Guillermo Descalzi

GUILLERMO DESCALZI: Tercera Guerra del guerra del golfo

La tercera guerra del golfo ha empezando en Irak, esta vez sin nosotros. Va a rematar algo ya muerto, y nada de lo que hagamos podrá revivirlo. Es, para Estados Unidos, la hora de interrumpir nuestro derrame de recursos tras una invasión absurda. No debemos dar un centavo más, una gota más de sangre, un soldado más, a un país de esquizofrenia religiosa derivada de demonios babilonios, sumerios, persas, y hoy islámicos. El bando que queremos favorecer nos resiente. Nos resentirá hagamos lo que hagamos, y los demás odian nuestra presencia en tierras del profeta. El deseo de todos, incluso ‘nuestro’ Maliki, dedicado a destrozar los líderes que no sean suyos, es quitar al Gran Satán, Estados Unidos.

La misión cumplida que anunció Bush en mayo del 2003 amenaza con revivir, y si lo hace morirá una vez más. Fue, desde el principio, una aventura militar montada sobre una guerra religiosa de más de un milenio.

La misión de Bush tiene una historia que se remonta a 1921, cuando se desmembró el Imperio Otomano. Si alguna vez se preguntaron por qué las fronteras árabes tienen líneas derechas, como trazadas con regla, la respuesta es que así las trazó Winston Churchill, con whisky, regla, lápiz y mapa. No fue el sueño de una noche de verano, fue el resultado de una noche maníaca en la Conferencia de El Cairo en marzo de ese año. Había terminado la Primera Guerra Mundial y Francia e Inglaterra se repartían los despojos. Churchill inventó Siria y Líbano para Francia, y Transjordania, Irak y Palestina para Inglaterra.

El Irak creado por Churchill fue un Frankenstein de distintos cuerpos cosidos, algo que nunca tuvo vida real. No existió antes de esa fecha y ahora se han desatado sus costuras, dejando kurdos en el norte y noreste, sunís en el noroeste y oeste, y chiitas en el sur y sureste, con sales y olores de otras variedades menores. Se odian con una furia templada a lo largo de 1382 años que niegan la sola idea de su unión. La única solución real allí es la partición. Remendar el paquete de Churchill y revivir el difunto es prolongar la vida artificial de un cadáver en cuidados intensivos.

La frontera entre Siria e Irak no existió antes de 1921, y ha vuelto a ‘no existir’ ahora, así como tampoco existió la que hay entre Irak e Irán, que está volviendo a ‘no existir’ nuevamente también. Apoyar el régimen chiita de Nuri al Maliki o cualquier sucesor será aliarse con Irán. Apoyar a los sunís es apoyar la creación de Isis, un nuevo estado pan-regional con I de Islámico, S de Siria, I de Irak y S de Sharía, versión suní. No apoyar a Isis es dar apoyo de facto a Bashar Assad. No tenemos un aliado árabe verdadero en esa lucha.

Lo mejor que se puede hacer es dejar que resuelvan ellos, a letra o bala, los conflictos que empaquetó Churchill esa noche maníaca de 1921. Obama, mientras tanto, el eterno a mbivalente Hamlético, está nuevamente enviando consejeros a Bagdad. Serán inútiles porque todo acabará o bien en manos de un régimen chiita orquestado por Irán, o de Isis, el proyectado súper-estado suní.

Hay una sola salida aceptable, la partición de Irak. La alternativa, Dios no la quiera, es que entremos nuevamente a ‘resolver’ allá. Hassan Rouhani, presidente de Irán, ya tiene fuerzas de su Guardia Revolucionaria en Irak, para sugerir, guiar, coordinar, pertrechar y ayudar un ejercito que se supone que sea iraquí pero que en realidad es chiita, peleando ‘su’ guerra religiosa, y no ‘nuestra’ guerra por fundamentos políticos y económicos.

Los consejeros que Obama está enviando van a competir con los de Irán, que no van a aconsejar lo mismo. ¿A quiénes escucharán? Hay más: Irán está también con Bashar Assad. En otras palabras: ayudando al gobierno de Irak y/o al gobierno de Siria, estaremos ayudando a consolidar la hegemonía de Irán en la zona, y si no lo hacemos estaremos dándole carta blanca a Isis para lo que quiera el extremismo suní. Esas son las alternativas: extremismo suní o chiita, hegemonía de Irán, intervención estadounidense en esta tercera guerra del golfo, o la partición de Irak.

Necesitamos no hacer nada. Una intervención en esta guerra implicaría que seamos desalmados, barriendo con sangre para ganar. Es lo que que quiso MacArthur en Corea. Truman lo rechazó y estamos atrapados en un estatus quo inamovible más de medio siglo después.

La siguiente oración resume nuestra necesidad para Irak: “ Señor, concédenos serenidad para aceptar las cosas que no podamos cambiar, valor para cambiar las que debamos cambiar, y sabiduría para distinguir entre ellas’’. Las necesitamos, sabiduría y serenidad, y también valor en esas arenas que, como la trincheras de Corea, nos atraparán al menor descuido.

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