Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Tragos amargos

La histórica visita del presidente Barack Obama a La Ermita de la Caridad en Miami no fue una rama de olivo a la comunidad cubanoamericana. Después de todo, un sector bastante numeroso apoya su política de reconciliación.

El simbólico gesto del presidente fue una demostración de respeto, una especie de bálsamo necesario en estos tiempos.

El camino hacia la democratización de Cuba por una vía bienvenida pero riesgosa de una política conciliatoria está lleno de tragos amargos.

El líder del mundo libre estrechando la mano de un dictador que demanda respeto como condición de la diplomacia — sin merecer ninguno — es un trago amargo. Ver al mismo despiadado dictador congraciarse con el Papa Francisco, defensor de la justicia en todo el mundo, es un trago amargo.

Enfrentamos estos momentos como si fueran un medicamento, apretándonos la nariz, haciendo muecas, volteando la cara con disgusto, todo por el más noble objetivo de mejorar las vidas de los cubanos en la isla.

Los tragos amargos son un componente necesario de la diplomacia, pero difíciles de digerir por las víctimas de una dictadura de más de 56 años que han sufrido — y continúan sufriendo — largas e injustas condenas de prisión por simplemente disentir y por aquellos cuyos familiares han muerto en el mar, han sido derribados por aviones MiGs cubanos o ejecutados por un pelotón de fusilamiento.

Estos momentos en el camino hacia una relación bilateral son difíciles de observar incluso para aquellos que creen que una apertura hacia Cuba es una aproximación saludable para lidiar con el régimen castrista. La pérdida de familiares y de la patria aquel inolvidable día en que cruzamos el Estrecho de la Florida es una herida que permanecerá abierta siempre.

La sorpresiva visita del presidente Obama el jueves al venerado santuario a la santa patrona de Cuba, Nuestra Virgen de la Caridad — un lugar de adoración construido hace tiempo con humildes donaciones del exilio y que hoy constituye un refugio para balseros que acuden a expresar su gratitud por haber cruzado a salvo — es un reconocimiento de esa herida.

Está pues muy lejos de ser el gesto ofensivo que los reaccionarios republicanos alegan que es.

“Vino sin fanfarria al corazón espiritual de la comunidad del exilio, una señal de respeto y apreciación por lo que ha sido nuestra odisea”, me dice María Elena Prío, hija del último presidente democrático de Cuba Carlos Prío, que apoya al presidente Obama. “Pienso que la intención de su visita fue un mensaje a los exiliados cubanos dondequiera que estén de que él está atento a nuestras preocupaciones y al dolor que hemos sufrido y que sabe además que, sobre todo, queremos libertad en la isla. Nos está diciendo: ‘No piensen que no los oigo. Los oigo con claridad. La libertad es también mi meta definitiva’”.

Si esta visita hubiera sido un show planeado y organizado previamente, las bancas habrían estado llenas de figuras prominentes cubanoamericanas del Partido Demócrata. En cambio, sólo había 13 almas allí y ni siquiera los miembros de la prensa que viajaban con el presidente sabían adónde venían.

Obama ha sido el primer presidente de Estados Unidos en visitar la Ermita de la Caridad, un simple y acertado gesto que no habría merecido mucho comentario. Pero las rabietas de los operativos del Partido Republicano apelando a las emociones del exilio es el tipo de cosa que incita a mayores sufrimientos y trata a la vez de mantenernos estancados, incapaces de darle una oportunidad a una danza diferente. Es el tipo de retórica irreflexiva de la vieja guardia partidista que nos separa del resto del mundo, en un momento en que debíamos estar captando aliados por estar donde siempre hemos estado, del lado de la democracia.

Los tragos amargos son repugnantes — y estos no serán los últimos — pero casi nunca se logran finales felices sin ellos.

Ver al líder del mundo libre en La Ermita de la Caridad fue algo saludable para el alma.

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