Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Cara a cara con mi Presidente

Sucedió en Caracas hace dos décadas. Pero, para los venezolanos nacidos desde entonces –y para los lectores informados sobre la situación de mi Patria– muy bien pudiera parecer una quimera.

En estos momentos de tormenta política, cuando la instrucción académica avanzada, la cultura y la riqueza de la historia son preceptos ajenos al presidente de Venezuela, la anécdota que atesoro es un recuerdo de la afianzada intelectualidad que distinguió a nuestro país antes de la plaga de ignorancia que lo azota desde hace 15 años.

Aquel día de 1993, trabajé en el puesto de exhibición del Centro de Estudios Sefardíes en la Feria Internacional del Libro de Caracas, organizada por Fundalibro en la Zona Rental de la Plaza Venezuela. Pese a que mi familia casi toda es de descendencia judía ashkenazi –de origen en Europa central y oriental– dediqué mi juventud al rescate, la investigación y la difusión del acervo cultural sefardí –herencia de los ilustres hebreos hispano-portugueses que habitaban la Península Ibérica antes de la colonización española de América.

Por toda la feria, los recovecos de la mente de los lectores inhalaban el perfume dorado de las letras. De las palabras entretejidas en las páginas con el hilo de la infinita creatividad humana, brotaban las ideas como esencias de las cosas contenidas en sí mismas o identificadas con las ideas, en términos de la filosofía platónica.

Serpenteando los pasillos del recinto, rodeado de selectos colaboradores y camarógrafos, el entonces Presidente de Venezuela, Doctor Ramón J. Velásquez, súbitamente apareció cerca de mi ubicación. Hombre de artes y letras, político, jurista, historiador y periodista, seguramente habría leído cientos de los títulos expuestos a lo largo de su extensa trayectoria intelectual.

Armado de bríos e ilusiones juveniles, penetré la muchedumbre que lo rodeaba y, en su interior, me encontré, cara a cara, con el sonriente Presidente Velásquez.

–Buenas tardes, Presidente– lo saludé, arropado en un aura de júbilo–. Quisiera invitarlo a que conozca los libros del Centro de Estudios Sefardíes de Caracas.

–Claro que sí– respondió, al emprender camino, a mi lado, hacia nuestro puesto–. Siempre me ha interesado la cultura judía.

Como a cualquier visitante regular, le mostré algunas de las ediciones y expliqué los temas abordados por sus autores. Mi corazón latía como una bomba de tiempo. El rebote de la luz del flash de las cámaras de una armada de fotógrafos me encandiló. De pronto, la cultura sefardita afloró como el foco central del evento literario internacional. Velásquez no escatimó su tiempo y parecía disfrutar de esta franca conversación con un joven que rondaba 20 años.

Hablamos sobre la diversidad cultural en Venezuela, tierra de gracia que recibía inmigrantes y les permitía superarse hasta alcanzar su máximo potencial. No había odios raciales ni resentimientos entre clases socioeconómicas. De gran civilidad, Velásquez sabía que la presencia de los sefarditas se remontaba a la gesta emancipadora del Libertador Simón Bolívar, e incluso antes. Entre pasajes de historia, embellecidos con literatura hebrea, y remembranzas familiares, nuestro tiempo juntos se desvaneció.

El fin de semana pasado, surcando el enigmático baúl del olvido, abrí un sobre alojado en una avejentada carpeta amarilla. El primer documento que vio la luz, después de un largo tiempo, fue la imagen de aquel plácido encuentro. Pasé la foto a la computadora por un escáner para colgarla en las redes sociales en ocasión de los “Jueves de antaño”, que consisten en rescatar fotos antiguas. Pero dos días antes del plan, el Doctor Velásquez falleció en Caracas a los 97 años.

Cito al periodista y analista Diego Bautista Urbaneja: “Ramón J. Velásquez juega en la historia política venezolana un papel que solo pueden jugar quienes conjuran las cualidades de una gran firmeza de convicciones democráticas”, escribe en El Universal, al destacar su capacidad “de encontrar siempre la forma de destapar una amenazante crisis política […] de tender puentes y cruzarlos, el de servir de bisagra que evitara la costosa ruptura”.

Velásquez fue nombrado Presidente provisional por el Congreso venezolano en 1993 durante seis efímeros meses en los que cumplió la meta, casi redentora, de “salvar una democracia que se caía a pedazos en aquellos tremebundos días”. La ilustre carrera de este eminente historiador se empañó por la trama de un indulto presidencial a un narcotraficante y errores del oficio en el turbulento entorno político de la época. Sin embargo, para las personas que valoran su legado, fue un maestro que rescató archivos históricos, un preso político que retó a un dictador, un director de un importante periódico, un senador en la República, un líder extraordinario que inculcó amor por la Patria, un demócrata de corazón.

Para este columnista, fue el presidente sin muros que lo distanciaran de un muchacho desconocido que le extendió una invitación; un exponente del país intelectual y de luminosa cultura que se apagó en el oscurantismo del chavismo; representante de una época en la cual los líderes paseaban por ferias de libros que no solo habían leído, sino también escrito.

Fue el presidente que supo escucharme. Y al despedirse, amablemente me dio las gracias.

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