Guillermo Descalzi

Los amigos del Arca

El Arca del diluvio universal aparece por primera vez en la épica de Gilgamesh, la historia de la creación de la Mesopotamia escrita hace 4,500 años, mil quinientos antes del Génesis de la Biblia y el Pentateuco judío. Narran la misma historia con detalles muy similares, el arca, la familia, los animales, hasta la paloma y la ramita. Es el arca de un renacer colectivo de la humanidad que se ha repetido varias veces y quizás se vuelva a repetir. Aparte están los renaceres personales, individuales, de cada uno por cada uno en el arca que somos nosotros, arcas de un renacer individual.

Pasé una porción de mis días sin darme cuenta de la altura en la que viví sobre mi persona. Vi, empecé a ver, recién cuando me bajé de ella y es que quien no se baja se enquista encima suyo consumiendo su vida.

Bajé de la altura “en la que el dios de este siglo cegó el entendimiento” (2da de Corintios 4:4) y me doy cuenta de mi vida. Me pasó como en la frase de…“venido a Jerusalén, entendí el mal que había hecho”(Nehemías 13:17). Empecé a darme cuenta y empezó mi renacer como un abrir de ojos en un recién nacido.

Empecé bajándome de mí, tarea de todos. La empezamos sin darnos cuenta cabal de lo que hacemos, percibiendo que algunas cosas nos dan más paz que otras y siguiendo esa paz vamos escogiendo nuestra comodidad sobre la incomodidad hasta que un día empezamos a ver quienes somos. ¿Hay egoísmo en eso? Lo habría si fuese una búsqueda consciente y por afuera, pero es una búsqueda de los que todavía no ven, por tanteo y por adentro. Así empieza uno a descubrirse.

Descubrirse no es encontrar algo nuevo, es quitarle la cubierta a lo que está tapado, des-cubrir las capas de oscuridad sumadas en nosotros en año tras año de emociones, resentimientos, amargura, complejos, vergüenzas, excesos, carencias, teorías y hechos, doctrinas, falsedades y realidades torcidas en su oscuridad oculta. Eso y más tuve que descubrir. Toca entonces aceptar lo que hemos descubierto y ser auténticos, verdaderos, y amar, lo que lleva inexorablemente al bien aunque este no parezca bueno. El bien se caracteriza por su autenticidad, no su imagen.

Nada altera a quien se ha descubierto y acepta como es, quien es auténtico. A esa inmutabilidad la llamamos serenidad, ser-enidad: Vincula el ser con la cualidad inamovible de la eternidad, y no es un formulismo. Se logra siendo reales, algo que se da en su práctica y esta es distinta para cada uno.

La vida tiene dos procesos, uno de multiplicación y otro de unificación. Iniciamos el de multiplicación en la concepción y sigue tras nacidos con la aparición de distintas personas en nosotros. Terminado esto debiésemos iniciar el proceso de unificación pero muchos mueren sin haberlo hecho.

Nacemos como ser emocional, ser físico y ser intelectual, una trinidad potencial que hay que ‘armar’ en vida alzando los seres intelectual y emocional en los lados (¿costillas?) del ser físico hasta su unión en la cúspide, completando la trinidad personal con la que viviremos en Su semejanza, una posibilidad solo entonces realizada. Allí se siente lo que se piensa y se piensa lo que se siente. No es complicado, tampoco es fácil. En ese triángulo personal está el espíritu.

El vínculo de nuestra conciencia con la conciencia universal está en el espíritu que se alberga y desarrolla en la integración de su ser. En él se despierta una conciencia espiritual. Esto es un hecho, no una elucubración.

Lo que llamamos “Yo”, el Ego, es un sistema para conciliar conciencia, cuerpo y mundo. El yo de la persona lejos de su integración nos controla y en la mayoría de casos se cree dueño de su vida.

La conciencia espiritual sirve los propósitos de la trinidad que debemos lograr, nuestra tarea en vida, y quienes no la logran no renacen jamás. Quienes sí la logran convierten sus vidas en arcas, es más, sus vidas son sus arcas en una tradición que continúan los amigos del arca desde antes de la historia escrita 4,500 años atrás en tabletas de barro cocido en la tierra entre los ríos Tigris y Éufrates que entonces se llamó Uruk y hoy llamamos Irak.

Periodista, escritor y filósofo peruano, autor de El Arte de Renacer.

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