Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Una heroína del mundo en Pinecrest

Ni los bombardeos aéreos, ni los ejércitos de los regímenes autócratas en tierra, ni células terroristas adversarias, ni las tribus a las que subyugan han logrado frenar el furibundo avance de la más macabra fuerza del mal de estos tiempos que, desde la cuna de la civilización, representa un peligro inminente para el orden mundial y la humanidad entera.

Se vaticina una compleja guerra para destripar a los sabandijas del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) y dejar sin resuello la bandera negra de su supuesto califato. Pero una de las batallas ya se ha ganado, incluso si luego se pierde. Es la victoria del amor maternal; el triunfo de los instintivos valores humanos.

Demacrada por el desvelo y marcada por surcos dejados por el vaivén de lágrimas, Shirley Sotloff, la madre del periodista miamense secuestrado en Oriente Próximo, miró a los ojos, a través de una cámara, al autoproclamado líder de los creyentes, Abu no se quién, y rugió en defensa de su cría. Lo hizo con un gentil “por favor”; un suave ruego de clemencia a “que su justicia sea piadosa”; una franca invitación a “seguir el ejemplo del profeta Mahoma”; un humilde reconocimiento de su autoridad “para salvar su vida”.

La valerosa madre, maestra escolar radicada en la vecindad Pinecrest, abraza el fruto de sus entrañas a costa de cualquier sacrificio personal. Como la bíblica Naomi, suegra y fuente de inspiración de Rut la moabita –antecesora del Rey David–, Sotloff sabe aceptar las sinrazones y el dolor.

Naomi anima a sus nueras a que regresen a casa de sus madres, no obstante las pérdidas que ha tolerado. Sotloff, con igual sabiduría, envía un similar mensaje a Steven, su hijo al que acaba de ver arrodillado al pie de un sanguinario verdugo sobre la desértica arena donde otro periodista ha sido decapitado. “Volveos a casa de vuestra madre” (Rut 1:8). Del otro lado del mundo, en la frente del norteamericano treintañero, se escucha la fuerza de Rut al aferrarse a Naomi. “Contigo volveremos a tu pueblo” (1:10).

Cada palabra del video en el cual la profesora rompe un año de angustioso silencio está tan bien ponderada, su mensaje tan bien hilvanado, que el uso del arma más potente contra el odio irracional –la bondad– es magistral.

“Usted, el califa, puede garantizar una amnistía. Le pido por favor que libere a mi niño. Le pido que use su autoridad para salvarle la vida”, clama, proyectando un sereno semblante. “Como madre, pido que su justicia sea misericordiosa y que no castigue a mi hijo por asuntos que él no controla”. Acto seguido, apela a las enseñanzas del mahometismo que, al parecer, exime a un individuo de la responsabilidad por los pecados de sus semejantes. Habla con conocimiento de causa pues ha venido estudiando el Islam desde la captura del reportero en Siria. “Le pido –subraya– que use su autoridad para salvarle la vida y seguir el ejemplo del profeta Mahoma, quien protegió al Pueblo del Libro [los judeocristianos]”.

La abnegada madre ha sido criticada por ser la primera persona no musulmana que valida la autoridad de un desalmado que se hace llamar califa del mundo islámico, título que ni siquiera en otros nidos de víboras es distinguido. Está en todos sus derechos. Una madre que emprende una cruzada, con el filo de la labia, por salvar a su hijo se deshace del orgullo o cualquier otro obstáculo como el qué dirá la opinión pública.

Un experto en terrorismo consultado por el New York Times, rotativo que tuvo la primicia del video esta semana, señaló que si bien las declaraciones pudieran afianzar el liderazgo del cabecilla de ISIS, en este trágico contexto él hubiera hecho lo mismo.

“Esto le presenta una disyuntiva [a Abu Bakr al-Baghdadi]. Es un reconocimiento a su autoridad y también un reto por motivos religiosos”, opinó Daveed Gartenstein-Ross, director del Centro de Estudios de Radicalización Terrorista de la Fundación para la Defensa de las Democracias en Washington. “El llamamiento está concebido tanto para humanizar a Sotloff como para ejercer presión sobre Baghdadi, y si tuviera un ser querido detenido este es exactamente el método acertado”.

Días antes de aparecer el video, tras la chocante ejecución de James Foley, Shirley Sotloff salió a hacer mercado en su apacible vecindario sin dejarse paralizar por el miedo. Un día más sin su amado retoño. Al menos sabía que estaba vivo, indicó a los reporteros al entrar con bolsas a su hogar acordonado por la Policía. En la mesa, los alimentos no tienen el mismo gusto que antes. En la recámara, la almohada seca sus sollozos. En el patio, los rayos del sol no calientan su corazón.

Ella es la sublimación del auténtico amor materno. No hay terrorista, por más despiadado que ostente serlo, que pueda apagar esta llama del bien universal que destila su fuerza para ir adelante en la lucha contra el mal. Su video es un ejemplo de ese instinto protector que distingue a todas las especies que pueblan la Tierra, menos a los fundamentalistas sin conciencia. Estos podrán avanzar, pero la historia es testigo de que no vencen.

Decía Martin Luther King Jr. “Devolver odio por odio multiplica el odio, añadiendo una oscuridad más profunda a una noche ya vacía de estrellas. Las oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: solo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio: solo el amor puede hacer eso”.

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