Daniel Shoer Roth

La inagotable saga del Padre Alberto

Imagen tomada desde un celular de la boda de Alberto Cutié.
Imagen tomada desde un celular de la boda de Alberto Cutié.

Nadie necesita defenderse de lo que es. Ni mucho menos de lo que no es.

Por ejemplo, un heterosexual seguro de su identidad, por lo general se ríe si alguien cree que es homosexual.

De cualquier modo, todos tenemos derecho a nuestras verdades y a nuestras mentiras.

Las acusaciones sobre la sexualidad de Alberto Cutié publicadas esta semana en una revista de farándula son infames. Y la desesperación de Cutié por defenderse nos demuestra hasta qué punto ha perdido el control sobre su persona.

Por otra parte, todo este lío nos hace reflexionar sobre la tragedia del hombre gay que se siente presionado, por la religión, la sociedad y la familia, a vivir atrapado en una mentira. A veces por toda la vida.

Los gay de clóset fingen no ser lo que son. Se engañan a sí mismos y a quienes están a su alrededor.

Se casan con personas del sexo opuesto para despejar dudas y cumplir con las normas de la sociedad que rechaza su naturaleza. Algunos optan por ponerse la sotana y entregarse al celibato. Pero casi todos nos damos cuenta.

Cutié se ha ido enredando en una serie de polémicas que atrae a los calumniadores. Pensé que su matrimonio y su unión a la Iglesia Episcopal marcaría el final de su saga.

Sin embargo, el miércoles Cutié salía a escena nuevamente para desmentir en un comunicado las acusaciones que José Linares, un ex productor de Radio Paz, hiciera respecto a que lo había encontrado en una escena íntima con otro hombre, según informó un cable de EFE. También Cutié aclaró que en 22 años de seminarista y de cura siempre le han gustado las mujeres. ¿Qué necesidad tiene de convencernos de algo que, según él, es obvio?

Para colmo, en medio del torbellino mediático, al ex sacerdote estrella se le ocurre la terrible idea de contratar como portavoz a su entrañable amigo, Osvaldo Ríos, un actor de telenovelas que ha estado en prisión por violencia doméstica. Entre todas sus amista

des, ¿no había alguien con más credibilidad que pudiera dar la cara por él?

Cutié, quien se casó el viernes en un monasterio de North Miami Beach, está inflando cada vez más el globo, y nosotros, el público, somos en parte los responsables. Le hemos estado prestando demasiada atención, algo que él ha buscado todos estos años cuando se movía de fiesta en fiesta y de cámara en cámara. No quería escribir de nuevo sobre Cutié. No obstante, su énfasis en negar los rumores le ha dado al caso otro giro tragicómico, cuando no ridículo. La carta tiene un efecto de boomerang que atiza aún más las especulaciones, por injustas y desagradables que sean.

Este asunto no gira en torno a la orientación sexual de Cutié, que no nos concierne, sino en torno a su sinceridad y madurez. Si hubiera renunciado al sacerdocio cuando empezó a construir su nido de amor hace dos años, hubiéramos aplaudido su valentía. Igualmente, le hubiéramos agradecido desde entonces que dejara de sermo-nearnos. Ahora que finalmente dio el paso de salir del clóset de los no célibes, se está esforzando demasiado en decirnos que no está en otro clóset.

Lo más saludable y honesto que puede hacer Cutié es dedicarse a vivir su vida sin pensar en el qué dirán. Al menos, debía callarse por consideración a los que sí están en el clóset.

Por mi experiencia, sé que ser gay no es fácil, debido al estigma y el rechazo que implica. Pero también sé que no hay mayor sufrimiento para un homosexual que tener que esconderse. Además, tengo el privilegio de haberme liberado de esas ataduras.

En el aspecto de la tolerancia sexual, el ser humano todavía es muy primitivo. Me ha costado entender y, confieso, continúa doliéndome, que muchos no me acepten. Sin embargo, he aprendido a valorar a quiénes sí me aceptan y me respetan, así como a celebrar mi propia aceptación, que me permite compartir estas líneas.

Ojalá que todos los que están en el clóset puedan disfrutar un día de esta libertad.

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