Daniel Shoer Roth

Cuando el amor se jura con palabra de hombre

Sentados frente a frente en la mesa del comedor y rodeados por su familia en un almuerzo dominical de puerco con salsa de chorizo, Carlos Mielgo y Joe Vásquez no se quitan la mirada. La conversación bilingüe es animada, salpicada de anécdotas y plácidas memorias. La sonrisa de Mielgo es angelical, pero efímera.

Una sombra pasa sobre su rostro súbita, inesperadamente, como un ave de presa.

"Me pregunto si me van a bajar la dosis de la medicina", exclama. El silencio se apodera de la habitación.

Su madre, sus hermanas y los demás rehúyen la mirada y sus sonrisas decaen.

Pero Vásquez, su pareja, lo sigue mirando a los ojos con el mismo afecto de todos estos 14 años que han compartido.

"Lo sabremos después del miércoles, cuando veamos al médico", responde con tranquilidad.

El tema cambia bruscamente con unos chistes. Todo prosigue como si la felicidad de su vida juntos permaneciera incólume.

No es así. Hay un presentimiento mortal.

Mielgo, de 45 años, tiene un tumor en el cerebro. Los médicos le pronosticaron un máximo de dos años de vida.

En los ocho meses desde que recibiera su diagnóstico ha habido momentos de silencio como éste, inesperados, espantosos, dolorosos.

Pero rodeando estos momentos, amortiguándolos, haciéndolos tolerables, ha estado el amor y la esperanza que Mielgo y Vázquez comparten. Y esto ha servido de escudo para que estos hombres ordinarios enfrenten un reto extraordinario.

Esta es su historia.

Mielgo es competente, carismático y de 5 pies 11 pulgadas de estatura. Durante los últimos siete años, era el gerente que mantuvo en orden el presupuesto de la redacción de The Miami Herald. José Vázquez, conocido como Joe, es callado, con voz gruesa y cinco pulgadas más bajo que su compañero. Tenía una carrera de 27 años y medio como asesor de servicio de BellSouth.

Juntos, comparten una casa en Hialeah decorada con enigmáticas pinturas, tapices bordados de lentejuelas, lámparas pintadas a mano, brillantes estatuillas de animales y cerámicas indígenas.

En su relación siempre se ha respetado la igualdad. Ambos, por ejemplo, se dividen los oficios del hogar. Pero en junio pasado, cuando Mielgo descubrió la enfermedad, Vázquez, de 52 años, se jubiló con tres años de anticipación para estar junto a su lecho durante el agonizante avance de la enfermedad. Ahora lo lleva a los médicos, le cocina, se encarga de las tareas domésticas e incluso termina las oraciones que Mielgo deja incompletas porque olvida palabras y hechos, debido a su reciente cirugía del cerebro.

"Gran parte de la actitud positiva de mi hermano deriva del apoyo de Joe. El está luchando por Carlos y por nosotros", sostiene María, una de las dos hermanas de Mielgo.

Como ahora pasan largo tiempo sin salir, se han dado a la tarea de ordenar la casa y donar algunas pertenencias.

"Decidimos que no queríamos dejar nada para mañana", adelanta Vásquez.

Durante la limpieza, encontraron dispersas fotografías y tarjetas que almacenaron en una caja dorada. En una tarjeta del Día de los Enamorados, Mielgo escribió a Vázquez: "Me has amado con sinceridad, honestidad y sin restricciones, y por eso siempre te amaré".

Ese sentimiento no ha cambiado a través del tiempo: ambos afirman que la enfermedad los ha unido más.

"He sido el hombre más dichoso del mundo", subraya Mielgo con tono atinado. "Joe me lo ha dado todo".

"El único que sabe cuánto tiempo [Carlos] va a vivir es Dios", admite cabizbajo Vázquez. "Cualquier tiempo que le quede, quiero estarlo con él".

Otro de los recuerdos hallados durante la limpieza es un programa de Lambda Choral, un coro gay en el sur de la Florida en el cual Vázquez participó en diciembre de 1993. Entre los anuncios del folleto, hay uno pequeño comprado por el mismo Vásquez que dice:

"MENSAJE/C.M./¿Quisieras casarte conmigo?/J.A.V.".

El 19 de septiembre de 1998, juraron sus votos de amor hasta el final de sus días en una ceremonia de unión en Metropolitan Community Church de South Beach (ahora Circle of Light Metropolitan Community Church), a la que asistieron familiares y compañeros de trabajo.

Elizabeth Hernández, una prima de Vázquez que lo llevó de la mano al altar, presenció la ceremonia con euforia.

