Daniel Morcate

El regreso de la peste

Varios pediatras del Centro Médico de la Universidad de Mississippi conversan con el senador estatal republicano Will Longwitz (izq.) sobre las vacunas para los niños, el martes pasado.
Varios pediatras del Centro Médico de la Universidad de Mississippi conversan con el senador estatal republicano Will Longwitz (izq.) sobre las vacunas para los niños, el martes pasado. AP

Seamos sinceros. ¿Quién nos iba a decir que a estas alturas del siglo XXI en EEUU íbamos a enfrentar un brote de sarampión? Además de contagiar a más de un centenar de personas y provocar alarma, el asunto ha promovido un conveniente debate médico y ético. El primero surge del hecho de que expertos atribuyen el actual brote a los padres que no vacunan a sus hijos contra la antigua enfermedad (los primeros indicios de su arrasador paso por el mundo datan del año 165 antes de Cristo, cuando se produjo la Peste Antonina que mató a miles en el Cercano Oriente y en Roma). El debate ético plantea si los padres tienen derecho absoluto a rechazar atención médica, vacunas incluidas, que potencialmente podrían no solo salvar las vidas de sus hijos sino también de otras personas que se contagiarían si sus hijos contraen ciertas enfermedades.

La verdad es que el país no tiene del todo clara la solución al dilema ético, aunque debería tenerla. El principio ético de autonomía justifica el que adultos competentes rechacen atención médica que podría salvarles la vida. De hecho, muchos teóricos creen que justifica la eutanasia pasiva, es decir, que un adulto fatalmente enfermo y en sus cabales, con el asesoramiento de médicos y especialistas en ética, pueda escoger el “dejarse morir” para evitar sufrimientos desmesurados y gastos innecesarios que podrían utilizarse para salvar otras vidas realmente salvables. En cambio, el principio de autonomía no justifica el que los adultos rechacen tratamientos, como las vacunas, que pueden salvar la vida de los niños.

De modo que los padres, en principio, no tienen derecho a rechazar tratamientos que les salvarían la vida a sus hijos. La ley lo reconoce y durante años los programas de vacunación de menores han sido obligatorios en el país. Pero la ley se ha ido relajando en ciertos estados para permitir excepciones. Algunas se basan en escrúpulos religiosos. Otras en la falsa creencia de que vacunas como la del sarampión y la rubeola, conocida por sus siglas inglesas MMR, pueden provocar autismo en los niños. Digo que esa creencia es falsa porque se basa mayormente en un estudio hecho por médicos británicos en los años 90, el cual fue posteriormente desacreditado e incluso desautorizado por la revista especializada Lancet, la misma que originalmente lo había publicado en 1998. La mayoría de los galenos que lo suscribieron se han retractado. Y al principal, Andrew Wakefield, se le investiga por posible mala práctica y violaciones éticas.

Mientras indagaba sobre el tema de esta columna, algunos padres me expresaron preocupación por el creciente número de niños a los que se les diagnostica autismo. Creen que esto podría guardar relación con vacunas como la del sarampión. Pero casi toda la literatura científica sobre el tema descarta esa relación causal y atribuye el supuesto aumento en los casos de autismo a los métodos más modernos y precisos para diagnosticarlo y al crecimiento de la población. El gobierno federal de hecho expandió el “espectro” de los síntomas de autismo de tal modo que ahora se clasifica como “autistas” a muchos niños y adultos a quienes antes no se les tenía como tales.

De todo esto me parece que se desprende que los gobiernos federal y estatales, a través de sus funcionarios de salud pública, deberían hacer una labor más amplia de difusión sobre la importancia de vacunar a los niños contra enfermedades prevenibles que pueden matar. Una saludable campaña informativa disiparía los temores infundados que tienen muchos padres sobre las vacunas. Ante el pánico que ha provocado el brote de sarampión, los Centros para el Control de Enfermedades han iniciado una campaña así. Pero a mi juicio ésta ha llegado tarde y recibido insuficiente difusión.

Las vacunas, desde luego, siempre entrañan riesgos, como sucede prácticamente con todos los tratamientos médicos, desde el más sencillo hasta el más complejo. Pero si colocamos en la balanza los riesgos y beneficios que producen, estos últimos son evidentemente abrumadores. Ese es el mensaje esencial que nuestras autoridades de salud deberían enviar todo el tiempo, sin esperar a que estallen brotes de enfermedades peligrosas que ya se habían erradicado en el país.

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