Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Nosotros, el Pueblo

Este fin de semana feriado impregnado de un ardiente sentir patriótico y sensato orgullo nacional por el Día de Independencia de Estados Unidos es de especial connotación para los inmigrantes, poseedores del privilegio de familiarizarse y disfrutar del orden y derechos establecidos en la Carta Magna estadounidense. Somos testigos de la cálida alborada, teñida de anhelos, que nace de su horizonte.

Como el océano que se despide del anonimato de la noche para lucir su señorial extensión con el saludo del sol, somos las olas migratorias que, sigilosamente, apreciamos el brillo centellante de este vistoso amanecer.

La noche del viernes 4 de julio, gracias a la generosidad de las nubes que se derritieron como algodón de azúcar en el paladar, sobre la arena de Miami Beach miles de personas sintieron el sublime placer visual de un colorido bombardeo de fuegos artificiales dotado de calibres mayores, en intensidad y ritmo, al acercarse el inevitable remate. Con dispositivos móviles, muchos grababan el espectáculo pirotécnico. La parejas aprovechaban el derroche de los sentidos para disfrutar un momento romántico. En camisetas, viseras y pintura corporal, las 13 franjas horizontales rojas y blancas de la bandera evocaban las trece colonias que declararon independencia de la Corona Británica en 1776.

Y todo lo que se escuchaba era español.

Otros colores patrios consagrados en las banderas de los países participantes del Mundial Brasil 2014 también desbordaban el vecindario el fin de semana. La Playa es un microcosmos del Continente. Las dobles lealtades de los aficionados, amén de una tercera, a los equipos favoritos, estaba a flor de piel. La Copa es un vitral del mosaico cultural que engalana a Miami. Los inmigrantes no solo apuestan a las selecciones de sus tierras de origen sino también a la de la nación que hoy es su hogar. Núcleos familiares con miembros de distintas nacionales “padecen” de fisuras internas, subsanadas cuando el caudal de adrenalina desemboca en un abrazo fraterno. Muestras de solidaridad afloran si juega el equipo del país de un estimado vecino del barrio. No son ajenas, por supuesto, las rencillas y hasta golpizas cuando dos grupos nacionales comparten el televisor en un mismo restaurante.

La encrucijada de las celebraciones del 4 de julio y el Mundial en una ciudad de inmigrantes conduce al camino de la gratitud hacia un país que deja a todos sus hijos –los nativos y adoptivos– ser los protagonistas de su destino.

Muestras de este indisoluble sentimiento se expusieron en las redes sociales con comentarios sencillos y fotos conmemorativas. Formar parte de esta gran nación, aun cuando es blanco de críticas internas y desde el exterior, representa un honor –señalaban los internautas hispanos– por su dinámica y flexible naturaleza demócrata. Atributo asentado desde el preámbulo de la Constitución establecida por el pueblo de los Estados Unidos de América, nosotros, “a fin de formar una unión más perfecta, establecer justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y la posteridad”.

Los titulares, reseñas de los trágicos sucesos en otras latitudes del orbe, son una suerte de memorándum, para los que aún leen la aguerrida prensa, del privilegio de habitar bajo el manto de los derechos inalienables a la vida, la libertad y la consecución de la felicidad; de la Carta de Derechos que abarca desde la libertad religiosa y de expresión, hasta el derecho a un juicio imparcial, entre otros.

Nuestra Constitución es el resultado de la lucha, sacrificios, guerra y sangre derramada para hacerla sin castas ni privilegios, sino solamente para el pueblo – for the people–. La misma Carta Magna que los ciudadanos han mantenido incólume amparándola de intereses de grupos o individuos. Redactada en el espíritu de ser libres, poder autodeterminarse, tener oportunidades para ser uno mismo enarbolando el mismo derecho para el prójimo, incluso contribuye a alcanzar y proteger la libertad más allá de las fronteras norteamericanas, cuando el odio o las apetencias desmedidas pretenden avasallar a pueblos más débiles.

Desde los albores de la historia patria, los inmigrantes hemos ayudado, con un buen número de ladrillos, a levantar el alcázar de esta democracia envidiada por los enemigos de la civilización. La retórica anti-inmigrante en el discurso nacional no puede borrar estos aportes ni los firmes cimientos morales de los Fundadores que redactaron un extraordinario plan de gobierno. Nuestras contribuciones, buen carácter ético y perseverancia son premiados por Estados Unidos cuando el arduo proceso de naturalización asciende a la cúspide y llega el día anhelado de jurarle, con el brazo derecho en el corazón, la Promesa de Fidelidad en una emotiva y cálida ceremonia.

Dicha fidelidad no excluye el amor a la patria que nos vio nacer ni exige el ocaso de las tradiciones, el idioma o las creencias integradas al crisol de razas, culturas y nacionalidades que constituye el espejo de Miami, especialmente en estas horas de fiebre futbolística.

Contemplando el estallido de los fuegos artificiales, con el firmamento refulgente de fondo, es bueno recordar que en algún lugar de la playa se encuentran veteranos soldados, tullidos, desfigurados, afligidos en la mente por el trauma; los transportados en sillas de ruedas y también los que jamás regresaron de ultramar. El olor de la pólvora para ellos es un perfume de luminosidad y alegría.

  Comentarios