Hernández estaba frustrada de ver fallar los matrimonios de su primo. Casualmente, era amiga y vecina de Esperanza Burke, una anciana que había forjado una amistad con Mielgo cuando él tenía 16 años y era empleado de Sears en el Westland Mall de Hialeah.

"Me enamoré de ella y la sacaba a pasear a todos lados", recuerda Mielgo, refiriéndose a Burke, que tenía 78 años cuando se conocieron.

Hernández le propuso a ambos conocerse. El 24 de septiembre de 1993, en una fiesta en casa de "la vieja", sus destinos se entrelazaron.

No es difícil comprender por qué Hernández pensó que los dos tenían características comunes: ambos habían venido de Cuba a la edad de 7 años, y tenían una educación universitaria. Mielgo había asistido a Miami-Dade College y St. Thomas University, donde cursó Administración y Gerencia. Vázquez estudió Educación en St. Peter's College, cerca de Jersey City en Nueva Jersey, aunque nunca practicó la docencia.

También tenían diferencias. Mielgo, consciente siempre de su orientación sexual, se había alistado en la Fuerza Aérea de Estados Unidos a los 24 años. Durante más de cinco años dirigió un sistema automático de control de vuelo.

Durante su sexto año en las fuerzas armadas, dos miembros de la Fuerza Aérea lo denunciaron por ser gay. Como él no lo negó, fue dado de baja con honores en reconocimiento a su excelente labor, sostiene. Poco después entró a trabajar para Knight Ridder, que era la compañía matriz de El Nuevo Herald y The Miami Herald.

Vázquez, por su parte, necesitó años para reconciliarse con su propia orientación sexual. Se casó a los 19 años, se divorció y volvió a contraer matrimonio. Sólo cuando se separó por segunda vez, a los 29, se aceptó a sí mismo.

En 1978, comenzó a trabajar para Southern Bell, actualmente BellSouth. En el 2009, hubiera cumplido 30 años de servicio en la empresa y habría obtenido una jubilación completa.

Cuando los presentaron, Mielgo le aclaró desde un principio que él salía con una persona una sola vez y nada más. No quería compromisos.

En esa velada, fueron al cine en el Teatro Riviera en Coral Gables, aunque ninguno recuerda cuál era la película. Lo que sí recuerdan vívidamente fue su conexión instantánea, no amor a primera vista exactamente, sino la sensación de haber conocido a alguien que sería esencial en sus vidas.

"Yo veía que él posaba su mano sobre la mía y me emocioné porque nunca había hecho eso", confiesa Mielgo mientras revive aquella experiencia.

Al salir, fueron a dar un paseo por la playa de Surfside. Antes de separarse, Mielgo le preguntó si quería volver a salir.

" 'Sí, eso sería lindo', le dije", rememora Vásquez. "Después rematé: '¿Considerarías esto una segunda cita?' ".

"Fue mi segunda cita, y desde entonces ha sido una tras otra", asiente Mielgo.

Cinco años después de haberse conocido, decidieron que era hora de unir formalmente sus vidas en una ceremonia religiosa, aunque esa unión no fuera válida para el estado ni para la Iglesia Católica, en cuyo credo ambos crecieron.

En una tarjeta que Vázquez le regaló a Mielgo el 24 de septiembre de ese año, escribió: 'Hace cinco años que nos conocimos y ni siquiera el huracán George va a arruinar la celebración".

Su vida juntos ha estado colmada de alegrías y aventuras. Para los 50 años de Vázquez, el 13 de octubre del 2004, Mielgo le regaló un paseo a Venecia, materializando el anhelo de su pareja por décadas. Para los 45 de Mielgo, el pasado 20 de mayo, Vázquez lo iba a llevar a Egipto, la tierra de sus sueños.

Comenzaron los planes un año antes, navegando horas en la internet, haciendo llamadas, leyendo folletos y periódicos. Con meses de anticipación, compraron los boletos, reservaron los hoteles y los tours. Incluso tenían estampadas en el pasaporte las visas para entrar a Egipto. El itinerario contemplaba hacer escala en Madrid, que Mielgo no conocía. Una vez en Egipto, iban a tomar un paseo por el Nilo. En total, habían invertido unos $7,000 en el viaje.

Entonces Mielgo fue a hacerse una colonoscopía rutinaria.

Le detectaron cáncer. Lo operaron y le recetaron tratamientos de radiación.

El viaje se pospuso.

El 17 de junio, estando sólo en casa, Mielgo perdió el conocimiento, posiblemente después de tomar una ducha. No lo recuerda. Un fumigador que tenía programada una visita a la casa se alarmó al ver que Mielgo no respondía el timbre. Tocó a la puerta del vecino, quien llamó al 911. No se sabe cómo, pero Mielgo consiguió abrir el pestillo de la puerta para que los paramédicos entraran.

