Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: En defensa de La Pequeña Habana

A pesar de décadas de retórica política, la promesa de una Pequeña Habana próspera — un vecindario con carácter, historia y arquitectura única — siempre se ha atascado en el camino.

Vinieron artistas y galerías que le inyectaron nueva vida a la Calle Ocho y se restauraron bungalows de los años 1920 en los vecindarios aledaños. Se restauró también un hermoso teatro de Art Deco, el Tower, con un aclamado programa internacional. Y alrededor de toda esa acción se produjeron los Viernes Culturales, el último viernes de cada mes.

Se hicieron además estudios sobre el potencial histórico de este enclave, que luego simplemente se archivaron. Se escribieron libros y multitudes de turistas lo visitaron, aunque no con el tiempo suficiente para absorber toda su historia.

Pese a todo esto, la Ciudad de Miami nunca parece haber podido contar con suficientes recursos o socios para elevar a La Pequeña Habana al próximo nivel.

Al contrario, la ciudad permitió que existieran descuidados lotes de terreno, algo inconcebible en otro vecindario a pocas cuadras de distancia. A los propietarios no se les obligaba a mantener sus propiedades. ¿Por qué había tan poca imposición de códigos y ningún interés en concederle reconocimiento oficial histórico a una de las más antiguas comunidades de Miami?

Era como si La Pequeña Habana fuera la Cenicienta de la ciudad, la oculta legendaria princesa vestida con los harapos de una sirvienta.

Ahora, con propuestas que compiten para elevar la altitud que pueden tener los edificios en la zona del área de Riverside-Pequeña Habana y conferirle preservación histórica al Este de la Pequeña Habana, ya se perfilan respuestas a esas preguntas: Con el desarrollo excesivo de la cercana Avenida Brickell y el centro de Miami llegando a su máximo, La Pequeña Habana está lista para que rapten sus terrenos.

A través de todos esos años, personajes bien conectados compraron devaluadas propiedades a precios baratos. Y ahora quieren hacer zafra y enriquecerse obteniendo cambios de zona que les permitan construir rascacielos — de cinco, ocho y hasta 12 pisos de altura en algunos casos —, alterando irrevocablemente el carácter del área.

En otras palabras, construir un Oeste de Brickell, a costa de personas a quienes les encantan su vecindario tal cual es: una mezcla de clase trabajadora, gente creativa, de bajos ingresos e inmigrantes.

“¿De dónde viene esta idea, así de la nada?” pregunta Marta Laura Zayas, una maestra de escuela primaria que encabeza uno de los esfuerzos populares contra el cambio de zonificación y a favor de la designación histórica.

Ella y su grupo “Amigos de la Pequeña Habana” definen los confines del área como el Río de Miami al norte, la Calle 11 del suroeste al sur, la Avenida 37 (el área icónica de Versailles) al oeste y el final de la I-95 al este.

No es demasiado tarde para salvar a La Pequeña Habana. Es más, éste es el momento de hacerlo.

No hay razón alguna por la que la Ciudad de Miami le niegue designación histórica a La Pequeña Habana, no sólo al este sino a toda el área, incluyendo el área de Riverside.

No todos los tesoros históricos están a la vista, pero son innegables.

“Yo le llamo la Roca del Plymouth Cubano”, me dice la historiadora Arva Parks. "Esta es la preservación perfecta por tener tantas capas de historia”.

Una parte significativa de la narrativa de Miami se ha desarrollado en estas calles.

La gente tal vez recuerde la mayoría de las marchas masivas en la Calle Ocho en la lucha por la patria perdida, y en el otro extremo, el festival anual estilo carnaval de marzo, lleno de color cultural y música, el evento más grande de su clase en todo el país.

Pero este enclave de casas de historia singular y edificios de poca altura ha sido el escenario de literatura y artes visuales hechas en Miami, además de ser durante mucho tiempo parte de la escena gastronómica, cultural y musical del Gran Miami. Ha tenido incluso un impacto único en el área de la moda.

Aquí, las humildes guayaberas que los hombres usaban en Cuba se convirtieron en la exclusiva pieza de hilo de Miami para mujeres y niños también. Aquí fue donde se popularizó la fusión de música ¡PALO! nominada para un Grammy. Aquí es posible que las barberías cambien de dueño, pero no los cortes de pelo y el ambiente amistoso que atrae lo mismo al recién llegado que a LeBron James.

Las comunidades judías, cubanas y centroamericanas se establecieron en los bungalows del área y en las casas con acentos Art Deco y estilos misioneros. Pero es la historia de la inmigración cubana de los últimos 56 años lo que le ha dado al área el sentido de comunidad y su poder de permanencia.

Las personas cultas que visitan Miami quieren ver dos cosas: Art Deco y La Pequeña Habana, dice Parks. Miami Beach ha hecho un buen trabajo preservando el estilo arquitectónico, pero en el caso de La Pequeña Habana, los autobuses turísticos hacen una parada obligada para un Kitsch y un cafecito.

Pero hay mucho más que ver y apreciar.

“En ninguna otra ciudad estadounidense un grupo inmigrante ha logrado poder político en una sola generación”, dice Parks, quien se crió en un bungalow de la Calle Tercera y la Avenida 13 y vivió allí hasta los 9 años. “No es solamente historia cubana. Es también historia estadounidense que la gente necesita saber”.

Una designación que proteja toda esta historia debió haber ocurrido hace tiempo. Este es e momento para luchar por ella, a partir de la reunión de la Junta de Preservación Histórica de la Ciudad de Miami el martes a las 3 p.m. Se ha lanzado también una campaña para una petición en chn.ge/1G1lCTe.

Salvar a La Pequeña Habana no debía ser algo tan complicado.

Lo único que hace falta es remplazar la avaricia con la voluntad política, y a la vez desarrollar la apreciación de la singular arquitectura, la gente y las historias que hacen que una ciudad pueda ser considerada como nuestra.

  Comentarios