Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Leche y miel

Un día como hoy, hace casi 3,500 años, nació el movimiento en favor de los derechos humanos y civiles.

Sucedió en la árida tierra de los faraones. El pionero de esta lucha que aún fraguamos había supervivido a un edicto de muerte flotando, en una cestilla de juncos, a lo largo de la margen del Río Nilo, según la tradición bíblica. Hasta entonces, nadie en la historia se había manifestado con tanta vehemencia contra los abusos laborales. Finalmente, cuando Moisés exigió la emancipación de los israelitas, sentó el precedente de la autodeterminación de los pueblos, de la libertad de culto y movimiento.

La crueldad, el sufrimiento, la injusticia, la degradación física y humillación espiritual, encaminaron a la humanidad hacia un sistema de principios morales y valores que, aunque imperfecto, nos permite despertar con anhelos en los resplandores del alba y, por las noches, reclinar la cabeza sobre la almohada con la satisfacción de los retos superados y las metas logradas –y también con el malestar de los fracasos.

Aquella épica narración no pertenece solamente al pergamino ocre. Cada año, en esta primaveral época litúrgica, los descendientes de los peregrinos que cruzaron el Mar Rojo, acuden a sus abatidos orígenes: “En cada generación ha de considerarse cada uno a sí mismo como si hubiese salido de Egipto”. Esta aseveración de las Escrituras talmúdicas pronunciada en la mesa festiva del Séder sintetiza el simbolismo de la Pascua judía que da origen a la cristiana. Y este año, ambas celebraciones convergen en los respectivos calendarios lunar y solar.

Muy atrás, en las ciudades de depósito Pitom y Ramsés, quedaron los rudos trabajos de arcilla y ladrillos. Pero, a pesar de que disfrutamos de plena libertad, muchos seguimos habitando en la tribulación de nuestro propio Egipto. A veces somos cautivos de las convicciones, los gobiernos, la cultura moderna, las normas preestablecidas, las instituciones, el consumismo, el materialismo, el miedo a lo desconocido, el qué opinarán los demás de mí.

Somos esclavos del tiempo, porque el reloj dicta el cronograma diario; y de la razón, pues la lógica prevalece más que el llamado del corazón.

Vagando por el desierto –pese a las milagrosas columnas de nube y de fuego que les permitían marchar y el Maná que llovía del cielo– no faltaron los temerosos que, ante circunstancias adversas y difíciles, demandaron regresar a servir a los egipcios. Extrañaban el pescado, los pepinos, los melones y las cebollas. Igual hoy, no podemos concebir una realidad diferente ni dejar ir el pasado, y tendemos a querer regresar al lugar del que fuimos rescatados: las relaciones tóxicas, las conductas adictivas, las malas dietas, el mundo de las apariencias.

Por eso esta fiesta conmemorativa del ancestral éxodo, más que una valoración histórica, es un llamado a habitar con amor y fe la incertidumbre del desierto. No hay que ser judío para responder a ese examen del libre albedrío. Toda la ética judeocristiana se fundamenta en los mandatos concedidos al precursor de los derechos individuales y abundan los que admiran a un grupo humano colmado de energía y vocación de supervivencia; predicador de una moral que invita a cada persona a alcanzar su máximo potencial.

Celebramos la libertad, no de la servidumbre, sino de la limitación exterior e interior, de la restricción física, psicológica y espiritual. Lo explica la mera palabra “Egipto” en el lenguaje bíblico: Mitzraim proviene de la raíz hebraica meitzar, aludiendo a las ataduras y condicionamientos que existen en el ser humano. El éxodo de Egipto –Yetziat Mitzraim– es el medio para trascender los límites y superar los frenos.

Ciertamente, ya no dependemos de Moisés para que Faraón nos permita salir fuera de su territorio. Aunque seamos, como el profeta, torpes de palabra, gozamos de voz propia y leyes que protegen nuestras diferencias, respetando siempre las de los otros.

Este fin de semana, los estacionamientos en los centros comerciales de Miami están repletos de automóviles; en las playas no cabe una toalla; los boletos aéreos se agotaron; las citas románticas pululan con botellas de champán; el humo de la carne asada impregna las áreas de picnic. Sin embargo, de ninguno de esos divertidos lugares mana leche y miel.

Somos migrantes en el desierto evitando caer a filo de espada, en busca de la Tierra Prometida, un paraje sin gigantes ni saltamontes que yace dentro de cada uno de nosotros. Y no se requiere visa para entrar.

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