Guillermo Descalzi

País trastocado

Richard Nixon tuvo un escape de la realidad en los casi tres años que duró el proceso de Watergate, su viaje a China. Trump está en algo por el estilo, quizás no por emularlo pero allí está su viaje a verse con Kim Jong Un, el de Corea del Norte, para de alguna manera finalizar o ‘aliviar’ el conflicto que arrastramos con ese país desde la guerra iniciada en 1950. Regresaría con laureles, eso quisiera.

Nixon y Mao, su amorío espectacular como fue no le bastó al primero para mantener su presidencia. El de Trump y Kim, espectacular como promete ser, no le bastará al presidente para quitarse la imagen de impulsivo, colérico, resentido, y desorganizado que se ha labrado… Quizás tampoco le baste para mantenerse en la presidencia.

Si Nixon fue cerebral, Trump es de tripas, de allí sale su control o descontrol como se quiera. Si Nixon fue maquiavélico, Trump es una víctima de la maraña de sus impulsos y la desorganización con que confunde y gobierna, una especie de Pancho Pistolas que sale a tiros por cualquier cosa. ¿Insultos? Pistola. ¿Rechazos? Pistola también. ¿Qué algo le salió bien? Pistola celebratoria, pistola para todo.

El pistolero de una presidencia mafiosa tiene antecedentes. Quiere un Cohn, su Roy Cohn, el abogado de McCarthy en la caza de comunistas de los tempranos años 50. Trump no tendrá a Cohn pero tiene su Cohen, su ‘fixer’ con una sola letra que separa sus nombres y si esto no es irónico entonces qué será.

Cohn no le bastó a McCarthy para salvar su reputación. Cohen, Michael Cohen, tampoco se la está salvando, ha dejado de serle útil y se le presenta ahora como un posible obstáculo en la corte distrital del sur de Nueva York.

Hay un símil en el narcisismo de Joe McCarthy y Trump. McCarthy, como Trump, fue un notorio manipulador, mentiroso en casi todo aspecto de su vida y también pronto a cóleras y amenazas.

No hay nada nuevo bajo el sol y Trump no lo es por más que queramos verlo así. Su xenofobia y anti hispanismo recuerdan la xenofobia de Andrew Jackson y su matanza de indígenas en los tempranos 1800.

Apena el modo como la ultra derecha religiosa, política y económica condona su falta de moralidad, de propiedad y legalidad. No es original, lo original en este caso es la genuflexión de su partido a él, un partido que ha perdido su identidad original y que a veces se más parece a una banda de desesperados que una agrupación política.

El Partido Republicano se ha puesto del lado de la anti-cultura. Si en los años sesenta esta fue de la ultra izquierda, hoy la anti-cultura es de la ultra derecha. Se excusa con pretextos de nacionalismo y efectividad en un trastoque con el que la izquierda se ha vuelto derecha y la derecha se ha torcido.

Estamos en una guerra cultural de patrones del comportamiento. Uno auspicia los valores tradicionales del país, el respeto, la verdad y el compás moral, responsabilidad fiscal y defensa de la libertad. El otro rechaza la corrección como obstáculo a su fortuna política, económica o lo que sea.

James Madison, el cuarto presidente, escribió sobre el derecho a la felicidad enunciado en la Declaración de Independencia. Ese derecho es falso, afirmó, si se le toma como derecho a la fortuna, pero eso parece motivar a la ultraderecha de hoy, el derecho, valga la redundancia, a la fortuna… y no importa de donde le lleguen la suerte, el dinero y el poder de la suya.

Es también un encuentro entre lo que se le debe a todos y el deseo de algunos, un encuentro marcado por un presidente que se enfrenta a las instituciones del país, empezando por las encargadas de la justicia y la ley.

Es extraña, de lo más extraña, una Casa Blanca enfrentada con el gobierno pero eso tenemos, así se titulan sus mociones en la corte distrital del sur de Nueva York. ¿La Casa Blanca v. el Gobierno? Increíble pero así es, en esto nos encontramos.

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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