Daniel Shoer Roth

Bola escondida en juego de los Marlins

Los residentes de Miami sabemos lo que siente una pelota cuando le pega el bate, sobre todo si el que la conecta es un mal bateador.

Los gobiernos locales nos han bateado tantas veces durante tanto tiempo que ya ni siquiera sabemos en cuál juego estamos. De lo que sí estamos aún conscientes es de que siempre terminamos sentados en el banquillo del equipo perdedor.

Evidencia fidedigna de este fatídico destino ciudadano es el estadio de los Marlins en La Pequeña Habana, que desde su propuesta desagradó a miles porque su edificación implicaba que las futuras generaciones asumirían una deuda pública de $2,400 millones -- el costo amortizado de los bonos emitidos por el Condado y la Ciudad --, para salvar a una corporación privada y darnos un efímero aire de caché.

Desear ardientemente ese estatus superficial de ciudad cosmopolita al menos nos ha proporcionado una valiosa lección: con la codicia no se juega.

Si ha leído sobre los negocios de las franquicias deportivas sabrá que los equipos construyen sus estadios con fuentes públicas de financiamiento y guardan para sí casi todos los réditos generados en los juegos.

Sus dueños son intrigantes, engañosos, al estilo de los capos en Wall Street. Por eso no me asombra que mientras el propietario de los Marlins, Jeffrey Loria, y el presidente David Samson, lloriqueaban ante las autoridades de Miami-Dade sobre sus finanzas alicaídas, al equipo le ingresaba una millonada ¡Y qué clase de millonada!

Informes financieros revelados hace pocos días dan fe de que la gerencia de los Marlins habría podido ser más honesta y comprometerse a pagar una fracción mayor de los $642 millones que cuesta en total la obra y aun así mantenerse como entidad lucrativa. Sin embargo, amenazaron con marcharse de la ciudad si no recibían asistencia pública en un cofre de tesoro.

Al parecer, manipularon y mintieron, aunque Samson argumenta que la noticia sobre los $49 millones que registró en ganancias el equipo en el 2008 y 2009 no debió tomar por sorpresa a los funcionarios del Condado que negociaron el contrato.

"La gente con la que negociamos en el Condado y en la Ciudad sabían todo, nuestros bancos saben todo, nuestros socios saben todo", declaró Samson a una estación radial local especializada en deportes.

Honestamente, a esta altura del juego no me preocupa tanto la mentira, sino quiénes la creyeron y, consecuentemente, aprobaron la construcción sin permitir que los votantes hiciéramos la decisión sobre el proyecto, que era lo más justo. Ellos fueron los comisionados Dennis Moss, Bruno Barreiro, Audrey Edmonson, Natacha Seijas, Javier Souto, Barbara Jordan, Dorrin Rolle, José "Pepe" Díaz y Rebeca Sosa.

Algunos de los comisionados, el alcalde Carlos Alvarez y su sombra George Burgess, así como administradores del gobierno local, han reaccionado quejándose de que los engañaron. Pero ¿quién sella un negocio tan complejo y costoso sin conocer minuciosamente las finanzas de su socio?

Nuestros gobernantes locales sacaron préstamos que ahora no suponen cuantiosas cuotas mensuales pero tendrán un abultado pago global al vencimiento, con la excusa de que los impuestos hoteleros de los turistas, destinados a magnos proyectos de infraestructura, eventualmente podrán costearlos. Por ejemplo, se obtuvo un préstamo de $91 millones que al terminarse de pagar a mediados de este siglo, nos habrá costado $1,200 millones.

A 18 meses de la gran apertura del estadio, no se le puede dar vuelta al timón, porque como el propio Burgess ha señalado, posponer esta obra nos haría violar el contrato y acarrearía multas financieras. Renegociarlo tampoco es factible.

Los líderes del condado no se cansan de escudarse tras el argumento de que en este proyecto no hay invertido ni un centavo de los contribuyentes. De todos modos, es irritante que todo el despilfarro, la deuda, las mentiras, las intrigas y la codicia se pongan de relieve en momentos de enormes déficits prespuestarios que han obligado a reducir servicios y despedir trabajadores.

Por más que nos aseguren que todos los miamenses disfrutarán del estadio cuando esté abierto, sabemos que no será así para un importante segmento de la población que no pueda costear los precios de los boletos. Esta no es una obra benéfica, sino una máquina para vender adrenalina y cobrar caro por ella.

Lo único seguro, sí, es que a los residentes todavía nos quedan muchos batazos por recibir de los Marlins y de los gobiernos locales.

Entérese del tema de la columna En Foco la noche antes en el noticiero de las 11 p.m. de Univisión Canal 23.

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