria de Wisconsin, Diane Hendricks; Woody Johnson, dueño de los Jets de Nueva York; y el inversionista Ray Wasburne, según informa el vigilante Center for Public Integrity. También cuenta ya con el respaldo de Sheldon Addelson, el empresario de casinos de Las Vegas y uno de los donantes más generosos de los republicanos, el mismo que durante las primarias amagó con apoyar a Marco Rubio pero cerró el bolsillo tan pronto vio que el senador de la Florida se desinflaba como candidato. Y aunque a principios de la contienda Trump fustigaba a los hermanos Koch, esos consumados manipuladores de la política norteamericana, recientemente les envió a sus correveidiles a pedirles dinero.

En Filadelfia por poco me caigo de mi silla de trabajo cuando escuché a los demócratas proclamar que los candidatos no deberían “depender de las contribuciones de los ricos y poderosos”. Era un guiño evidente al contestatario senador Bernie Sanders y a sus revoltosos partidarios, quienes reclaman una revolución política que modere la influencia indebida del dinero. Pero lo hacían rodeados de pancartas publicitarias de grandes corporaciones como Comcast, AT&T y Amalgamated Bank. Y sus fiestones y comelatas para millonarios que han donado a Hillary Clinton y al partido se financiaron con billete de Chevron y otros gigantes corporativos, de nuevo según el Center for Public Integrity. Una de esas fiestas suntuosas la auspició en el Reading Terminal Market el Hillary Action Fund, un comité que recauda fondos para la candidata y el partido. Es evidente que la revolución sanderista tendrá que esperar a otra ocasión más propicia.

Reiterar que esta constante avalancha de dólares mediatiza nuestro proceso político y frena el progreso de nuestra democracia es hacer llover sobre mojado. Los republicanos lograron que una Corte Suprema predominantemente conservadora equipara el desenfreno monetario con una modalidad de libertad de expresión. Y los demócratas, que un principio condenaron la burda maniobra, ahora hacen el juego afirmando que, de lo contrario, se estarían suicidando en lo político. “Si no aceptamos plata de corporaciones y millonarios”, me dijo un apparatchik demócrata en Filadelfia, “estaríamos incurriendo en un desarme unilateral”. Podría ser. Pero los verdaderamente desarmados ante la afluencia de plata hacia las campañas presidenciales son los norteamericanos de a pie. Los candidatos por los que votamos no son precisamente los mismos, ni tienen las mismas intenciones, que los candidatos que subvencionan los multimillonarios.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

  Comentarios