Guillermo Descalzi

Los misiles de abril

Estamos alzando murallas alrededor de Corea del Norte, el grupo de ataque del portaaviones Carl Vinson en el Mar del Japón con cuatro destructores, proyectiles crucero, embarcaciones de tropa y quién sabe cuántos submarinos, satélites en órbita geoestacionaria, más de 30 mil soldados americanos en tierra en la frontera sur y bases en alerta en Seúl, Okinawa y Guam.

Es el inicio de una segunda crisis misilera. La primera ocurrió en un mundo anterior, la de los misiles de octubre de 1962 con Kennedy y Kruschev y cohetes en Cuba. Ahora son los misiles de este abril con Trump y Kim Jong Un en Corea del Norte. Trump en el papel de Kennedy… ¿Sabrá conducirse? El paralelismo es inescapable.

Kennedy tuvo razón al impedir el emplazamiento de misiles con carga nuclear frente a los Estados Unidos continentales. También la tiene Trump en esta ocasión.

El gobierno de La Habana en el 62 estuvo en el pleno desquicio de la revolución y el de Pyongyang ahora es desquiciado en grado superlativo por el propio Kim, un hombre que rabia a menudo. Kim Jong Un ha asesinado a miembros de su familia, su hermano mayor para empezar, tiene campos de concentración para los de alguna manera ‘desviados’ en su población, y es sujeto a iras. La suya es una oligarquía hereditaria criminal a la que sería irresponsable permitirle que sus cohetes tengan la capacidad de llegar aquí.

El Pentágono la semana pasada anunció vuelos de súper fortalezas B-52 y bombarderos sigilosos B-2 (encubiertos al radar) en Corea del Sur, provocando la ira del Norte, que amenazó con bombardear Guam, Hawai y las bases americanas en Japón y Corea del Sur.

Pyongyang está en estado “técnico” de guerra con el Sur y Estados Unidos desde 1953, cuando las partes aceptaron un armisticio que no fue paz.

Lo de Corea hoy es más urgente que lo de Cuba en el 62 porque las armas nucleares de Kim Jong Un son suyas, propias, de manufactura local, y una acción contra sus emplazamientos puede resultar en explosiones impredecibles.

El riesgo es grande. Por más que a priori se ataque y destruyan sus bases fijas, Kim tiene submarinos que pueden estar ocultos con capacidad balística de respuesta automática.

¿Podrá obligarse un desarme? Quizás pudiese hacerlo China, y quizás ni ella, pero es de notar lo que esto quiere decir: Que China está asumiendo (y a pedido de Estados Unidos) el rol de nuevo pacificador mundial.

El programa norcoreano mientras tanto avanza y llegará el momento, si no se le detiene, cuando sus misiles amenacen los Estados Unidos continentales.

Washington tendrá que ‘resolverlo’ de alguna manera porque si no Kim tendrá su juguete para usar… y hay que prepararse. Es algo que debe solucionarse y no será fácil en el contexto de las andanadas verbales que intercambian Pyongyang y Washington.

Esto ocurre cuando el vicepresidente Pence está en gira asiática. Empezó en Seúl cuando Corea del Norte desfiló su arsenal de misiles en el aniversario del fundador de la dinastía, el abuelo Kim Il Sung, cuando el segundo de la jerarquía dijo que… “responderemos a una guerra total con una guerra total y ataques de nuestro arsenal atómico”.

El desfile pareció mostrar (pareció porque se vio solo su contenedor) un nuevo proyectil intercontinental.

En su base de pruebas norcoreanas todo está listo para que Pyongyang efectúe un sexto ensayo nuclear. Por eso el pasado jueves el portavoz del Departamento de Estado dijo: “es el momento de actuar”.

El último ensayo balístico norcoreano fue infructuoso, su proyectil explotó al lanzarse y Kim no se detendrá hasta tener un nuevo ‘éxito’, algo que Trump, a quien no le gusta que otros lo ganen, se sentirá obligado a responder. Parafraseando al vicepresidente Pence en Seúl: “se acabó la paciencia”. Así está la cosa, es hora de actuar o callar la boca.

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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