Daniel Shoer Roth

Dolores de hombre en un mundo de niños

Hace unas semanas, un amigo me llamó para compartir una anécdota que sacudió mi espíritu.

Una niña en la escuela le había dicho a su hijo de siete años, a modo de burla e insulto, que parecía gay. El pequeño no entendió. Al regresar a casa, preguntó acongojado a sus padres qué significaba gay. Quería comprender por qué lo habían llamado así.

Mi amigó se consternó. ¿Cómo se enfrentaría su hijo al dolor de ser rechazado por sus compañeros por su manera de ser? ¿Cuán terribles serían las consecuencias de ser blanco de crueldad por el resto de su niñez y adolescencia? ¿Baja autoestima? ¿Soledad? ¿Miedo? ¿Falta de deseos de vivir?

El episodio me trajo amargos recuerdos de mi niñez...

Los días de deportes, cuando yo era el último que seleccionaban los capitanes al formar sus equipos; los campamentos, cuando nadie quería que yo durmiera en su cabaña; los recreos, cuando no encontraba con quién jugar; los almuerzos, cuando me apartaba a masticar la soledad temiendo que me fueran a pegar.

¿Dios, por qué me habías hecho diferente? ¿Por qué nadie me quería? ¿Por qué nadie me aceptaba? ¿Para qué seguir sufriendo? ¿Era yo detestable? ¿No había nadie más así?

Crecer a la sombra de la opresión, empujado al aislamiento, ahogado en acusaciones denigrantes y marcado por el estigma, es el inevitable destino de casi todo niño gay. Vivir en el seno de la comunidad judía en la Venezuela de los años 80 hacía esa experiencia aún más desgarradora.

Desde temprana edad, cuando el niño o adolescente desconoce su orientación sexual, los agobiantes e incesantes mensajes de invalidación y minimización, incluso por parte de los padres, siembran la semilla de un complejo trauma que puede durar muchos años o la vida entera si no se es valiente para abrir la herida y sanarla.

Por eso es que muchos homosexuales ocultamos el dolor con las risas. Marchamos en paradas de orgullo con serpentinas y brillantinas para crear un mundo efímero de fantasía. Bailamos sin camisa en las discotecas para mostrar los desarrollados músculos que compensan el sentimiento de debilidad. Nos aferramos a nuestros logros para no caer en un abismo emocional.

Ese martirio, no obstante las consecuencias sicológicas, nos ha concedido, fortuitamente, algunos obsequios.

Nos ha permitido ser más sensibles ante el dolor ajeno, genuinos --con excepción de los que están en negación o en el clóset-- con el prójimo, y generosos al momento de estrechar esa fraternal mano, que tanta falta nos hizo en el pasado, al que hoy clama por ella.

El niño gay no es la única víctima de la intransigencia, lo es el de cualquier minoría racial, étnica o religiosa, que de ser discriminado, llega a sufrir traumas similares. Con la diferencia de que el niño afroamericano, hispano o judío, generalmente es parte de una familia o comunidad de su misma naturaleza. El niño gay no. No tiene modelos con los que identificarse, y al sentir miedo de revelar su dolor, lo almacena en el alma.

Aún peor, el niño o adolescente gay escucha a los adultos emplear calificativos peyorativos como "locas", "pájaras", "patos" y otros más insultantes, para referirse a los homosexuales. Algunos le insinúan que es "raro" y le piden que cambie sus actitudes y deseos. Otros lo sobreprotegen forzándolo a crecer en una burbuja de cristal que más adelante en la vida explota.

Esa lúgubre realidad ha empezado a cambiar en ciertos lugares del mundo civilizado.

Mi amigo le respondió a su hijo que siempre lo iba a amar y a aceptarlo como fuera. En vez de forzarlo a tomar clases de deportes, lo inscribieron en un taller de canto que tanto le encanta, y le dejaron crecer su cabello como él quería.

A los sobrevivientes, nos toca querernos, validarnos, y percatarnos de que a nuestro derredor abundan las personas sin prejuicios.

Hoy, en los días de deportes, me invitan a integrar equipos de aeróbicos y natación. He viajado como trotamundo y en cada campamento una puerta se me ha abierto. Los recreos me son insuficientes para conversar con mis compañeros en la redacción. Los almuerzos me sirven para degustar la amistad de quienes me aceptan y me abrazan.

Ahora, en mis plegarias matutinas, oro por más tolerancia y me esfuerzo por comenzar los días agradeciéndole al Rey del universo por haberme hecho como soy: un ser humano con sentimientos como cualquier otro.

dshoer@herald.com

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