Gina Montaner

El semen que surgió del frío

Como parte de las negociaciones para impulsar el deshielo entre Irán y Estados Unidos, Washington convence a Teherán de que le permitan a su espía, capturado por el régimen de los ayatolas, que insemine artificialmente a su pareja, otra agente de la CIA. Una insólita manera de destrabar un largo conflicto entre enemigos.

Bien habría podido ser un guión de la tercera temporada de Homeland, la mejor serie de espionaje político que se puede ver por cable. A fin de cuentas el sargento Brody (atrapado entre la inteligencia y la contrainteligencia), está a punto de perder la vida en una cárcel iraní y Carrie Mathison desea tener un hijo suyo antes de ser ejecutado si no cesan las hostilidades entre los dos gobiernos.

Pero así no acabó la historia de amor entre los dos espías porque a los creadores del programa les habría parecido demasiado inverosímil. ¿Quién iba a creer que el deshielo entre dos viejos adversarios iba a depender de que los estadounidenses accedieran a viajar por el mundo con semen congelado para preñar a una agente enamorada?

Pues bien, el último capítulo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Cuba ha dado un giro de tuerca que habrían descartado el equipo de Homeland y el mismísimo maestro del realismo sucio del espionaje, el novelista John Le Carré. Más allá del gastado debate en torno al embargo y el acercamiento entre Obama y Raúl Castro, lo que perdurará en el tiempo es la telenovela protagonizada por dos espías al servicio de la dictadura castrista: Gerardo Hernández y su esposa Adriana Pérez, más conocida como la agente Bonsai. Hernández cumplía en una cárcel federal dos condenas a cadena perpetua por, entre otros cargos, ser responsable directo del derribo de avionetas de Hermanos al Rescate que les costó la vida a cuatro pilotos de Miami cuyas familias los lloran hasta el día de hoy. Y su mujer ni siquiera podía entrar a Estados Unidos por formar parte de la abortada misión de la Red Avispa, vinculada a Ana Belén Montes, analista de la Agencia de Inteligencia del Pentágono que durante 16 años le pasó documentos clasificados al gobierno La Habana.

Ahora se sabe que lo más novedoso de este acuerdo urdido en negociaciones secretas es lo que ya se conoce como la “diplomacia del espermatozoide”. En concreto, los del agente Gerardo, que fueron trasladados con sigilo hasta Panamá, donde su esposa se sometió a las inseminaciones hasta lograrlo hace ocho meses. También se conoce, y es el New York Times a quien al parecer le ha tocado el papel de Celestina en esta trama por entregas, que en uno de los viajes a La Habana del senador Patrick Leahy para interceder por la libertad del contratista Alan Gross, la agente Bonsai lo convenció para llevar adelante una “inseminación artificial humanitaria”. Así fue como los diplomáticos estadounidenses hicieron las veces de hadas madrinas de la pareja con la ayuda del gobierno panameño, haciendo méritos de cara a la Cumbre de las Américas que va a presidir. ¿Y qué exigió Washington a cambio del preciado semen del cabecilla de la Red Avispa? Que los cubanos mejoraran las pésimas condiciones de Gross en la cárcel. Lo que no pudieron evitar es que le confiscaran los dientes que perdió antes del canje definitivo.

El agente Gerardo y la agente Bonsai están a punto de ser padres de una niña que muchos en la isla, entusiasmados con el alivio económico que podría acarrear el acercamiento, ya la ven como una nueva Elián. Otra poster child de la dinastía castrista. De hecho, cuando Raúl y Obama fumen la pipa de la paz en abril, lo harán en el lugar donde se concibió a la pequeña con el semen que surgió del frío. Toda una bendición avalada por el Papa, quien, por cierto, no es muy amigo de que la Ciencia intervenga en los designios divinos de la fecundación.

Ahora bien, es inevitable preguntarse si Rolando Sarraff (¿cuánto dura un debriefing en Langley?), el supuesto agente cubano al servicio de la CIA que cumplió 20 años de cárcel en la isla por suministrar información clave para desarticular la red de espionaje de Montes y sus Avispas asesinas, tuvo la oportunidad de pedir algo en esta negociación. ¿Acaso los funcionarios cubanos se habrían movilizado si éste hubiera expresado el deseo de inseminar a alguien antes de pudrirse en el presidio cubano? Me temo que no le habrían concedido la “diplomacia del espermatozoide”.

Si todo este circo político hubiera sido un episodio de Homeland, sus fans habríamos puesto el grito en el cielo ante un delirio tan poco creíble. No sé a qué esperan los guionistas de mi serie favorita para trasladar la intriga a La Habana. Bastan una muestra de semen, un puñado de diplomáticos solícitos y dos espías castristas que se juraron amor eterno.

Twitter: @ginamontaner

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