Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: En Cuba los números favorecen al presidente Obama

El presidente Barack Obama saluda al salir de la Casa Blanca, en septiembre del 2015. El Presidente planea un viaje a Cuba para marzo.
El presidente Barack Obama saluda al salir de la Casa Blanca, en septiembre del 2015. El Presidente planea un viaje a Cuba para marzo. AP

El presidente Barack Obama llegará a la isla en que nací el día en que mi madre cumplirá 87 años, acaso un hecho insignificante si no fuera por la matemática de la historia de Cuba y del exilio.

Cuando Fidel Castro y su hermano Raúl llegaron al poder, mi madre tenía sólo 29 años.

Era una maestra de escuela primaria encinta por primera vez y casada con un distribuidor de alimentos que ganaba dinero extra comprando y vendiendo automóviles. Vivía en un ambiente de abundancia de amor y potencial. En fotos color sepia la pareja aparece reclinada en uno y otro modelo de auto, él vestido de dril 100 y ella con zapatos de tacones altos y a la moda. Procedían de familias humildes, pero ganaron lo suficiente para soñar con construir una casa de vacaciones en la playa de Varadero.

Tres meses después de la revolución de Castro, que destruyó no sólo a los ricos sino también a la clase media, nací yo.

Días antes del viaje de Obama cumpliré 57 años.

Obama es el segundo presidente en funciones que viaja a la isla.

El republicano Calvin Coolidge fue el primero, en 1928 y, al igual que Obama, viajó con la Primera Dama. El presidente cubano Gerardo Machado, uno de los generales más jóvenes de la Guerra de Independencia, gobernaba Cuba entonces y favorecía la terminación de la Enmienda Platt que establecía el dominio de Estados Unidos sobre los asuntos cubanos.

Mi madre nació un año después de la visita de Coolidge, quien viajó para hablar ante la Sexta Conferencia Anual de los Estados Americanos en La Habana. Ahora es una bisabuela desde hace casi una década.

Sus nietas tienen ya más de 30 años, y los Castro siguen gobernando en Cuba, como si en 1959 hubieran no sólo ganado la guerra de guerrillas sino también comprado una finca de 780 millas de largo. Y ahora han colocado a familiares en posiciones clave en el gobierno y el comercio, al parecer con intenciones de dejar a la isla como herencia a sus hijos y nietos.

Nuestro exilio es para siempre. Mi padre está sepultado en un mausoleo de Miami con una bandera cubana junto a él. Mi madre está perdiendo la memoria por edad avanzada y enfermedad. Yo tengo ya tres nietos y soy una americana agradecida que sólo consideraría regresar ahora a Cuba, la patria que dejé a los 10 años, como periodista. La Cuba mía ha desaparecido casi totalmente, sepultada en ambas costas del Estrecho de la Florida.

Aunque la dictadura de los Castro fuera la más benigna del mundo, el mandato ha sido demasiado largo.

¿Por qué la dictadura de mayor duración del hemisferio –una que empezó con ejecuciones sumarias y continúa restringiendo las libertades más básicas– ha de merecer el honor de la visita de un hombre cuya histórica presidencia está marcada por principios que el régimen no mantiene?

No es una cuestión de mérito, recompensa o legitimidad.

Algunos consideran la visita presidencial una desgracia y describen la apertura de Obama en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba como la vana búsqueda de un legado. Ese tipo de condena prefabricada no ayuda. Obama es más popular en Cuba que el hermano dictador a cargo. Sus palabras, transmitidas a toda la isla, podrían inspirar a generaciones. Y el futuro, en este momento tardío, es lo que verdaderamente importa.

Dos generaciones no han podido arreglar el caótico país que los Castro crearon en complicidad con aquellos que los apoyaron, y ahora, al fin, los norteamericanos intervinieron.

“Estados Unidos siempre defenderá los derechos humanos en todo el mundo”, dijo Obama el jueves.

Los números están de su parte. Yo le tomo la palabra.

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