Gina Montaner

El castrismo es anticubano

Una silla está vacía con el nombre del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, en la casa de Rosa María Paya, hija del disidente cubano Oswaldo Paya, en La Habana, Cuba, miércoles 22 de febrero de 2017.
Una silla está vacía con el nombre del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, en la casa de Rosa María Paya, hija del disidente cubano Oswaldo Paya, en La Habana, Cuba, miércoles 22 de febrero de 2017. AP

Una vez más me quito el sombrero ante Rosa María Payá por su coraje y su empeño en desmontar las falacias de la dictadura castrista.

En esta ocasión la hija del desaparecido opositor cubano Oswaldo Payá –quien murió en extrañas circunstancias como consecuencia de un supuesto accidente de tráfico cuando lo seguía la policía política– regresó a Cuba con la intención de entregar los premios que llevan el nombre de su padre.


A dicho evento, que consiguió celebrarse en el domicilio habanero de la familia Payá junto a medio centenar de personas, no pudieron acudir tres reconocidos galardonados: el ex presidente mexicano Felipe Calderón, la ex ministra chilena Mariana Aylwin y el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) Luis Almagro. Sencillamente el gobierno cubano les prohibió ingresar en el país porque, según un comunicado oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores, eran cómplices de una “provocación anticubana”.

Ya se sabe que desde hace años la dinastía de los Castro confunde sus intereses –que son los de su estirpe y la corte que la acompaña– con los del pueblo cubano, que desde hace casi seis décadas no tiene memoria de una sociedad abierta y democrática con gobiernos que se eligen libremente en las urnas.

Los Castro han llegado a creerse que encarnan al señor feudal que maneja el destino de la gleba y por eso persiguen sin tregua a cualquier persona que ose sacudir su feudo: por ejemplo, ahora Rosa María y en el pasado su propio padre, al frente del Movimiento Cristiano de Liberación y su Proyecto Varela, que proponía un plebiscito que en su momento hizo temblar los cimientos de la dictadura.


Tal y como ha reiterado Ángel Carromero, el político español que conducía el auto en el que perecieron Payá y el también activista Harold Cepero, a los dos opositores los eliminaron aprovechando un supuesto siniestro en una apartada carretera de Oriente. Para el gobierno alguien como Payá resultaba demasiado peligroso porque su coherencia y su integridad ponían al descubierto ante el mundo las maniobras de un régimen despótico.

Desde entonces su hija Rosa María y su viuda Ofelia Acevedo han tomado el relevo. Su misión es continuar el legado de Payá y valerse de todas las plataformas internacionales para denunciar los atropellos que el Estado cubano comete contra sus ciudadanos.

Junto con otros jóvenes activistas de Latinoamérica que defienden los derechos humanos allá donde son pisoteados, Rosa María viaja por el mundo desenmascarando a una revolución que vendió el sueño de la utopía y se convirtió desde el principio en una distopía comunista. Ahora, recurriendo a un permiso de entrada que tiene vigente, ha regresado a su hogar para demostrarles a la cara a los señores feudales que la gleba pare corazones libres como el suyo.


Como cabía esperar, la dictadura castrista ha descalificado a los ilustres invitados que no pudieron recoger su premio “Oswaldo Payá” en La Habana. Son tan predecibles como un disco rayado y pretenden difamar con viejas soflamas que solo los más estalinistas (increíblemente todavía los hay) repiten como cacatúas. Con gran tino, el Secretario General de la OEA ha calificado de “ridículo” que el gobierno piense que el acto afectaría “el bienestar del pueblo cubano o las relaciones bilaterales con Estados Unidos.”

Eso también lo sabe el régimen cubano, pero lleva demasiados años instalado en la Edad Media de su trasnochado feudalismo y solo le queda la desvergonzada pantomima de los gobiernos que denuestan la verdad.

No hay nada más anticubano que el castrismo. Cincuenta y ocho años imponiendo pobreza, mordaza y encierro son la prueba más incontestable de su desprecio. Una verdadera provocación contra todo un pueblo. Los Payá, vivos o muertos, no descansan hasta acabar con el vasallaje

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Twitter: @ginamontaner

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