Gina Montaner

GINA MONTANER: Venezuela y el control del estómago

El presidente venezolano Nicolás Maduro ha anunciado que a partir del 30 de noviembre se pondrá en funcionamiento el sistema biométrico en los supermercados del país. El gobierno se refiere a la presencia de máquinas “captahuellas” con el fin de llevar un estricto control de lo que los usuarios compren para la canasta básica.

Las protestas contra esta medida ya se han hecho sentir en San Cristóbal, epicentro de las manifestaciones masivas que estallaron en febrero y que perdieron intensidad con el inicio del verano. De nuevo los indignados se desperezan, conscientes de que las vacaciones de estío no han aliviado la crisis nacional. En todo caso la situación va de mal en peor, con el chavismo incapaz de poner freno a la violencia y el creciente desabastecimiento.

Maduro asegura que con las “captahuellas” se pretende eliminar el contrabando y la especulación con los alimentos, pero sus detractores denuncian que se trata de otro mecanismo de coerción. En realidad el socialismo del siglo XXI que Hugo Chávez impulsó hace más de catorce años aspira a ser un calco del castrismo en Cuba y la inevitable libreta de racionamiento, que se les impuso a los cubanos poco después del triunfo de la revolución, ya es una realidad en la Venezuela chavista.

Los opositores vuelven a salir a las calles para protestar, pero el perverso modelo, que por ahora controla la venta de 23 productos, ya funciona en el estado de Zulia con un plan piloto en 8 supermercados. El Gran Hermano ya ha recopilado los datos de miles de ciudadanos que irán aumentando a finales de año.

¿Podrán Maduro y su gobierno resolver la escasez generalizada con su “captahuellas” en las tiendas? Difícilmente. En Cuba las trampas de la población aumentaron y el mercado negro floreció porque las familias apenas podían vivir con la libreta de racionamiento en establecimientos que exhibían estanterías semivacías. A la vez, las cárceles estaban llenas de convictos que habían vendido o comprado por la izquierda un puerco o un saco de arroz. Por otro lado, habrá más burocracia parasitaria con un ejército de inspectores vigilando a los compradores. Es la diabólica dinámica a la que están condenados los venezolanos si finalmente las “captahuellas” se ponen en marcha en todo el país.

A primera vista el sistema biométrico puede parecer una medida poco práctica y engorrosa, pero sus repercusiones son más hondas y preocupantes que el fastidio de que te racionen la harina, el arroz y la leche. Una vez que el Estado controla el estómago de los ciudadanos, termina por controlar su voluntad hasta convertirlos en corderos obedientes. Sucedió en los países de Europa del Este y en Cuba. Lo mismo ocurrirá en Venezuela.

La libreta de racionamiento y el registro de millones de huellas dactilares para vigilar el apetito o los antojos colectivos vienen acompañados del temor a las sanciones y hasta la cárcel si se burla la asignación alimenticia. Una de las escenas más patéticas del filme Goodbye, Lenin es la nostalgia de la protagonista, doblegada por el comunismo, por las escuálidas latas de conservas que suministraba Alemania Oriental. Su buche y su espíritu habían sido domesticados, incapaces de disfrutar de la aventura de elegir porque el Estado siempre lo había hecho por ella.

En el país de los petrodólares nunca imaginaron que llegaría la hora de la libreta de racionamiento. Dicen que donde primero se siente el miedo es en la boca del estómago.

© Firmas Press

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