Daniel Shoer Roth

Un mundo en caos en la ciudad del sol

Mi voz interior sospecha que la cajera del banco trama algo. . .

Con una cara risueña de niña inocentona me ofrece una tarjeta de crédito con cero interés por seis meses y 3.9 por ciento fijo a partir de julio.

"¿Un interés de 3.9 por ciento?", pregunto ilusionado por la oferta surrealista. "Voy a pensarlo".

Días después, entre el torrente de sobres con ofertas de compras y servicios que inundan mi buzón de correo, recibo uno que, muy sobriamente, guarda una Visa. Me han abierto otra línea de crédito, esta vez sin mi consentimiento.

Llamo iracundo al 1-800 del servicio al cliente. El uno es para hacer pagos, el dos para cuestionar cobros, el tres para tarjetas perdidas, el cuatro para solicitar otra tarjeta, el cinco para conectarme con. . .

Comienza la musiquita y la voz grabada me alimenta el ego diciéndome que "soy un cliente muy importante". Pasan los minutos y la voz grabada intenta seducirme como si fuera una bailarina cibernética: no hay ninguna otra en el país que te ofrezca tanto como yo; si no has ido a mi sitio de internet no sabes lo que te estás perdiendo. . .

Transcurre un largo tiempo, pero vale la pena la demora porque sigo siendo "muy importante". Me atienden. No pueden hacer nada. Me tienen que transferir a otro departamento. De nuevo comienza la tediosa sinfonía. Me decepciono al comprobar que no soy tan importante como me habían hecho creer.

Mientras tanto, sigo atascado en la US 1 y en la radio escucho los anuncios que aseguran tener la varita mágica para adelgazar y potenciar la erección. Finalmente alguien me atiende. . . ¡no!. . . se cae la llamada. Por enésima vez, el celular me deja con la palabra en la boca.

Sobrevivo el agónico proceso nuevamente. Creo tener el derecho de saber por qué emitieron esa tarjeta. No lo saben. Como sigo ilusionado con ir al mall a comprarme alguna ropa que esté de moda entre el ejército de modelitos de South Beach, quiero confirmar con el agente que el interés sea de 3.9 por ciento.

No es así. Es de 3.9 más la tasa básica, en otras palabras, 12.9 por ciento. Regreso a reclamar al banco. Se disculpan por el error de la "inexperta" cajera. No me recomiendan abrir y cerrar tarjetas porque puedo perderme en el laberinto del Buró de Crédito.

Salgo a hacer otras diligencias. La póliza de seguro del auto me llega con casi 40 por ciento de aumento. Me enervo porque recuerdo el ticket de tránsito que no pagué completo por dos errores burocráticos, uno de la policía y otro de la corte. Me explican que la aseguradora ha hecho unos cambios muy complicados que ni mi agente entiende. Lleno todo el papeleo de nuevo y me cambio a otra compañía.

Tengo picazón en la cabeza. Es una dermatitis incurable causada por los nervios. Quiero atenderme con un médico que acepte mi plan de seguro, que cada año aumenta los copagos y deducibles. Me pongo en una lista de espera. Gracias a Dios que no es nada grave o pobre de mí.

El día de la cita me toca esperar más. La prioridad la tienen las mujeres estiradas que pagan cash por los tratamientos de cirugía cosmética. El dermatólogo ha encontrado en el Botox una gallina de huevos de oro y no dispone de mucho tiempo para los que tenemos un HMO. Me analiza de lejos como el hombre biónico y me manda cremas y un champú. El champú sólo lo venden en su consultorio.

En la farmacia no tienen la crema. Como es viernes por la tarde, debo aguantar la comezón hasta el lunes. Regreso y descubro que el seguro sólo cubre el 50 por ciento porque la medicina no tiene genérico. La crema no me hace efecto. Llamo a la enfermera para que me cambie la receta. Vuelvo a pagar exorbitantemente. La picazón no se me va.

Merezco distraerme. Voy al cine pero no encuentro donde estacionar. Buscar puesto en South Beach se ha hecho uno de mis pasatiempos favoritos. Hallo lugar y me bajo, pero no tengo billetes de $1. Los parquímetros de antes no aceptaban billetes; las máquinas de último modelo que los sustituyeron no aceptan monedas ni dan vuelto.

Pido que me cambien en las tiendas de alrededor y sus empleados me miran como si mi petición fuera un pecado. Cuando regreso con billetes de $1, noto que el aparato está roto. Camino hasta el otro que sí funciona y pongo el máximo de $4. Este, por lo visto, tiene hambre y se traga mi dinero. Termino en un estacionamiento público que cuesta más que el cine.

Me siento en la butaca. A mi lado, dos jovencitas envían mensajes de texto por el celular. Comienza la película y siguen con el juego. No entiendo para qué entraron al cine. Parece que lo hicieron con ganas de alumbrar la sala. Intento concentrarme pero no puedo. Mi vecino de atrás levanta los pies descalzos. La situación no huele bien.

Estaría mejor si tuviera mi colonia Polo. Pero en mi último viaje, el personal de seguridad del aeropuerto hizo una inspección de mi equipaje al azar. Lo sé porque, cuando lo abro, todo está revuelto y encuentro un papelito notificándome de la revisión. La colonia no está. Quizás alguien la confundió con una bomba. Paso por inmigración de regreso y a un muchacho en la otra fila se lo llevan al "cuartito" de atrás. Me identifico porque he pasado por ahí y sé lo que se siente.

Afuera, mientras esperan a los viajeros, los conductores detienen sus vehículos anárquicamente. Hace calor y el chillido de las bocinas retumba en mis oídos. La gente discute y se empuja. Hago la línea para esperar el shuttle y la empleada me mira como si guardara resentimientos conmigo. Al subir, un pasajero me grita que mueva mi bolso. Todo el mundo está ansioso y apurado. Me pregunto si viene un huracán. Pero es diciembre.

Necesito una experiencia espiritual. Voy al templo. Los congregantes conversan a lo largo del servicio. Hablan sobre multimillonarias transacciones inmobiliarias. Todo el mundo en la ciudad está obsesionado con el real estate. Me escapo al gimnasio. Allí, los hombres se comparan y aprietan sus músculos frente al espejo. Compiten por ser clones estéticos. Nadie sonríe ni saluda.

Decido que mejor me voy a la casa a leer y relajarme. Encuentro a la vecina triste y frustrada. Con el dinero de la última cuota extraordinaria, la asociación compró una alfombra nueva para el pasillo que es verde claro y ya está manchada. En la puerta de mi apartamento hay una circular informando que la mensualidad del condominio aumentará una vez más. Vivir en el paraíso sale caro.

Comienza un nuevo día, salgo a las calles de Miami y otra vez me encuentro atrapado en el tráfico. Vuelvo a llegar tarde a mi cita con el siquiatra.

dshoer@herald.com

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