Daniel Morcate

El legado racial de Obama

El presidente Barack Obama sube al avión Air Force One en la base aérea de Andrews, en Maryland, el martes pasado. El mandatario se dirigió a Louisiana para evaluar el impacto de las inundaciones.
El presidente Barack Obama sube al avión Air Force One en la base aérea de Andrews, en Maryland, el martes pasado. El mandatario se dirigió a Louisiana para evaluar el impacto de las inundaciones. AP

Se dice que el presidente Obama anda por ahí meditando sobre su legado presidencial, del mismo modo que hicieran otros ejecutivos cuando se les acercaba la hora de hacer los matules y regresar a la vida civil. Algo por el estilo podríamos hacer nosotros, aunque a la Casa Blanca no hayamos ido ni de visita. Hoy, por ejemplo, quisiera hablar del legado mixto y paradójico de Obama en materia de relaciones étnicas y raciales. El primer mandatario negro del país adelantó en aspectos importantes la agenda social de las minorías, especialmente de los afroamericanos e hispanos. Pero, sin proponérselo, también nos ha legado una peculiar agudización de las tensiones raciales que padecemos y que deberán atender con urgencia futuros presidentes.


El primer legado positivo de Obama es, desde luego, su elección misma. La historia política y racial de Estados Unidos puede contarse ya como un antes y un después de la elección de su primer presidente afroamericano. Para un país que nació malherido por el exterminio de sus nativos originales, la esclavitud de los negros y el racismo y la discriminación de las mujeres y minorías étnicas, incluyendo algunas blancas, la selección de un presidente negro fue un verdadero parteaguas que perdurará en la conciencia nacional e influirá en futuras elecciones. Obama también promovió con éxito programas sociales que benefician especialmente a las minorías, como la Ley de Atención Médica Costeable, mejor conocida como Obamacare; defendió con óptimos resultados planes de acción afirmativa que languidecían; promulgó la Affirmatively Furthering Fair Housing, la cual presiona a municipios y empresarios de bienes raíces para que combatan la segregación en las viviendas; designó $1000 millones para compensar a trabajadores agrícolas de minorías que han sufrido discriminación y por decreto protegió a millones de indocumentados, en su mayoría hispanos.

Una aparente paradoja es que tanto su elección como estas y otras medidas suyas han exacerbado las tensiones étnicas, sobre todo en los últimos meses de su mandato. Muchos blancos no hispanos se han movilizado para frenar lo que perciben como un plan orquestado desde la presidencia para favorecer a las minorías en detrimento de su bienestar y seguridad. Esto en parte explica por qué, desde que Obama llegó al poder, el partido conservador, el republicano, ha conquistado 30 legislaturas y 32 gobernaciones estatales y casi un millar de escaños en el Congreso. También explica las maniobras estatales y locales diseñadas para restarles poder político a los principales electores de Obama: los jóvenes y las minorías étnicas. Y sobre todo explica el surgimiento aberrante de un neofascista, Donald Trump, como candidato republicano a la presidencia.


Otros efectos visibles de las tensiones étnicas que empañan la presidencia de Obama son los frecuentes incidentes de maltrato policíaco a afroamericanos, algunos de ellos mortales, y las reacciones delirantes en que ciertos pistoleros negros han asesinado a policías. El movimiento “Black Lives Matter” surgió en 2014 para frenar la matanza de afroamericanos desarmados por parte de agentes del orden. Pero se ha convertido en un elaborado esfuerzo cívico que denuncia y reclama soluciones a injusticias sociales que no ha atenuado la presidencia de Obama.

Desde que era candidato a la presidencia, Obama se presentó como un líder que podía conjurar a la vez el histórico resentimiento de muchos afroamericanos y los recientes temores a los cambios sociales que exhiben muchos blancos. Por su mestizaje se sentía particularmente capacitado para ello. Al cumplir dos años en la Casa Blanca Obama declaró: “No soy el presidente de los Estados Unidos negros”. Esta cautelosa actitud se ha reflejado en la forma casi subrepticia en que ha fomentado el bienestar de los afroamericanos y otras minorías. Pero no ha sido suficiente para evitar la desconfianza y el recelo de muchos blancos que ven con angustia cómo ahora tienen que compartir más con otros grupos étnicos y con inmigrantes el delicioso pastel de la nación. A Obama se le acabó el tiempo para aliviar las renovadas tensiones étnicas. Ese será uno de los grandes retos que heredará su sucesor.

Periodista cubano.

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