Después de ser internado de emergencia en el Memorial Hospital de Miramar, los médicos le hicieron un scan y le detectaron un cuarto nivel de glioblastoma multiforme, el tumor más agresivo del cerebro, que aparentemente no estaba relacionado con el cáncer anterior. De inmediato lo trasladaron al Memorial Regional Hospital en Hollywood, donde dos días después lo sometieron a una cirugía.

El viaje a Egipto se canceló.

En julio, nuevamente lo hospitalizaron por 10 días debido a una infección colorrectal. Los médicos hallaron que el tumor cerebral había crecido, y le aplicaron radiación y quimioterapia. En ese tiempo, Vázquez no se movió de su lado, excepto cuando tenía que ir a casa por motivos de aseo.

La saga de sufrimientos los ha compenetrado aún más como pareja, a la vez que ha dado a su relación amorosa una dimensión más profunda.

"Me sentí devastado", precisa Vázquez, refiriéndose a la progresión de los sucesos y los drásticos virajes que estaban dando sus vidas.

Hoy Mielgo se atiende con dos oncólogos, un sicólogo y un neurólogo, porque en diciembre sufrió convulsiones.

Los medicamentos han tenido severos efectos secundarios. El más visible es la inflamación de la cara, la parte trasera del cuello y el abdomen. Asimismo, ha perdido musculatura en las piernas que aparentan ser aún más frágiles por el abultamiento del estómago. Como consecuencia del tumor, siempre está cansado y duerme muchas horas. Frecuentemente experimenta visión borrosa.

En medio de todo lo que han pasado hay buenas noticias: una prueba reciente mostró que el tumor no se había expandido.

"Comparado a todos mis pacientes, eres el que mejor está. El resto ha fallecido o está muy mal", le dijo la oncóloga Ana Botero durante una cita reciente.

La pareja extraña la vida social, las cenas con los amigos, las fiestas de cumpleaños y las reuniones en Sunshine Cathedral, una iglesia sin denominación religiosa en Fort Lauderdale.

"Seamos sinceros, somos como dos viejitos retirados. Estamos juntos el día entero. Somos como las Golden Girls", razona Vásquez humorísticamente, aludiendo a la famosa serie televisiva de cuatro solteronas que viven juntas.

Sin embargo, para Mielgo no todo ha sido negativo.

Desde que lo operaron, lo han consolado diariamente tarjetas de salutación o llamadas de colegas de la redacción. Sus amigos en varias iglesias católicas, bautistas y evangelistas del sur de la Florida han elevado oraciones por él. Ambos también han extendido una mano buscando apoyo. A su petición, una amiga escribió una plegaria que colocó entre las grietas del Muro de Los Lamentos en Jerusalén.

Ellos sostienen que, durante la relación, los ha mantenido unidos el amor incondicional y una fraternal amistad, además de costumbres y valores similares, como el respeto mutuo, la lealtad y la vida en familia.

El amor, según la definición de Vázquez, "es una sensación de estar completos. . . un sentido de felicidad".

"El me complementa", dice Vázquez sobre su pareja.

Mielgo, por su lado, subraya que "nosotros nos tenemos confianza al punto de que, si cierro los ojos, sé que lo que necesite de él voy a obtenerlo. Y él sabe que de mi parte es igual".

Para celebrar el Día de los Enamorados el próximo miércoles, piensan ir a un restaurante cercano a Pompano Beach. Cualesquiera que sean las actividades de la jornada, Vázquez planea disfrutarla a todo dar: "Es una fiesta con él que no sé si volveré a tener".

En cuanto a cómo ver lo inevitable, Vázquez confiesa que el episodio será doloroso. Pero su concepción de la muerte no es fatalista.

"Cuando uno muere, su alma descansa en paz. No le tememos a eso. Tenemos fe. Cuando uno nace, se enciende una vela. Durante la vida, uno va acercándose esa vela, y cuando uno llega, la vela se apaga", comparte Vázquez.

"Algunos llegan primero a su destino. Mi alma gemela irá a otra dimensión. De la muerte, lo único que a él le pesa es tener que dejarnos", puntualiza.

"Hemos sido muy afortunados", afirma Mielgo serenamente. "Te lo digo, que estoy totalmente conforme con lo que Dios decida, de veras lo estoy. No quiero irme sin él, eso es lo único, pero . . ."

"O sea que me va a llevar con él", interpola Vásquez valiéndose nuevamente de ese humor que le ha dado vigor para mitigar el dolor. "Sabes lo que digo: me va a agarrar por una pierna para llevarme con él".

Mielgo se acongoja. Sus ojos se humedecen. "No quisiera irme sin él . . . Nunca".

dshoer@herald.com

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