Daniel Shoer Roth

El suicidio como espectáculo

Naika Venant, y su madre Gina Alexis.
Naika Venant, y su madre Gina Alexis. Miami Herald

La gente ha perdido hasta la más elemental sensibilidad humana ante el sufrimiento ajeno, y con la sensibilidad, la razón. ¿Acaso debido a la banalización de la violencia? Desde las campañas militares y el terrorismo televisado, hasta las películas de acción sanguinaria y los videojuegos saturados de asesinatos… todo ello trivializa la muerte. La sociedad promueve la noción de que la vida es un valor absolutamente prescindible.

Días atrás, mil personas vieron en tiempo real en Facebook Live cómo una menor de Miami Gardens bajo custodia estatal ultimaba los preparativos de su suicidio. Minuto tras minuto, mientras Naika Venant se encaminaba al renunciamiento supremo, sus “amigos” en la red social reían, le proferían epítetos y reaccionaban con emoticonos de caritas sonrientes. Otros internautas colgaron videos crueles y de mal gusto, fingiendo ahorcarse.

El panorama en la pantalla fue fiero, inhumano y lastimoso. La flor de la inocencia se marchitó, pulverizada por la tempestad de la indiferencia. Una hora más tarde, la adolescente de 14 años se estranguló con una bufanda en el baño de su hogar de acogida. La tragedia se transmitió en vivo y directo. Los observadores fueron cómplices por omisión. La Policía llegó demasiado tarde, y los ineficaces servicios de bienestar infantil de Florida fracasaron una vez más.

La barbarie de nuestra civilización local se hizo presente a través de los nuevos medios.

Crecen con deplorable regularidad los episodios de niños que se roban la vida a sí mismos por despecho, por íngrima soledad, por haber sufrido el rechazo sistemático de sus compañeros de escuela o experimentado la repulsión de sus padres. Son huraños, irascibles, imperiosos en sus deseos. Se extravían en sus imaginaciones ardientes y encuentran el más feroz desaliento en el hechizo de un sueño eterno. ¿Cómo saber cuál es el móvil que los inspira a suprimirse?

El desconsuelo y la depresión les impiden comprender que uno ha de aferrarse, con todas sus fuerzas, a las vigas de esta existencia sagrada que a cada paso amenaza extinguirse y apagarse.

El suicidio de la pequeña Naika fue el segundo bajo el manto “protector” del Departamento de Niños y Familias estatal. Esta semana también pereció otra angelita en los Cayos floridanos que se ahorcó a mediados de diciembre en un refugio para menores separados de sus padres biológicos, familias problemáticas en cuyo seno navega un galeón de atrocidades. Más hacia el norte, en Georgia, una niña recientemente divulgó por internet su despedida y el momento en que se colgó de un árbol. Y un aspirante a actor en Los Ángeles se disparó en la cabeza, transmitiendo la inmolación por Facebook Live.

Suicidarse a la vista pública es un fenómeno morboso que aqueja a la idiosincrasia nacional. Pero lo más revelador no son las imágenes de esos lamentables finales, sino la hipnotización de las emociones de quienes las divisan sin el menor esfuerzo por impedir los catastróficos desenlaces. Leía las declaraciones de un cineasta que documentó una racha de suicidios desde el icónico puente Golden Gate de San Francisco. Lo que más lo aturdió –relató– no fue el metraje de los deprimidos saltando al vacío, sino la apatía de los transeúntes que los observaban caer y continuaban como si nada hubiera cambiado.

Igualmente perturba que los miamenses permanecerían impávidos ante el evidente propósito de Naika, una menor que había sido violada en uno de los diez hogares de crianza en los que estuvo acogida dado que su madre era extremadamente abusiva hacia ella. Hasta que alguien con conciencia finalmente contactó a la Policía, mas los agentes se equivocaron dos veces de dirección. El video del suicidio recibió 3,000 comentarios hasta que finalmente fue eliminado de las redes.

“La prueba de la moralidad de una sociedad, es lo que hace por sus niños”, afirmó el teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoffer, ejecutado por los nazis. Si coincidimos, entonces la moralidad de la sociedad en el Sur de Florida no es digna de elogio. Es absurdo ignorar a los menores más vulnerables, pues merecen el amor que sus padres no supieron surtir.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

Siga a Daniel Shoer Roth en Twitter: @danielshoerroth

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