Gina Montaner

Una revolución en coma

Escribir sobre la vetusta dictadura cubana, revestida elegantemente bajo el nombre de ‘‘revolución", me produce más pereza que escalar el Everest. Son cincuenta años de más de lo mismo y la insoportable cuestión hamletiana de embargo sí o no como si los males de la cochambrosa gestión dinástica de los hermanos Castro radicaran en una política por parte de los Estados Unidos que en todo caso es tangencial y anecdótica en el mar de despropósitos, atropellos y descomunal torpeza de un sistema fallido que ya apesta como un cadáver a punto de ser devorado por las aves de rapiña.

Por todos los motivos mencionados no tenía intención de abundar en este cansino tema, pero cuando el pasado ocho de enero vi en directo las imágenes del acto conmemorativo que Raúl Castro presidió en Ciudad Libertad, me pareció que era digno de mención no tanto por el contenido, que apenas varía y consiste en discursos rimbombantes sobre la falsa gesta de unos barbudos con el aura de los Rolling Stones haciendo su entrada triunfal en un concierto lleno de groupies enardecidos. Lo que me impactó con la fuerza de una bazooka fue la estética cutre, que dirían los españoles, el look huachafo, que dirían los peruanos, la picuería rampante, que dirían los cubanos de a pie, del acto.

Reconozco que la fashionista latente que vive en mí rechinó con la coreografía, los números musicales, el atrezzo, el montaje de semejante bodrio. También es verdad que el público, compuesto por una nomenclatura que parece haber escapado de un hogar de ancianos, no seguía con demasiada atención el espectáculo, incluso me pareció ver al inefable Ricardo Alarcón hurgándose la nariz mientras unos niños pioneros entonaban canciones en unos falsettos que recordaban a los castratti en la era del gran Farinelli.

Aquello parecía una producción de fin de curso organizada por la maestra de música del colegio. No había el menor asomo de glamour, ni siquiera el tono guerrerista y testosterónico que siempre ha caracterizado los eventos en los que ha participado el hermanísimo, o sea, Fidel Castro senior. Precisamente, la prueba de que debe estar muy pachucho y con la cabeza más para allá que para acá es que en este aniversario se permitieron unas libertades que, de estar el comandante en sus plenas facultades, habría mandado a fusilar a más de uno. Si los niños cantores ya daban grima y la puesta en escena era más pobre que un día sin pan, el número musical fuerte, consistente en un homenaje a la gloriosa hazaña de quienes participaron en la escaramuza, era de una cursilería proverbial. Unos bailarines como recién fugados de Tropicana y vestidos de milicianos ejecutaron una danza que habría podido fulminar a la momia de Alicia Alonso. Sin venir a cuento, en esta producción de Bugsy Berkley del pobre aparecieron unas bailarinas vestidas en plan afrocubano y todos ponían cara de llanto. No me extraña, porque la cosa era para echarse a llorar.

Las canciones que en esta celebración entonaron eran blandas y redichas como las letras de los hermanos Carpenter y el auditorio se vio obligado a alzar las manos y hacer la "ola", como si se tratara de un concierto de Alejandro Sanz, sólo que el más jovencito de la concurrencia era el casposo de Abel Prieto. El feeling de tan anacrónico happening estaba más cerca de aquel empalagoso grupo yanqui que cantaba Viva la gente que del espíritu combatiente de Castro y su sempiterno uniforme de G.I.O., a punto de abrir fuego en la inexistente selva cubana. El toque más folclórico del día lo puso Fidelito junior disfrazado de su padre y a bordo de una camioneta, representando un revival del paseo victorioso de su progenitor hace la friolera de medio siglo. Era como la caravana de los Reyes Magos, sólo que sin juguetes para los niños cubanos, resignados a la escuálida libreta de racionamiento.

Me bastó con ver la fiesta del cincuenta aniversario para comprender que este anciano ya no controla los saraos del gobierno, ahora convertidos en una pobretona romería de pueblo, pero sin churros ni verbena. El pasado ocho de enero ellos mismos escenificaron su obituario. La dictadura castrista cayó en coma y es irreversible.

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